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miércoles, 14 de mayo de 2008

La madre de los niños del Holocausto

Esta semana ha muerto a los 98 años, Irena Sendler, «la madre de los niños del Holocausto». Esta enfermera polaca arriesgó su vida cuando en 1939 los nazis ocuparon Varsovia durante la II Guerra Mundial, salvando del horror de los campos de concentración a 2.500 niños judíos. Para ello escondía a los menores en cestos de basura, ataúdes, sacos de patatas o cajas de herramientas, y luego los repartía por familias católicas y conventos.

El 20 de octubre 1943, la Gestapo –la policía secreta nazi– descubrió su secreto. Fue capturada y torturada, aunque jamás reveló la identidad ni el destino de los niños rescatados. Encarcelada en la prisión de Pawlak, fue condenada a muerte, sentencia que nunca cumplió porque camino a la ejecución, un soldado que fue sobornado la dejó escapar. Desde entonces vivió de manera clandestina hasta el final de la guerra.

Irena siempre fue muy discreta y nunca se atribuyó méritos. Con la humildad de aquellos que restan importancia a sus logros, manifestaba: «Yo no hice nada especial, sólo hice lo que debía». A pesar de su heroicidad siempre le quedó un cierto resquemor: «Podría haber hecho más y este lamento me seguirá hasta el día que me muera». También dijo: «Cada niño salvado con mi ayuda son la justificación de mi existencia y no una reivindicación de la gloria».

Durante muchos años el paradero de Sendler fue desconocido, hasta que en 1999, un grupo de estudiantes de un instituto de Pittsburg (Kansas, EEUU) que realizaban una investigación sobre los héroes del Holocausto dieron con ella.

En 2007 fue propuesta por Polonia para recibir el Nobel de la Paz, aunque el galardón fue a parar finalmente al norteamericano Al Gore.

En 1993 el séptimo arte rindió homenaje con «La lista de Schindler» a otro personaje de características similares, Oskar Schindler, un empresario alemán gracias al cual se salvaron más de 1.000 judíos. El largometraje de Spielberg fue galardonado con siete estatuillas de la Academia. Ahora Hollywood prepera una cinta sobre la vida de Irena.

Este post está dedicado a todos esos héroes anónimos y discretos que no salen en las portadas de los periódicos. A todos aquellos que hacen una labor callada y discreta pero enormemente eficaz. Por desgracia, en una sociedad donde se confunde «popularidad» con «prestigio», se echa de menos que con más frecuencia rindamos tributo a esos personajes desconocidos que son ejemplares. Me gusta una frase que dice: «Agradece a la llama su luz, pero no olvides el pie del candil que, constante y paciente, la sostiene en la sombra».

Muchas veces el confeti y los aplausos recaen en una única persona –en las empresas se ve mucho–, cuando detrás de los éxitos suelen haber batalladores silenciosos que se dejan la piel en cada proyecto. Conviene no olvidarse de ellos. La escritora Daphne du Maurier –autora de Rebeca (1938) que Hitchcock adaptó al cine (1940)– da en el clavo: «A veces sucede así en la vida: cuando son los caballos los que han trabajado, es el cochero el que recibe la propina».

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