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domingo, 22 de junio de 2008

Motivos para visitar a un coach

El coaching es un sistema de asesoramiento personalizado –one to one– que tiene por objetivo ayudar a conocernos mejor a nosotros mismos con el fin de identificar nuestras fortalezas y debilidades para potenciar las primeras y limar las segundas. También nos ayuda a comprender mejor cuál es nuestro lugar en el mundo, «quiénes somos» y «quién queremos llegar ser», y facilita la metodología para conseguirlo. En definitiva, ayuda a crecer como profesionales y a mejorar como personas.

La visita a un coach no es un opcional, sino una decisión altamente recomendable. Debería ser el médico de cabecera de los directivos. Es una herramienta de gran valor –siempre que se utilice bien y se encuentre la persona apropiada– por varias razones:

– Percepción: Vemos las cosas como somos no como son. Contemplamos la vida desde una microatalaya –la nuestra– que dista mucho de atrapar la realidad en toda su amplitud. Contar con otras opiniones facilita hacerse una idea más precisa de quién somos y dónde estamos para, posteriormente, establecer un plan de acción estimulante.

– Objetividad: Tenemos vínculos afectivos con nuestro ser y resulta inviable la imparcialidad. Observamos la parte más agradable de nosotros mismos y somos indiferentes respecto a nuestras carencias y limitaciones. En cierto modo, vemos lo que queremos ver, y así es complicado que cualquier proceso de mejora tenga lugar. La claridad exige distancia para reconocernos y emprender la marcha del crecimiento personal. Como se dice en el ámbito jurídico: no se puede ser juez y parte al mismo tiempo.

– Mal de altura: Los estudios demuestran que a medida que un directivo escala posiciones en la pirámide empresarial la opinión que tiene de sí mismo y la que tienen los demás tiende a ser divergente. Con la altitud puede perderse el sentido de la realidad. Es necesaria la ayuda de alguien –el coach– que ayude a poner los pies en el suelo y así contemplar las cosas con menos apasionamiento y más imparcialidad.

– Adulación: es uno de los males más recurrentes cuando se está en un puesto de responsabilidad. Los aduladores –que dicen al superior lo que le agrada escuchar– ayudan a ocultar las limitaciones de los directivos restándoles oportunidades de mejora. Los halagos del séquito sacan brillo al ego y merman la objetividad tan imprescindible para el ejercicio del buen gobierno.

– Método: En otras ocasiones sabemos «qué» hay que mejorar pero no el «cómo». Nos falta método, alguien que indique las pautas a seguir junto al timing preciso a cumplir.

Me gustan las palabras de Preston Bradley: «Nunca he encontrado una persona, prescindiendo de la condición en la que se encontrase, en que no hubiese posibilidades por desarrollar. No me importa en qué medida aquella persona se considerase a sí misma un fracaso. Yo creía en ella, porque podía cambiar lo equivocado de su vida en cualquier momento en el que estuviese animada y dispuesta a hacerlo. En el momento en que ponía en marcha ese deseo, arrancaba de su vida la causa de aquella derrota. La capacidad para el cambio y la mejora se encuentran dentro de cada uno».

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