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miércoles, 9 de abril de 2008

Esos locos bajitos

Es la tercera vez (las anteriores fueron el 12/03/08 y el 25/09/07) que ensalzo las bondades de los niños como genios y maestros. No me resisto a insistir sobre este tema.

«El hombre alcanza su madurez cuando comprende la seriedad con la que jugaba de niño», escribe Nietzsche (1844–1900) en «Más allá del bien y del mal». Aguda reflexión la del filósofo alemán. Y es que para los niños la vida es un juego y así deberiamos contemplarla los mayores. La obra «El Principito», de Antoine de Saint–Exupery, es todo un repertorio de lecciones que nos pueden enseñar los más pequeños. Conviene leerlo con calma: «Desde un pequeño asteroide muy lejos de este planeta que se debate por sobrevivir, destella la imagen de este dulce niño tratando de rescatar los mejores sentimientos humanos olvidados o relegados. Saint–Exupery escribe este canto de amor y ternura inigualable dirigido a los adultos, aunque quizás sean los niños los que puedan entender su hermosísimo mensaje».

El escritor Jorge Bucay ha repetido en distintas ocasiones que «los cuentos están escritos para dormir a los niños y despertar a los adultos». Redactando estas líneas me ha venido a la cabeza el famoso cuento del danés Hans Christian Andersen (1805–1875) conocido como «El nuevo traje del emperador» (1837).

La historia resumida es la siguiente. Dos pícaros artesanos prometieron coser un excelente traje a un vanidoso emperador. El traje, de caracterísitcas únicas, sería invisible a los ojos de los estúpidos y de quienes no estuvieran a la altura del cargo que ocupaban. La propuesta fue aceptada por el mandatario y el supuesto traje estuvo pronto listo para ser admirado por sus súbditos. Nadie lo veía pero nadie admitía no verlo, ni siquiera el emperador, que desfiló desnudo ante su pueblo mostrando orgulloso el invisible vestido, sin que sus sorprendidos súbditos se atrevieran a sacarle del engaño. Sólo un niño tuvo la osadía de gritar que el emperador iba desnudo, lo que animó al resto de los ciudadanos a desvelar a voz en grito lo que todos veían. El protagonista comprendió que el pueblo tenía razón, aunque su orgullo le impidió reconocerlo delante de ellos y prefirió seguir su desfile con la ilusión de pensar que estaba rodeado de estúpidos.

De nuevo un niño, libre de prejuicios, convencionalismos, miedos u otras razones, resuelve la ecuación de manera natural y con espontaneidad y deja en evidencia a los «sabelotodo» adultos. Tomen nota.

Me despido con la canción «Esos locos bajitos» de Joan Manuel Serrat cuya letra –hay estrofas sabias– y música merecen ser disfrutadas con calma.

A menudo los hijos se nos parecen,
y así nos dan la primera satisfacción;
ésos que se menean con nuestros gestos,
echando mano a cuanto hay a su alrededor.

Esos locos bajitos que se incorporan
con los ojos abiertos de par en par,
sin respeto al horario ni a las costumbres
y a los que, por su bien, (dicen) que hay que domesticar.

Niño,
deja ya de joder con la pelota.
Niño,
que eso no se dice,
que eso no se hace,
que eso no se toca.

Cargan con nuestros dioses y nuestro idioma,
con nuestros rencores y nuestro porvenir.
Por eso nos parece que son de goma
y que les bastan nuestros cuentos
para dormir.

Nos empeñamos en dirigir sus vidas
sin saber el oficio y sin vocación.
Les vamos trasmitiendo nuestras frustraciones
con la leche templada
y en cada canción.

Nada ni nadie puede impedir que sufran,
que las agujas avancen en el reloj,
que decidan por ellos, que se equivoquen,
que crezcan y que un día
nos digan adiós.

Para escuchar la canción «Esos locos bajitos» de Joan Manuel Serrat:
http://www.youtube.com/watch?v=GnQbtwoeNLs

Para leer el cuento completo «El nuevo traje del emperador» de Christian Andersen:
http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/euro/andersen/trajenue.htm

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