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sábado, 13 de octubre de 2007

Ángel o demonio

En cierta ocasión, un anciano indio describía la naturaleza humana de la siguiente manera:

– Dentro de mí existen dos cachorros. Uno de ellos es cruel y malo, y el otro es bueno y dócil. Los dos están siempre luchando...

Cuando acabó, su alumno le preguntó:

– ¿Cuál de ellos acabará ganando?

El sabio guardó un instante de silencio y respondió:

– Aquel a quien yo alimente.

“Llevamos cosido dentro de nosotros un ángel y un demonio”. Son palabras de un pensador extranjero. La naturaleza humana es dual: somos capaces de lo mejor y de lo peor. De las acciones más nobles y de las más crueles. De cometer un 11–S, un 11–M o un 7–J, y al mismo tiempo, de volcarnos en los actos más solidarios de manera incondicional tras un terremoto, un tsunami o un huracán. Cada día nos ofrece estampas de los dos lados: malvadas y censurables y loables y plausibles.

¿Cuál puede ser la solución?

La educación puede cumplir un papel relevante y dentro de ésta el afecto es el mejor condimento para una vida equilibrada y colmada. Al ser humano, si le pones buena tierra y buen agua –como dice Álex Rovira–, puede crecer y crecer hasta el infinito. Por el contrario, cuando las coordenadas existenciales no están bien trazadas, deja al descubierto su cara menos amable.

Que se manifieste una u otra faceta tiene mucho que ver con lo que se alimente. Nadie puede dar lo que no tiene. Quien acumula cariño, entrega afecto; quien almacena odio, venganza; quien es adiestrado bajo la técnica del temor, acaba convirtiéndose en un autoritario. Y así pasa con todo.

Tomás Moro, en su obra Utopía (1516), escribe: “Si toleráis que vuestro pueblo esté mal educado y sus modales corruptos desde la infancia, y después los castigáis por los crímenes a los que su primitiva educación les ha abocado, se llega a la terrible conclusión de que primero los hacéis ladrones y los castigáis después”. Wayne D. Dyer, autor de Tus zonas erróneas (Grijalbo, 1996), manifestaba: “Si pudiésemos leer la historia secreta de nuestros enemigos hallaríamos penas y sufrimientos suficientes para desarmar nuestra hostilidad”. La sabiduría popular también ofrece respuestas al respecto: “Si se vive entre codornices es muy difícil aprender a volar como las águilas”.

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