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jueves, 15 de mayo de 2008

Huya de los pesimistas

En cierta ocasión, Jorge Valdano, me decía: «A los optimistas se les debería pagar más». Es una frase chocante y que llama la atención a primera vista pero tremendamente cierta y que deberíamos poner en práctica.

Sabemos que entre los cinco criterios que utiliza la NASA para seleccionar a sus candidatos, uno de ellos es el optimismo. El motivo es sencillo: rara vez las cosas salen como uno las había previsto y es frecuente que aparezcan elementos que hagan que se tuerzan, por lo que se necesita una gran dosis de optimismo para afrontar con serenidad los problemas. El ex CEO de ITT, Harold Geneen, afirmaba: «En los negocios, el 99% de las sorpresas son negativas».

¿Qué conclusiones podemos extraer? Quien carece de optimismo no puede afrontar ninguna aventura interesante. Me atrevería a decir que a lo largo de la historia ningún adelanto ha venido de la mano de un pesimista; porque el pesimista adopta una actitud defensiva ante la vida y sólo se mueve por entornos conocidos por los que ya ha pisado por anterioridad. Se limita a escanear comportamientos aprendidos ex ante. Se levanta, va al trabajo, cumple y regresa a casa. Así un día tras otro. La incertidumbre, lo nuevo, lo diferente, le dan alergia; sin embargo, ahí es donde tienen lugar los grandes descubrimientos; de alguien que asumió el riesgo de probar algo distinto. Nadie ha inventado nada haciendo lo mismo que realizó tiempo atrás. Ya lo decía Helen Keller en «Optimismo» (1903): «Ningún pesimista ha descubierto el secreto de las estrellas, ni ha navegado por mares desconocidos, ni ha abierto una puerta al espíritu humano».

Además, en general, el hombre pesimista vive amargado –les gustaría salir de su zona de confort pero el miedo a lo desconocido les puede– y lo más desalentador, amarga la vida a los demás. No les basta con encontrar inconvenientes a sus cuestiones, sino que se obsesionan con encontrarlos en los temas de los demás, porque si hay algo que no soportan es estar rodeados de gente con actitud positiva. No asimilan que haya otros que se atrevan a descubrir nuevos mundos. La envidia, en cierto modo, es un rasgo que caracteriza al pesimista. Como ellos se ven incapaces de alcanzar expectativas, les molesta que otros sí lo hagan. Los pesimistas permanecen constantemente en refugio seguro, lo que hace que sus metas no pasen del aprobado, porque todo proyecto subrayable está sembrado de obstáculos. Algunos son previsibles, otros muchos se van descubriendo por el camino. El pesimista, al descubrir estas piedras, prefiere quedarse apartado para no tropezar.

La persona con actitud positiva, en cambio, sabe que el desafío que ha elegido –grande casi siempre– no será un camino de rosas, pero su forma de afrontar la vida, le asegura que esos inconvenientes no le inmovilizarán sino que los irá sorteando de la mejor manera posible hasta llegar al puerto deseado. Muchas veces, el salir adelante no es tanto una cuestión de «aptitudes» (saber) como de «actitudes» (querer). Ella Wheler Wicok lo expresaba con estas palabras: «Nuestras vidas son canciones. Dios escribe la letra y nosotros la música que queremos y la canción se hace triste según el compás que hayamos imaginado para ella».

El profesor de Dinámica de las Organizaciones de la Universidad de Michigan, Karl Weick, cuenta que durante unas maniobras militares en Suiza, un joven teniente de un destacamento húngaro en los Alpes mandó a un pelotón de soldados a explorar una montaña helada. Poco tiempo después comenzó a nevar y dos días más tarde la patrulla aún no había vuelto. El teniente pensó angustiado que había enviado a sus hombres a la muerte. Al cuarto día, los soldados regresaron al campamento. El oficial, sorprendido, les preguntó qué les había ocurrido y cómo habían conseguido volver. El pelotón contestó que se habían perdido y que poco a poco su ánimo se fue consumiendo hasta que uno de ellos encontró un mapa en su bolsillo. Esto les tranquilizó. Esperaron a que la tormenta pasara y valiéndose del mapa dieron finalmente con el camino de vuelta. El oficial estudió detenidamente el mapa y comprobó que no era un mapa de los Alpes, sino de los Pirineos.

Lo que les salvó la vida, evidentemente, no fue el mapa, pero la cartografía les sirvió para levantar el ánimo del grupo y encontrar finalmente –por ensayo y error– el camino de regreso. Si el pesimismo se hubiese apoderado de ellos sabiendo que el mapa no servía para nada, habrían permanecido sentados esperando el rescate.

Los procesos creativos están altamente relacionados con la ilusión y el optimismo; cuando la tristeza, el pesimismo y el derrotismo se apoderan de la persona, en ese contexto es imposible generar ninguna idea que merezca la pena. De hecho, con frecuencia, las mejores ideas suelen venir fuera del ámbito de trabajo cuando el cerebro está en un estado más propicio –más relajado y menos tenso– para producir ideas interesantes. Al final, la experiencia demuestra que quien sólo trabaja, acaba trabajando peor.

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