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martes, 6 de noviembre de 2007

Cercanía justa y distancia precisa

Hace algunas semanas, antes de que el entrenador Juan de Ramos fichase por el club inglés del Tottenham Hotspur, el Presidente del Sevilla FC, José María del Nido, era preguntado acerca de cuál era su relación con el entrenador del equipo. El máximo responsable sevillista respondía entonces: “Tengo la cercanía justa y la distancia precisa”.

Por el mes de mayo tuve la ocasión de preguntarle a Del Nido cuál era su fórmula de gestión que le ha valido al club hispalense alzarse en tan sólo un par de años con 2 Copas de la UEFA (2005/06 y 2006/07), 2 Supercopa de Europa (2006 y 2007) y 1 Supercopa de España (2007). El mandatario hispalense me manifestaba que en puestos de gestión “hay que manejar muy bien el palo y la zanahoria”.

Probablemente lleve razón. Si te pasas con el palo, el amotinamiento está servido; si te pasas con la zanahoria, la gente se te sube a la chepa. No es fácil, sin embargo, encontrar ese punto de equilibrio en el que no se peca ni por exceso –postura del dictador– ni por defecto –comportamiento del inseguro y débil–. Equilibrio es aquella postura en la que algo no cae ni a un lado ni a otro, se mantiene estable, firme, en posición erguida. Ni le sobra ni le falta, tiene la proporción justa. Es la perfección. Lo que Aristóteles definía como virtud, el término medio entre dos extremos (in medio virtus). El Estagirita en su obra Ética a Nicómaco escribe: “En todas las acciones se da un exceso, un defecto y un término medio. Tanto el exceso como el defecto pertenecen al vicio y sólo al término medio, la virtud. Así, en el temor, la apetencia, la ira, la compasión y en general el placer y dolor caben el más y el menos, y ninguno de los dos está bien; pero si es cuando es debido, y por aquellas cosas y respecto a aquellas personas y en vista de aquello y de la manera que se debe, entonces hay término medio y excelente, y en esto consiste la virtud”. De ahí que continúe diciendo: “Los hombres sólo son buenos de una manera; malos, de muchas. No dar en el blanco, es sencillo; atinar, difícil”.

El directivo equilibrado –el “hombre virtuoso”– es el que hace lo que debe, como debe y cuando debe. Por ejemplo, el ejecutivo tiene que ser en todo momento una persona estable para no tomar decisiones precipitadas –en este caso sería un temerario– ni demorarse demasiado –en cuyo caso sería un cobarde–. Adoptará una postura intermedia entre ambos términos, la de la prudencia, que es la virtud. Tendrá que ser generoso sin excederse –sinónimo de prodigalidad– ni pecar por defecto –caería en la avaricia–. Debe ser una persona amable –decir las palabras adecuadas en cada instante– sin pasarse en la elocuencia –característica del adulador– ni quedarse corto –habitual en la persona hostil–.

Aristóteles lo explica con estas palabras: “Cualquiera puede enfadarse, eso es algo muy sencillo. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo, y del modo correcto, eso, ciertamente ya no resulta tan sencillo”. Con otro ejemplo nos vuelve a explicar el Estagirita el concepto de virtud: “El valiente es intrépido. Temerá, pero del modo debido y según lo razonable, puesta la vista en lo que es noble, ya que ahí se encuentra el objetivo de la virtud. Y además es posible temer en distinto grado e igualmente asustarse ante lo que no es terrible como si lo fuese. En ocasiones se yerra al temer lo que no se debe, o en el modo, el tiempo, o por otras circunstancias. Quien soporta y teme lo que debe y por la causa justa, como y cuando debe, y confía de forma semejante, es valiente, porque el audaz sufre y actúa según lo debido, y siguiendo las indicaciones de la razón. Quien tiene demasiada confianza ante realidades terribles, es un temerario; quien siente demasiado miedo es un cobarde. Se asusta ante lo que no debe y como no debe. Unos pecan por exceso o por defecto; otros mantienen una actitud intermedia, que es la adecuada”.

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