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domingo, 25 de noviembre de 2007

El poder de una sonrisa

Hace algunos años un profesional de Recursos Humanos me explicaba que la estrategia básica que una importante empresa del sector de distribución enseñaba a sus vendedores se resumía en la técnica SBAG (m):

– S (Sonreir).
– B (Buenos Días).
– A (Adiós).
– G (Gracias).
– m (mirada).

Hoy sólo me quiero detener en la primera de estas variables: la Sonrisa. Días atrás, Pilar Jericó publicaba en su blog (www.pilarjerico.com/blog/) –que recomiendo– un artículo con el título: “Sonría, por favor”. Allí decía: “Sonreímos para agradar más que para exteriorizar nuestra felicidad. Esa fue la conclusión del estudio realizado por Robert Kraut y Robert Johnston, observando a personas que sonreían mientras jugaban al boliche, veían un partido de hockey o caminaban por el centro de la ciudad. Curiosamente y en términos generales, las personas sonrieron más cuando se involucraban en interacciones sociales que cuando experimentaban alegría. Los etólogos habían llegado a la misma conclusión. Los chimpancés usan la sonrisa voluntaria para desviar el comportamiento hostil del jefe dominante y para hacerse amigos de otros monos o humanos. Los psicólogos lo confirmaron además observando a los niños: Éstos prefieren acercarse a los extraños que les sonríen. De pequeños, la sonrisa de nuestros padres nos va dando seguridad en lo que hacemos”.

Recuerdo que un directivo de un club de fútbol me confesaba que el asesor de imagen de David Beckham le había dicho que siempre que entrase en un lugar público con más gente, lo hiciese con una sonrisa (fíjense y verán que siempre lo hace). Eso genera cercanía y la cercanía crea vínculos emocionales gracias a los cuales estamos dispuestos a hacer concesiones o esfuerzos extraordinarios de manera gratuita y sin esperar nada a cambio, algo que representa, sin dudas, una ventaja competitiva de enorme valor.

Para acabar reproduzco el poema “El valor de la sonrisa” de Frank Irvin Fletcher:

No cuesta nada, pero vale mucho.
Enriquece a aquel que la recibe
sin restar a aquel que la da.
Ocurre en un momento, como un flash
en la memoria, pero su recuerdo dura toda la vida.
Crea felicidad en el hogar,
favorece el trato en las reuniones
y la cortesía entre los amigos.
Elimina el cansancio,
es amanecer del desánimo,
crepúsculo de la tristeza
y el mejor antídoto natural
para los problemas.
No puede ser comprada, suplicada,
prestada ni robada,
pero es el bien más valorado de la Tierra
cuando se da sin pedir nada.
Cuando los demás están cansados
para darnos una sonrisa
démosles una de las nuestras.
Porque nadie necesita tanto
una sonrisa, que aquellos a quienes
ya no les ninguna para dar.

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