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sábado, 6 de octubre de 2007

Sobre la envidia

Cuentan que en cierta ocasión un genio todopoderoso se apareció a un individuo y le dijo:

– Pídeme lo que quieras, pero ten en cuenta que de lo que me pidas le daré a tu vecino el doble.

El individuo, tras una pausa, contestó:

– Que me quede tuerto.

Hace algunos unos días cayó en mis manos una revista del año 2004 donde aparecía una entrevista al director de cine David Trueba (Obra maestra; La buena vida; Soldados de Salamina). Buena parte de la entrevista transcurría en torno a un tema que siempre me ha interesado: la envidia. Resumo algunas partes.

¿Se siente envidiado?
Bueno, despierto envidias en general. Y, sin querer, las convierto en eternas.

¿Por qué?
Porque cuando alguien me machaca no le envío los tanques.

Eso fastidia más todavía...
Es lo que más les duele: que los ignores (...). Cuando envidias, odias y haces daño, lo que quieres es que tu víctima te corresponda. Si encima te ignora, ¡te quieres morir!

Kipling decía: “No busques más odio que el que te tengan”.
Mi madre me decía “Tienes muchas razones para ser envidiado, así que no les des más” (...). Cuando perdí todos los Goya, un viejo director amigo mío me dijo: “No sabes la de amigos que has ganado hoy”.

¿Nunca ha envidiado al prójimo?
¡Pues claro! Todos viajamos con una máquina de odiar a cuestas que recicla todo lo que nos pasa.

Algunas ideas:

1. “Ladran, luego cabalgamos”, le decía Don Quijote a su escudero Sancho Panza. Los comentarios ácidos e irónicos son síntoma de que uno está por el buen camino. Quien destaca levanta envidias. Es inevitable, hay que contar con ello. Es conocida la historia de dos amigos que se encuentran y le dice uno al otro: “Hombre Juan, qué alegría verte, creía que estabas muerto porque todo el mundo habla bien de ti”.

2. Una de las mejores formas de evitar envidias gratuitas es actuar con discreción y no armar mucho ruido. De este modo, quienes estén tentados para atacar, no tendrán razones para hacerlo.

3. La vida es comparativa: No nos gusta tener o ser más, sino tener o ser más que los demás. Nada es suficiente si al otro le van mejor las cosas (y siempre hay alguien a quien le va mejor). La solución: mirar más hacia adentro que hacia fuera. La felicidad tiene mucho que ver con estar contento con lo que uno tiene.

4. Lo más triste de la envidia es que se manifiesta entre las personas más cercanas a uno –fundamentalmente, amigos, familia y compañeros de trabajo– y habitualmente entre personas que se dedican a los mismos ámbitos profesionales. Es más fácil que un abogado sienta envidia de otro abogado que de un ingeniero, porque en el primer caso las comparaciones quedan más a la vista.

5. La envidia la experimentan todas las personas, la diferencia es que unos saben dominarla y otros no. Unos se dejan llevar por ella y otros le ponen riendas. Alegrarse por los éxitos de los demás sólo es propio de personalidades muy maduras y equilibradas.

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