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martes, 30 de octubre de 2007

Limitaciones (mentales)

El hombre no es infinito, tiene limitaciones –físicas, afectivas y emocionales– pero en la mayor parte de las ocasiones, esas limitaciones no son reales sino mentales; falsas creencias incrustadas en nuestro inconsciente más hondo que nos impiden dar lo mejor de nosotros mismos.

El Doctor Lair Ribeiro, médico brasileño afincado en Estados Unidos y profesor de la Universidad Thomas Jefferson, en su libro El éxito no llega por casualidad (1997) pone un par de ejemplos para explicar cómo se crean estos condicionantes.

Primer ejemplo. Coloque una pulga dentro de un frasco y tápelo. En ese momento, la pulga empezará a saltar pero como el frasco está cerrado no puede salir. Tras varios intentos frustrados, llega un momento en que el insecto decide pararse definitivamente: ha llegado a la conclusión de que es imposible escapar. En ese momento, Vd. puede quitar la tapa del frasco que la pulga no intentará salir jamás. Si lo intentase, lo conseguiría, pero su cerebro ha quedado programado de tal manera que cree que no tiene salida.

Segundo ejemplo. En el mundo del circo, con el adiestramiento de elefantes, sucede algo parecido. Cuando el animal acaba de nacer, se le ata una pata a un árbol. Como es demasiado pequeño intenta soltarse pero no tiene fuerza suficiente. Después de varios intentos, desiste. Ya adulto, en el circo, cuando el domador ata la pata del animal a un taburete, el elefante permanece quieto y no intenta huir. Si quisiese lo haría y se llevaría todo por delante, pero en su cerebro se produce una asociación entre la cuerda y el nudo y la ausencia de escapatoria.

A los seres humanos nos ocurre algo similar con nuestras limitaciones. De algunas de esas limitaciones –por ejemplo, la de un niño dándole la mano a la madre para cruzar la calle– nos vamos liberando, pero otras –inconscientes– permanecen estancadas mermando nuestras posibilidades de alcanzar objetivos. No iba descaminado Henry Ford (1863–1947) cuando aseguraba: “tanto si piensas que puedes como si piensas que no puedes, estás en lo cierto”. Thomas Carlyle (1775–1891) iba por idénticos senderos: “no digas es imposible, di no lo he intentado todavía”.

¿Y cómo se generan esas limitaciones en el ser humano?

Con los mensajes negativos que absorbemos de nuestro entorno. El Dr. Ribeiro también lo explica con otra investigación. Científicos estadounidenses llevaron a cabo un estudio con una serie de niños para saber qué oían exactamente al cabo de un día. Colocaron micrófonos detrás de las orejas de los niños y lo grabaron todo durante 24 horas. Con los datos que obtuvieron, descubrieron que un niño –desde que nace hasta que cumple los 8 años de edad– oye más de unas 100.000 veces la palabra “No”: “¡No hagas eso!”, “¡No pongas el dedo ahí!”, “¡No toques el frigorífico!”... Y otro dato llamativo: por cada elogio que recibe un niño, recibe nueve reprimendas.

Con estas cifras no es difícil entender los miedos, inseguridades, dudas y temores que a todos nos atenazan en multitud de ocasiones. Para los que quieran profundizar, una recomendación de libro: Vencer los miedos (Editorial Sal Terrae), de Lucien Auger.

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