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sábado, 29 de septiembre de 2007

Más creatividad: la llave a muchos problemas

Cuentan que en la Edad Media un hombre de grandes dotes fue injustamente acusado de haber asesinado a una mujer. En realidad el verdadero autor era una persona muy influyente en el reino y por eso desde el primer momento se procuró un chivo expiatorio para encubrir al culpable.

El hombre fue llevado a juicio ya conociendo que tendría escasa o nula oportunidad de escapar al terrible veredicto, ¡la horca! El Juez, también parte de la trama, cuidó sin embargo de aparentar todo el aspecto de un juicio justo. Por ello dijo al acusado:

– Conociendo tu fama de hombre justo y devoto del Señor vamos a dejar en manos de él tu destino. Vamos a escribir en dos papeles separados las palabras culpable e inocente. Tú escogerás y será la mano del Dios la que decida tu destino.

El funcionario había preparado dos papeles iguales con la palabra "culpable" y la pobre víctima aún sin conocer los detalles se daba cuenta que el sistema propuesto era corrupto.

No había posibilidad de escapar. El Juez ordenó entonces al hombre a tomar uno de los papeles. Éste respiró profundamente, quedó en silencio por unos instantes con los ojos cerrados y cuando la sala comenzaba a impacientarse, abrió los ojos y con una extraña sonrisa tomó uno de los papeles y llevándolo a su boca lo engulló rápidamente.

Sorprendidos e indignados los presentes le reprocharon airadamente:

– ¿Pero qué hizo? ¿Y ahora? ¿Cómo vamos a saber el veredicto?

Él hombre respondió:

– Es muy sencillo. Es cuestión de leer el papel que queda y sabremos lo que decía el que me tragué.

Con caras de enfado mal disimuladas debieron liberar al acusado y jamás volvieron a molestarlo.

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