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lunes, 7 de abril de 2008

El fracaso no existe

A raíz de un comentario hecho por un lector en uno de los últimos post («El valor relativo del éxito», 02/04/08) me detengo en este tema. En alguna ocasión he propuesto que se elimine la palabra «fracaso» del diccionario. Porque así lo pienso: el fracaso no existe, es sólo una invención humana para hacer daño a los que se atreven a descubrir nuevos mundos, señalarles con el dedo con afán destructor y esconder sus propios miedos. Tan sólo existen las lecciones de la experiencia: algo desconocido que necesitábamos aprender para posteriores desafíos certeros.

En general, somos quien somos gracias a nuestros fracasos porque «el éxito –como decía un pensador– sólo confirma nuestras expectativas». La derrota es más formativa que la victoria. Además, bien digerida, nos hace más humanos al ser capaz de comprender mejor el dolor ajeno. Lo contrario, el éxito, suele derivar –si no se tiene una personalidad bien amueblada– en una cierto aire de superioridad y arrogancia.

En cualquier caso, tanto el éxito como el fracaso deberíamos tratarlos con mayor naturalidad. Dosificar la alegría de la victoria y ser condescendientes con la derrota. Ni fuegos artificiales que nos sitúen en una nube en épocas de vacas gordas, ni lloros infantiles que nos hundan en épocas de vacas flacas. Me decía hace poco Emilio Butragueño que «tanto en la victoria como la derrota hay algo de mentira». No puedo estar más de acuerdo.

Respecto al fracaso, podríamos decir que una persona que no ha fracasado –en lo profesional y en lo personal– es una persona que no ha madurado del todo. Está incompleta. Por desgracia –esto también me lo decía «El Buitre»– vivimos en una sociedad «que nos educa para ganar pero no para perder», lo que lleva a que con frecuencia se haga leña del árbol caído. Sólo sabiendo esperar estoicamente –«la paciencia lo alcanza todo», decía Teresa de Calcuta–, el tiempo acaba repartiendo justicia.