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jueves, 17 de abril de 2008

Cuidado, aduladores a la vista

Los estudios empíricos demuestran que a medida que un directivo escala peldaños en la pirámide empresarial, la opinión que tiene de sí mismo y la que tienen sus subordinados tiende a ser divergente. La explicación es sencilla: primero, con la altitud suele perderse el contacto con la realidad inmediata; y segundo, también con la altura, los aduladores, que dicen al jefe lo que quiere escuchar, ayudan a ocultar las limitaciones de éstos restándoles oportunidades de mejora.

El peligro es evidente. Antístenes decía: «Vale más caer entre las garras de los buitres que entre las manos de los aduladores, porque aquéllos sólo causan daño a los difuntos y éstos devoran a los vivos». Tácito afirmaba algo parecido: «Pessimus inimicorum genus laudantes» (La peor especie de enemigos es la de los aduladores). Y León Tolstoi (1828–1910) en su obra «Hadzhi Murat» escribía: «La adulación de su séquito le llevó al extremo de no ver sus contradicciones, de no cotejar sus actos y palabras con la realidad, con la lógica ni siquiera con el sentido común; y estaba tan completamente convencido de que todas sus decisiones, tan insensatas, injustas y opuestas entre sí, resultaban sensatas, justas y equilibradas sólo porque eran suyas».

Rodearse de colaboradores críticos y exigentes sólo es propio de directivos fuertes. Los débiles, sin embargo, presos de su orgullo, tienden a esconder las carencias tras el barniz de los halagos.

¿Cuál es el secreto para que un equipo de colaboradores diga sin tapujos lo que piensa? Uno: la confianza, que hace que todo fluya de manera natural y se puedan poner las cartas sobre la mesa. Por el contrario, el temor a represalias –algo que siembran a menudo dictadores y autoritarios– contribuye a que la gente esconda sus pensamientos y busque alternativas para agradar al superior y de este modo no ver mermada su posición.

Un apunte. Si alguien le rinde pleitesía todo el tiempo, sospeche: o es un «pelota» o le tiene miedo.

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