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lunes, 12 de noviembre de 2007

Cuestión de percepción

Érase una vez un pobre niño que estaba sentado en la calle, frente a su casa. Estaba muy triste, porque lo que más deseaba en el mundo era un caballo, pero no tenía dinero para comprarlo. Justamente ese día pasó por allí una manada de caballos, y el último, incapaz de acompañar al grupo, era un potrillo. El dueño de la manada sabía cuál era el mayor deseo del niño y le pregunto si quería el potrillo. Sonriendo de felicidad, el niño aceptó.

Un vecino que había presenciado la escena se fue corriendo a ver al padre del niño y le dijo:

– ¡Menuda suerte tiene tu hijo! Quería un caballo y ha pasado un hombre y le ha regalado uno.

El padre lo miró y respondió:

– Tal vez sea una suerte o tal vez sea una desgracia.

El niño cuidó del potro con cariño mientras crecía, pero un buen día, cuando ya era un hermoso caballo, huyó. En esa ocasión, el vecino dijo al padre:

– ¡Qué mala suerte ha tenido tu hijo! Cuida el caballo desde pequeño, y cuando crece, se le escapa.

El padre respondió lo mismo:

– Tal vez sea una suerte o tal vez sea una desgracia.

Pasó el tiempo, y un día el caballo volvió seguido de una manada salvaje. El niño, que se había convertido en un muchacho, consiguió capturarlos y se quedó con ellos. El vecino entrometido volvió a decirle al padre:

– ¡Realmente tu hijo tiene suerte! Cría un potro, se le escapa ¡y vuelve a casa con una manada!

El padre miró al vecino y respondió como siempre:

– Tal vez sea una suerte o tal vez sea una desgracia.

Tiempo después, el muchacho estaba domando unos caballos cuando se cayó y se rompió una pierna. El vecino, que andaba cerca, le dijo entonces al padre:

– ¡Esto sí que es mala suerte! El caballo huye, vuelve a casa con una manada salvaje, y tu hijo, después de un tiempo de felicidad, se pone a domar a los animales y se rompe una pierna.

El padre, con la misma tranquilidad de siempre, le contestó:

– Tal vez sea una suerte o tal vez sea una desgracia.

Días más tarde, el reino donde vivían declaró la guerra al reino vecino, y llamaron a armas a todos los jóvenes, menos al muchacho porque tenía la pierna rota. El vecino, desesperado porque habían reclutado a su hijo, se lamentó al padre del joven:

– Tu hijo sí que tiene suerte. Bendita la hora en que se rompió la pierna.

El padre lo miró fijamente y le dijo:

– Tal vez sea una suerte o tal vez sea una desgracia.

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