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viernes, 8 de febrero de 2008

¿Merece la pena ser ético?

Oigo en un programa de radio de la BBC, con ocasión del escándalo del trader de 31 años de Societé Generale, Jérôme Kerviel, la entrevista con varios alumnos y profesores de la London Business School, acerca de la importancia de la ética.

En mi libro «Who´s Who en el Management Español» (Interban, 2006, 2ª edic.), escribí un capítulo sobre el tema con el título: «Reflexiones acerca de la ética: una ciencia imprescindible para la vida y la empresa».

Casos como el de Enron (2001), Worldcom (2002), AOL (2002) o Parmalat (2003) todavía están frescos. En España, también hay ejemplos recientes: AVA (1998), Gescartera (2001) o Eurobank (2003), entre otros.

Apunto sólo algunas reflexiones que puedan ser de ayuda a la hora de abordar esta cuestión desde una perspectiva más amplia. No obstante, no es el objetivo de estas líneas sermonear sobre el «deber ser». Primero, porque no nos creemos capacitados; segundo, porque ningún mortal tiene todas las respuestas.

Hablar de ética no es fácil: porque no es un recetario de medidas escrito de antemano para seguirlo a rajatabla donde se nos dice qué es y qué no es ético. Existe una amplia gama de matices y zonas grises que no es fácil de acotar y donde el «saber prudencial» es el mejor consejero. Además, antes de juzgar cualquier comportamiento de un tercero deberíamos preguntarnos qué hubiésemos hecho nosotros en idénticas situaciones. Una cosa es dar discursos desde la tribuna de oradores y otra bien diferente bajar a la arena empresarial. Como dice el pensador José Aguilar, «si vamos a hablar de ética, lo primero que se nos debe exigir es que seamos honrados. No lo seríamos si escamoteáramos las dificultades reales con las que se encuentra quien se propone introducir criterios éticos en su actividad profesional. Hacer frente a estas objeciones, aunque sea desde el convencimiento del papel central que juega la ética en las relaciones empresariales, es un punto de partida inexcusable».

Hechos y no palabras: es lo que se conoce como KDG (Knowing–Doing Gap). Las palabras son fácilmente manipulables y engañosas, basta decir lo que otro quiere escuchar. Es suficiente lanzar lo que es socialmente aceptable y de este modo recaudar el aplauso social. Los hechos, por el contrario, son irrefutables; ellos son los que nos ensalzan o nos condenan. Con tono irónico decía Giovanni Boccacio (1313–1375): «Haced lo que digo, pero no lo que hago». Todos somos parecidos por lo que afirmamos o defendemos, sin embargo, lo que diferencia a unas personas de otras son los actos concretos. La ética, como casi todas las cosas que merecen la pena de la vida, es más fácil en la «teoría» que en la «práctica». Una cosa es saber lo qué hay que hacer y otra bien distinta ponerlo en acción. Según James O´Toole, «el 95% de los directivos dicen lo correcto pero sólo el 5% lo hacen».

Engañar siempre es mal negocio. Rara vez cuando uno no sigue los dictados de la ética suele salir bien parado: «Es fácil engañar a alguien siempre; a todos alguna vez; pero no a todos indefinidamente» (Abraham Lincoln). La falta de ética es como una herida mal curada, siempre acaba por abrirse. No se puede vivir clandestinamente de manera sistemática. La soberanía de la ética siempre acaba imponiéndose y sale victoriosa de cualquier batalla. Espera agazapada a que el tiempo le dé permiso para salir a escena. Quien hace un pacto con el diablo, antes o después –más bien sucede con prontitud– lo acaba pagando.

La rentabilidad de la ética. Ser ético es rentable, no sólo a medio y largo plazo como proclaman algunos, sino también a corto. Rentable es aquello que produce beneficios, y éstos pueden ser tanto «tangibles» –dinero físico– como «intangibles» –poder conciliar el sueño por la noche, sabiendo que uno hizo lo que tenía que hacer–. Acostarse y quedarse dormido es algo que cuando se tiene no se le da importancia pero cuando falta se echa mucho de menos.

La presión del materialismo. El deseo incontenible de rentabilidad inmediata conduce a actuaciones poco éticas. Muchos comportamientos deficientes proceden de la ansiedad por llegar antes de tiempo a alcanzar lo que la paciencia y el sosiego hubieran acabado otorgando. Se prefiere coger el atajo rápido y cortoplacista al camino bien solidificado con esfuerzo y entrega. Gestionar prudentemente el «cronos» –el tiempo preciso según los griegos– es recomendable para evitar dejarnos deslumbrar por «ganancias sospechosas» y caer en comportamientos no muy rectos que hipotecan nuestro porvenir. La inmediatez es uno de los grandes enemigos de la ética.

El peligro del relativismo. Enemigos de la ética hay muchos pero uno de los más demoledores es el «relativismo». Con ese argumento de fondo –todo es relativo– se justifica cualquier tipo de comportamiento. En realidad, lo que ocurre es que hay un miedo desconcertante a buscar la verdad, lo que más conviene, lo más atractivo desde el punto de vista humano, porque eso nos dejaría en evidencia en multitud de ocasiones y nos aparta de lo que «nos apetece» en cada momento. La recepción de la verdad depende en buena medida de la predisposición del alma que quiere acogerla. Si uno se empeña en justificarse, siempre acaba encontrando algún argumento –por incierto que sea– para disculparse y poder vivir consigo mismo. Las excusas son el recurso perfecto para encontrar la absolución indiscutible. La ética exige voluntad para hacerla propia.

Errare humanum est. El fallo es inherente a la condición humana, o como al grupo cómico argentino Les Luthiers les gusta apostillar, «tener la conciencia limpia es síntoma de mala memoria». No hay que flagelarse, sino reconciliarse con el pasado y hacer propósito de enmienda. Mirar atrás sin resentimientos. La pulcritud absoluta no existe. Quien más quien menos tiene en su currículum algún episodio pasado poco afortunado. Lo malo no es el error, sino no tener agallas de reconocerlo, corregir y enmendar. El primer paso en la perfección como persona es la aceptación de las limitaciones y equivocaciones. Pedir perdón y perdonarse son dos aspectos imprescindibles en la lucha por ser mejor persona y directivo.

Tres recomendaciones de libros: «La ética en los negocios» (Ariel, 2001), «Ética de la actividad empresarial» (Minerva, 2004) y «Ética para seguir creciendo» (Pearson Educacion, 2001).

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