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viernes, 11 de abril de 2008

Y otra de niños

Oigo en un programa de radio: «Los niños son grandes filósofos». ¡Fantástica afirmación! Los más pequeños no sólo son grandes creativos –sus respuestas son originales–, grandes negociadores –siempre ofrecen alternativas para conseguir lo que quieren– sino que también son –además de otras muchas cosas– grandes filósofos.

La filosofía –del griego: philo (amor) y sophia (sabiduría)– trata de encontrar respuestas a las grandes cuestiones de la vida. Busca la verdad de los temas, y los niños, más curiosos que los mayores, están en mejor posición para encontrarla.

«La pregunta es la forma suprema del saber», decía Martin Heidegger (1889–1976). ¿Qué hacen los niños sino estar continuamente haciéndo preguntas? Muchas veces creemos que sus preguntas –muy inteligentes en la mayor parte de los casos– son absurdas, pero a menudo nos dejan en «fuera de juego» al no saber darles respuestas. Además, cuando les intentamos engañar con un «argumento falso» para que nos dejen tranquilos, inmediatamente encuentran una nueva pregunta para cuestionar nuestra contestación que no les convence y dejarnos en evidencia.

Estoy seguro que Aristóteles, Sócrates o Platón, por citar tres figuras de relevancia, disfrutarían mucho pasando una tarde con un puñado de niños. Seguro que no lo tendrían fácil aunque tampoco les importaría. El «sólo sé que no sé nada» socrático es un ejemplo de humildad muy recomendable en la búsqueda del quid de las cuestiones. Preguntar es sinónimo de humildad y humildad es sinónimo de sabiduría. Gerasimos Xenophon Santas dice: «Sócrates pregunta continuamente. Saluda a la gente con preguntas, enseña y les contradice con preguntas, se despide con preguntas: realmente habla a la gente mediante preguntas. Incluso cuando no habla, parece celebrar un silencioso interrogatorio con un interlocutor imaginario»... como los niños.

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