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miércoles, 12 de diciembre de 2007

Sócrates, filósofo y coach

El coaching está de moda a decir del interés que muestran muchos directivos preocupados por mejorar sus dotes de gobierno para así hacer frente a los continuos desafíos que la empresa les exige. Sus orígenes, sin embargo, se remontan siglos atrás. Ya Sócrates afirmaba que no existía el enseñar sino sólo el aprender. Y con esa sencillez se describe hoy día lo que es la metodología del coaching. Sócrates ayudaba a aprender a los demás haciendo preguntas a su interlocutor y dejando que hallase la respuesta por sí mismo: “Los que tienen trato conmigo, aunque parecen algunos muy ignorantes al principio, en cuanto avanza nuestra relación, todos hacen admirables progresos. Y es evidente que no aprenden nunca nada de mí, pues son ellos mismos los que descubren y engendran muchos bellos pensamientos”.

El método de Sócrates recibe el nombre de mayeútica o arte de las parteras. Según Sócrates, su progenitora era una comadrona de cuerpos, ayudaba a dar a luz, pero no daba a luz, mientras que él era una comadrona de almas, ayudaba a encontrar respuestas, pero no daba respuestas: “Mi arte de partear tiene las mismas características que el de ellas, pero se diferencia en que asiste a los hombres y no a las mujeres, y examina las almas de los que dan a luz, no sus cuerpos”.

El coachee no aprende del coach, sino de sí mismo estimulado por éste, que le ayuda a preguntarse y a responderse por sí solo. Sócrates, como buen coach, no impone ni enseña tesis, sino ayuda a sus coachees a que se conviertan en “filósofos”, a que se planteen y replanteen cuestiones; preguntas y respuestas que no buscan sino la mejor forma de vivir la vida, la más digna, la que contribuye más al fin del hombre, y eso no se consigue sino mediante la conquista de ciertas virtudes: “En primer lugar tienes que ejercitar la virtud, y también quienquiera que esté dispuesto a gobernar y cuidar no sólo de sus asuntos, sino de la ciudad y sus intereses”.

Su finalidad es la educación a través del diálogo: “los diálogos no tratan de temas banales, sino de la forma en que uno debe vivir”, porque “el mayor bien para un hombre es tener conversaciones a cerca de la virtud”. El debate lo que busca es ayudar a conocernos mejor así como nuestras posibilidades de desarrollo personal y profesional. En resumen, que el coachee se encuentre consigo mismo y sepa mejor quién es y quién puede llegar a ser, y, luego, adquiera las habilidades necesarias para llegar a serlo.

La cuestión no es baladí. Como afirma Apolodoro, desde que está con Sócrates su vida ha dado un cambio a mejor: “Hasta entonces yo daba vueltas de un lado para otro y, aunque creía hacer algo importante, era más digno de lástima que cualquiera, igual que tú ahora mismo, que crees que debes ocuparte de todo antes que de practicar la filosofía”.

Todos necesitamos de alguien que nos oriente –no hay yo sin tú, nos descubrimos con el otro, dice Martín Buber– y haga ver las cosas con más claridad, llamémosle coach, frontón, confesor, o como queramos. La necesidad de ser escuchados, contrastar opiniones y buscar consejo ajeno es tan antigua como el hombre, y así nos lo hace ver Sócrates: “Todos nosotros debemos buscar un maestro lo mejor posible, pues lo necesitamos”.

El punto de partida de este recorrido hacia la mejor forma de vivir es el “conócete a ti mismo” socrático, pues “el que no cree estar necesitado no desea tampoco lo que no cree necesitar”. Sólo cuando uno es conscientemente incompetente –sabe que no sabe, y que, por tanto, necesita mejorar– puede poner en marcha los medios necesarios para adquirir esas habilidades que le permitan liderar bien a su gente.

Por eso, para Sócrates el primer y más importante objetivo del diálogo es convencer al coachee que no lo sabe todo e ilusionarlo para adquirir esas habilidades que le permitan sacar provecho de su forma de dirigir, ya que “la ignorancia propia de los que no saben, pero creen que saben es la causa de los males. Y cuanto más importantes sean los temas tanto más perjudicial y vergonzosa”.

Indicarle a alguien que anda descaminado en ciertos aspectos es ayudarle a encontrar lo que más le conviene, y esa es una de las prioridades del coaching. El coach obliga a enfrentarnos con nosotros mismos: “No le hemos hecho ningún daño al sumirle en la perplejidad, antes bien, le hemos ayudado a encontrar la verdad, porque ahora la estará buscando con alegría”.

En definitiva, alcanzar la perfección posible como persona es un reto permanente, mucho más aún cuando se ocupa puestos de gobierno. Conseguirlo no es posible en solitario, sino que se precisa de alguien –el coach– que nos ayude a conocernos mejor y a desarrollar aquellos hábitos que permiten su consecución. Si se logra –aunque sea parcialmente, pues el desafío no es sencillo y dura toda la vida–, entonces se habrá alcanzado la plenitud como persona, con lo que ello supone en orden de la felicidad propia y de los demás.

* Extracto del capítulo de Francisco Alcaide: “Raíces Históricas del Coaching. Tres referencias antropológicas: Sócrates, Platón, Aristóteles”, del libro “Coaching Directivo: desarrollando el liderazgo” (Ariel, 2003). Publicado en Expansión & Empleo y El Mundo.
                                                                                                                                                               

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