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lunes, 11 de febrero de 2008

El peso de la «masa»

Siempre me ha interesado el peso que tiene la masa –la multitud o las mayorías– en nuestros comportamientos. Distintos autores han escrito sobre la influencia que ejerce el grupo en el individuo. En muchos casos, la necesidad de aprobación de los demás –el hombre es un ser social por naturaleza– está implícita en tales comportamientos. Ser diferente –apartarse de la multitud– es pasto de incomprensión y, consecuentemente, de rechazo.

En los últimos días, preparando una sesión «in company» para una empresa he reparado en dos estudios que reflejan la importancia que tiene el anonimato del grupo frente a la elección individual.

Primero. Un estudio llevado a cabo por S. E. Asch en 1955 citado por Reuchlin en su obra «Psychologie». Se presentan dos cartones a un grupo de 7 individuos. Uno de los cartones tiene una recta patrón. Otro tiene tres rectas de distinta longitud, una de las cuales es igual al patrón. Se pide a las personas que decidan, por turno, cuál de las rectas es igual al patrón. Las diferencias de longitud son suficientes para que no existan graves problemas de percepción. De las 7 personas, sólo una es un «ingenuo» participante mientras que las otras 6 están preparadas para engañar. Estas últimas hablan en primer lugar e indican una recta distinta a la del patrón. ¿Qué dirá el invitado? Por lo general, sucede que el juicio unánime de los 6 personas ejerce una fuerte influencia sobre la decisión del participante «ingenuo». En ausencia de cualquier tipo de influencia (sin personas que engañan) el índice de error es de 1%. En presencia de 6 personas compinchadas, la tasa de error puede llegar a aumentar hasta el 37%.

Segundo. Esta tendencia a conformarse con lo que dice la mayoría aparece incluso cuando no hay personas compinchadas. Así lo demuestra otro experimento de G. de Montmollín. Frente a un grupo de 5 individuos se muestra durante cinco segundos un cartón en el que se han adherido al azar 80 trocitos de papel marrón. Se pide a los experimentadores que adivinen lo más exactamente posible el número de adhesivos. Cuando todos han escrito su número, se lee en voz alta las cinco respuestas y se pide una segunda evaluación después de presentar de nuevo el cartón. Se ha comprobado que las personas en su segunda respuesta tienden a acercarse a la media de las respuestas iniciales. En este caso, la media puede parecer atractiva por tratarse de una especie de acuerdo. Los individuos intentan crear entre ellos un «contrato social» sobre la forma de percibir y no tanto una visión objetiva de la realidad. Importa más el ser aceptado que la verdad.

El filósofo Bertrand Russell (1872–1970) decía en cierta ocasión: «Que una opinión sea compartida por mucha gente no quiere decir que no sea errónea». El padre Benito Jerónimo Feijoo (1676–1764) iba por senderos similares: «Los ignorantes, por ser muchos, no dejan de ser ignorantes».

No siempre la opinión general es equivocada, pero habitualmente, la gente que marca diferencias –que ve cosas que los demás no captan y anticipa escenarios futuros– se desmarca de la multitud y es capaz de seguir su propio instinto.

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