jueves, 19 de junio de 2008

¿Aunque muramos más tarde vivimos menos?

Si echamos un vistazo a nuestro alrededor no es difícil adivinar que vivimos en un mundo en el que el nivel de bienestar logrado está en los niveles más altos de la historia de la humanidad. La esperanza de vida se ha incrementado de manera considerable gracias al avance de la ciencia y la medicina. Lo que antes podía representar un pequeño problema sin solución, hoy está ampliamente superado. Igualmente, gozamos de mejores infraestructuras que permiten desplazarnos más cómodamente y en menos tiempo. También el coste de acceso a la información se ha reducido casi a cero y todo está disponible a golpe de ratón. Las posibilidades de estar en contacto con los más lejanos –vía messenger, mail, skype, webcam...– es casi infinita, y la facilidad de movimiento entre países sin restricciones legales –al menos en la UE– nos da libertad de acción. Éstos son sólo algunos de los muchos ejemplos que muestran el grado de avance alcanzado hombre.

A pesar de todas estas mejoras, ¿nos encontramos más satisfechos? La revista «Time» publicaba hace algún tiempo en su portada el siguiente titular: «¿Por qué si estamos tan bien nos sentimos tan mal?».

En distintas ocasiones he preguntado a diferentes pensadores esta cuestión: «¿Aunque muramos más tarde vivimos menos?». Éstas son algunas de las respuestas:

Pedro Ruiz, artista: «Vivimos menos intensamente, y cuando existe intensidad, es una intensidad mentirosa; la intensidad del fin de semana: ir corriendo a todos los lados. La vida pegada a lo natural es mejor. Nos enseñan pocas cosas buenas, pero hay una que nos falta a todos: sencillez. Sin ella lo que hacemos es pertrecharnos de cosas inútiles que arrastramos y que luego defendemos con violencia. Al lado de un olmo y un lago con poco que comer pero suficiente se está mucho mejor que en Nueva York o en Madrid perdiendo el día por aparcar. Nos hemos comprado un medio de vida absolutamente absurdo. Lo grande está en lo pequeño y lo pequeño está en lo grande. Cada día nos cuesta más caro vivir peor. Recuerdo un pensamiento de mi madre hace 30 años que decía que cada vez veía la sociedad más sucia. Se refería al alma de las personas. A mí me da la impresión de que ésta es una sociedad que avanza mucho por fuera pero poco por dentro. Es más, creo que interiormente retrocede. Que se presuma del número de jóvenes que se reúnen a un botellón, que se presuma de la ingesta de estupefacientes, que se presuma de la posesión del número de aparatos electrónicos, en lugar de hablar de algo que está desapareciendo, el mérito, es un síntoma extraordinariamente preocupante».

José Antonio Marina, filósofo: «Nos encontramos más dispersos, más distraídos y dándonos menos cuenta de que vivimos. La agitación y la prisa tienen un componente de que estoy en otro sitio de donde estoy. La cultura oriental se basa en el eternal now: vivir el momento presente. Nosotros estamos demasiado pendientes del pasado o del futuro; o arrepintiéndonos del ayer o intranquilos por el mañana. No tenemos conciencia clara del hoy; o como decía un poema de Quevedo: “he llegado sin darme cuenta de que he viajado”».

También Marina decía: «Hoy día mientras que objetivamente estamos mejor que nunca subjetivamente nos encontramos profundamente insatisfechos. Ello es debido a que la percepción del bienestar es diferencial, no absoluta. El bienestar es la diferencia entre lo que esperaba y lo que tengo. Hay épocas de la historia en las que se esperaba muy poco y, por tanto, las expectativas se podían satisfacer con facilidad. Ahora vivimos con muchas expectativas. Se nos ofrecen continuamente posibilidades y como no podemos satisfacerlas todas, nos sentimos profundamente defraudados. La frustración no procede de la necesidad sino del exceso de expectativas. Un gran reto para la educación es enseñar a disfrutar de lo que se tiene. Estamos fomentando una cultura de la ansiedad que no nos permite saborear lo que tenemos produciéndose esa paradoja. Esto tiene un riesgo grave. Cuando una persona se encuentra continuamente frustrada tiene dos caminos: o se va hacia la depresión o se va hacia la violencia. En el Congreso Mundial de Psiquiatría celebrado hace unos años en España se dijo que el siglo XXI no iba a ser el siglo de internet sino el siglo de la depresión y la violencia. Estamos instalando a todo el mundo en una insatisfacción continua que al mismo tiempo consume de todo».

Mi impresión se resume en el clásico «nihil novum sub sole» (nada nuevo bajo el sol). La satisfacción –esa sensación de bienestar interior– tiene que ver, sobre todo, con una actitud optimista ante la vida en la que la persona equilibra expectativas con capacidades, acepta limitaciones sin luchar contra ellas, no se deja atrapar un materialismo salvaje, da y recibe afecto –lo único importante de verdad–, tiene curiosidad por la vida –siempre tiene proyectos entre manos– y aprovecha el momento que le ha tocado vivir haciendo suyas las palabras de Albert Camus: «La verdadera generosidad hacia el futuro consiste en entregarlo todo al presente».