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miércoles, 12 de marzo de 2008

Los niños, grandes maestros

En cierta ocasión decía un pensador: «No sé cómo siendo los niños tan listos los adultos somos tan tontos». Y concluía: «Debe ser cosa de la educación».

En los cursos y seminarios que imparto suelo preguntar quiénes son las personas más creativas del mundo. Tras algunos segundos de silencio, siempre hay algún valiente que se anima y contesta: los niños. Y así es.

Los más pequeños, que tienen su disco duro limpio de prejuicios y convencionalismos, nos sorprenden a diario con sus respuestas inesperadas y originales; y eso es precisamente la creatividad, la capacidad para encontrar soluciones diferentes a las habituales; la habilidad para explorar caminos poco transitados; la ausencia de miedo para romper rutinas. Robert Frost lo escribio magistralmente en «The road not taken»: «Dos caminos divergían en el bosque, yo cogí el menos transitado y eso hizo que todo fuese diferente».

En otro post anterior (Cosas de niños: la creatividad infinita, 25/09/07) hablé sobre esta misma cuestión y dejamos constancia a través de un cuento de la facilidad de los niños para hallar alternativas distintas a las tradicionales. Recientemente he descubierto otra historia que refleja claramente esta realidad. Es de Anthony de Mello y se encuentra en su clásica obra «La oración de la rana».

La madre:

¿Sabías que Dios estaba presente cuando cogiste esa galleta de la cocina?

El niño:

Sí.

La madre de nuevo:

¿Y que crees que te estaba diciendo Dios?

La respuesta del chico no se hace esperar:

Me decía: No estás tú sólo; estamos los dos, de modo que coge dos galletas.

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