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jueves, 25 de octubre de 2007

Mclaren vs Ferrari

El pasado domingo, en Interlagos (Brasil), finalizó el Mundial de F–1. Contra todo pronóstico, el británico Lewis Hamilton (primero en la clasificación hasta ese momento) y su compañero, el español Fernando Alonso (segundo en la tabla), dejaron escapar la victoria que fue a parar a manos del piloto finlandés de Ferrari Kimi Raikkonen. El Mundial, más apasionante que nunca, nos ha brindado a lo largo de ocho meses numerosas lecciones de management.

La mentira tiene las piernas cortas. “Es fácil engañar a alguien siempre; a todos alguna vez; pero no a todos indefinidamente” (Abraham Lincoln). Rara vez cuando uno no sigue los dictados de la ética suele salir bien parado. Antes o después, todo acaba saliendo a flote. No se puede vivir clandestinamente de manera sistemática. La soberanía de la ética siempre acaba imponiéndose y sale victoriosa de cualquier batalla. Engañar siempre es mal negocio. Lo más triste es que el tramposo, lejos de reconocer sus errores, habitualmente busca excusas con las que tapar sus faltas. Tras la última carrera, Mclaren intentó un último órdago apelando a la justicia contra BMW y Williams por utilizar supuestamente gasolina congelada, buscando la exclusión de Rosberg, Kubica y Heidfeld, que hubiera dado el campeonato a Halmilton. En un campeón, la destreza “técnica” está arropada con la calidad “humana”.

La ambición sin límites es peligrosa. “Quien todo lo quiere, todo lo pierde” (Refrán Popular). El deseo incontenible de rentabilidad inmediata conduce a comportamientos poco deseables. Muchas conductas deficientes proceden de la ansiedad por llegar antes de tiempo a alcanzar lo que la paciencia y el sosiego hubieran acabado otorgando. Se prefiere coger el atajo rápido y cortoplacista al camino bien solidificado con esfuerzo y entrega. Gestionar prudentemente el “cronos” –el tiempo justo según los griegos– es recomendable para evitar dejarnos deslumbrar por el glamour de los focos y el confeti y caer en comportamientos no muy rectos que hipotecan nuestro porvenir. La inmediatez es uno de los grandes enemigos de la ética. El delfín Hamilton con su mentor Ron Dennis planearon precipitadamente el asalto al poder, y con las prisas, quedaron en evidencia. Donde las dan, las toman.

La unión hace la fuerza. “Coming together is a beginning; keeping together is progress; working together is success” (Henry Ford). Sólos no somos nadie. Quien vaya de “llanero solitario” tiene los días contados. Los éxitos son siempre colectivos. En la coreografía del triunfo participan personas con contribución muy diferente a pesar de que en muchas ocasiones la cara visible del triunfo sea una sola. Hay gente que hace una labor callada, discreta, poco vistosa, pero tremendamente eficaz. ¿Y cuál es el mayor enemigo de la unión? El ego, que poco domesticado tiene consecuencias devastadoras. Cuando todo el mundo quiere ser “excepción” y nadie “norma” el conflicto está servido. Por el contrario, cuando cada persona arrima el hombro hacia un objetivo común, los resultados terminan por llegar. Las palabras de Raikkonen tras la carrera lo dicen todo: “Nunca perdimos la fe y hemos estado unidos”. La otra cara de la moneda, una escudería desprestigiada y contaminada en la que se brinda por el bien ajeno. “Dulce derrota”, titulaba en portada un periódico deportivo. “Ni tu ni yo”, titulaba otro. Muchas veces el enemigo está en casa.

Cuanto más viejo, más pellejo. “Es preciso haber sido derrotado dos o tres veces antes de ser algo” (Mariscal Turenne). La veteranía es un grado, sobre todo, en momentos de presión. Es fácil mantener la calma cuando todo está tranquilo, lo difícil es conservar la serenidad cuando todo tiembla alrededor. La congoja le visitó a Hamilton en el GP de Brasil y dos semanas antes en el GP de China. Entonces, el inglés contaba con doce puntos de ventaja y dos oportunidades para alcanzar la gloria. En ambas, el mejor debutante de la historia no estuvo a la altura de las circunstancias y dejó escapar el título. Raikonnen, por su parte, más experimentado, mantuvo el tipo, quedo primero en las dos carreras y se alzó con el Mundial.

La humildad es el punto de partida para construir algo grande. “La vida da tiempo nada más que para ser amateur” (Chaplin); por eso, hay que estar siempre en permanente alerta. Creer que uno lo sabe todo de todo, perder la concentración y vender la piel del oso antes de cazarla, es propio de personalidades inmaduras. Cuando la soberbia –el “mal de altura”– se instala en el individuo –en los imberbes suele ser más frecuente– las consecuencias no son difíciles de pronosticar: fracaso. Por el contrario, la humildad –como decía Cervantes– es basa y fundamento de todas las virtudes. Con la prudencia que otorga su argamasa se puede empezar a levantar algo que merezca la pena sabiendo que cada paso que se dé será sólido.

Publicado en Cinco Días, Francisco Alcaide, martes 23 octubre 2007.

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