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martes, 10 de junio de 2008

Aprender a no escuchar

Sí, puede parecer una contradicción, pero la experiencia demuestra que también hay que saber no escuchar porque hay personas que son expertas en amputar los sueños de los demás con sus palabras malintencionadas. En cierto modo, lo que se esconde detrás de esos dardos envenenados es la envidia, que no es más que el recurso de los incompetentes; individuos que como no son capaces de alcanzar los objetivos que les gustarían, intentan que otros tampoco se alcen con ellos, porque eso supondría dejar al descubierto sus carencias. Para ello no tienen reparos en maldecir las ilusiones de los demás para que desistan y así intentar poder saciar sus propias insatisfacciones personales.

Sólo si se tiene una personalidad muy fuerte –esto no es sencillo– uno es capaz de abstraerse y tomar distancia de los comentarios ácidos que otros hacen. Somos humanos, y las opiniones ajenas –porque mucho que digamos– nos afectan e influyen en nuestro estado de ánimo y en nuestras decisiones.

Ya en otro post anterior («A miracle for Christmas», 20/12/07), hablamos sobre este tema. Allí recogíamos las palabras de Sammy Gitau, un chico procedente de Kenya que logró salir de la miseria de África y licenciarse en la Manchester University. Sobre su hazaña y de las dificultades hasta llegar allí, decía: «People thought I was crazy. I felt like a crusader because I didn't know anyone who had done this. I learnt not to share my dreams with people after a while, though, because they only took away from it».

Pedro Medina Asensio, al que ya hemos citado en otras ocasiones, recogía en su blog hace algunas semanas (ver post 16/03/08), una interesante historia para explicar precisamente esta cuestión: la necesidad de aprender a no escuchar. Con su permiso la reproduzco en este post:

«Érase una vez una carrera de ranas. El objetivo era alcanzar lo más alto de una gran torre. En el lugar había una gran multitud de espectadores que habían acudido para apoyarlas y animarlas. Preparados, listos, ya. Comienza la competición. Pronto, los asistentes, ante las dificultades de las ranas para avanzar hacia la cima de aquella torre, murmuraban:

– ¡Qué pena! ¡No lo van a conseguir! ¡No van a poder!

Algunas de las ranas, al escuchar las voces, comenzaron a desistir. Pero había una que persistía y continuaba la subida sin inmutarse. A medida que avanzaba la carrera, la multitud continuaba gritando:

– ¡Qué pena! ¡No lo van a conseguir! ¡No van a poder!

Poco a poco, las ranas iban abandonando una a una, menos aquella que continuaba a su ritmo sin prestar demasiada atención a los comentarios. Ya al final de la carrera, todas las ranas habían cejado en su empeño excepto la que se había mantenido firme en su propósito desde el principio. La curiosidad se apoderó de todos los presentes. Querían saber cómo había sido posible aquella hazaña. Y cuándo fueron a preguntarle acerca de sus habilidades para alcanzar tal proeza, fue cuándo descubrieron que ¡era sorda!».

Una de mis frases favoritas –la he citado en más ocasiones– dice así: «Lo hicieron, porque no sabían que era imposible». Muchas veces los límites que tenemos los humanos no son «reales» sino «mentales» (ver post 30/10/07); prejuicios que se han ido instalando desde la infancia debido a una educación mal enfocada y que nos apartan de nuestros sueños. Henry Ford también afirmaba: «Tanto si piensas que puedes como si piensas que no puedes, estás en lo cierto».

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