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lunes, 29 de octubre de 2007

El "Efecto Pigmalión"

En el último post, con motivo de la conferencia de Eduardo Duhalde, hablé de la importancia de la confianza. Allí recogía las palabras de la profesora de Harvard, Rosabeth Moss Kanter, que rescato ahora de manera resumida: “La acción de confiar es el factor clave que les permite a las personas vulgares y corrientes alcanzar altos niveles de rendimiento”.

He creído oportuno insistir sobre este tema, y que mejor forma de hacerlo que recordar sucintamente la investigación que llevó a cabo en 1968 el Doctor Rosenthal, catedrático de Psicología de la Universidad de Harvard.

Rosenthal realizó el siguiente experimento con varios grupos de estudiantes de una escuela primaria del sur de San Francisco. Hizo un test de inteligencia a estos alumnos y eligió de manera aleatoria al 20% de los mismos. Se manipularon los datos y a los profesores de esos alumnos se les dijo que ese 20% tenían un cociente intelectual (CI) superior al resto. Pasados unos meses, se volvió a medir el CI de todos los alumnos y a contrastarlo con el previamente obtenido en el primer test. El resultado fue que ese 20% elegido al azar había obtenido un desarrollo intelectual más rápido y destacado.

Conclusión: la confianza en las personas acaba repercutiendo positivamente en su desempeño. Las expectativas sobre los demás impulsan o reprimen actitudes y comportamientos que desembocan en resultados excelentes o mediocres. F. Fukuyama en Trust (1996) dice: "el bienestar de una nación, así como su capacidad para competir, se halla condicionado por una única y penetrante característica cultural: el nivel de confianza inherente a esa sociedad".

La investigación del Doctor Rosenthal es conocida con el nombre de “Efecto Pigmalión” en honor al personaje de la mitología griega. Pigmalión, rey de Chipre, detestaba a las mujeres. Decidió no casarse y vivir en soledad, pero al cabo de un tiempo, cansado de su situación, empezó a esculpir la estatua de la mujer perfecta. Pigmalión, de tanto admirar su propia obra, acabó enamorándose de ella. Cada día dedicaba intensas horas a contemplarla. En una de las ceremonias en honor a la diosa Venus, Pigmalión rogó a ésta que diera vida a la estatua: “A vosotros ¡oh dioses!, a quienes todo es posible os suplico que me deis por esposa una doncella que se parezca a mi virgen de marfil”. Venus, dispuesta a complacerle, elevó la llama del altar del escultor tres veces más alto que la de otros altares. Pigmalión, desconcertado, no entendió el mensaje y se marchó a casa decepcionado. Cuando llegó, contempló la estatua durante horas. Después de mucho tiempo, el artista se levantó, besó a la estatua y ésta cobró vida.

El escritor británico William Morris (1834–1936) en su poema “Pigmalión y la estatua” escribe:

Desprecié a la mujer, fui intolerante
de su actitud ingrata y presumida,
y decidí vivir solo mi vida
sin compartir su espíritu ignorante.

De mi cincel surgió, bella y radiante,
una doncella en el marfil dormida,
despertando en el alma estremecida
la fiebre y los deseos del amante.

Mis manos la crearon tan hermosa
que en mi mente no fue ya una escultura,
sino obsesión intensa y luminosa.

Ante los dioses traje mi amargura,
rogando me la dieran por esposa,
y al punto cobró vida su figura.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Paco, "...elevó la llama del altar del escultor tres veces más alto que la de otros altares...". Yo entiendo que con este gesto, la diosa Venus lo que intenta trasladar a Pigmalión es que está dispuesta a escucharle, no?. Tiene otro siginificado?.

Pedja dijo...

Yo entiendo que sí, que la diosa Venus hizo caso a Pigmalión y dio más importancia a su ofrenda frente a otras, levantándola 3 veces más alto. Interesantísimo blog, Paco, cada día mejor, enhorabuena.

MAQU dijo...

Gracias Pedja. Ya te digo si es bueno, aquí en el banco están todos enganchados...

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