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viernes, 6 de junio de 2008

¿Quién ganará la Eurocopa?

Es una pregunta tan complicada como simple su respuesta: no lo sabemos. A priori, Francia, Italia, Alemania o incluso España son las candidatas, pero la última edición del campeonato fue a parar a manos de una desconocida Grecia y en 1992, una Dinamarca repescada tras la exclusión de Yugoslavia por la guerra, se alzó con el título europeo.

¿Dónde residen las claves? Apuntamos algunas ideas:

El talento es importante pero mucho más lo es su gestión. La mera acumulación de gente –por muy excepcional que sea– no forma un equipo sino sólo un grupo. Dos requisitos son importantes: complementariedad y unión. El primero permite rendir con eficacia en cada uno de los eslabones de la cadena de valor: defensa, centro y ataque. El segundo crea la estabilidad necesaria para que las capacidades exploten. Si los egos y los personalismos se imponen, el caos está servido. Un equipo es una piña donde la humildad y la generosidad son aspectos determinantes.

Confianza, placer y resultados van de la mano. La profesionalidad no está reñida con la diversión. La confianza facilita que el talento se manifieste con desparpajo; la presión asfixiante cohíbe y amordaza. Un cierto nivel de tensión es saludable pero cuando se está más pendiente del marcador, la grada o la opinión de la prensa, el desenlace no tiene buena pinta. Este factor es el que explica que selecciones teóricamente más débiles consigan resultados excelentes. No tienen nada que perder, y esa menor presión les permite desplegar sus talentos con naturalidad sin dejar que las rigidices les agarroten. El entrenador debe crear un entorno de normalidad protegiendo a los jugadores de comentarios ácidos y presiones inútiles que no aportan nada y no todos saben digerir.

Un equipo es, sobre todo, un estado de ánimo. Son palabras de Jorge Valdano. Y es que los sentimientos determinan nuestras conductas y, además, son contagiosos. Cuando el buen ánimo está presente, las capacidades se potencian; cuando el pesimismo se apodera de la persona, el talento se contrae y pasa desapercibido. Además, estos sentimientos –positivos o negativos– crean un estado colectivo de euforia o derrotismo que provoca verdaderos milagros o auténticas catástrofes. Un entrenador nunca puede ser una persona triste y debe descorchar ilusión y ganas por los cuatro costados.

No hay que vender la piel del oso antes de cazarla. Un despiste puede dejar fuera de la competición a cualquier selección. La clave: mucha concentración. Bajar el nivel de atención con la competencia existente es firmar una sentencia de eliminación. Hasta el minuto noventa y tantos hay que estar alerta. ¿Se acuerdan del Getafe contra el Bayer en la Copa de la UEFA? Sun Tzu en «El arte de la guerra» dice: «No te contentes con alguna ventaja pequeña o una victoria a medias; tal cosa podría ser tu cebo destinado a vencerte. Debes mantenerte en guarda incluso después de que tengas los visos de una victoria completa».

El reconocimiento y el afecto son los mayores aliados del talento. Esto es aplicable a cualquier persona, pero si hablamos de profesionales cuya motivación “extrínseca” está saciada gracias a unas nóminas generosas, lo es aún más. ¿Qué piden estos deportistas? Sobre todo, afecto; que se les quiera; que se les reconozca y se les haga sentir importantes; que se les pase la mano por encima del hombro. Las palabras de Tom Cash son ejemplificadoras: «Los seres humanos necesitan que se les reconozca y recompense cuando hacen esfuerzos especiales. Pero no es preciso darles mucho. Lo que desean es que se les dé prueba intangible de que uno realmente aprecia lo que hacen. El premio realmente es sólo símbolo de eso».

La comunicación lo es casi todo. Una comunicación deficiente acaba por arruinar cualquier relación humana y convierte simples problemas de convivencia en quistes emocionales que se agrandan con el paso del tiempo. Jack Welch afirma: «Por encima de todo lo demás, los buenos líderes son abiertos. Van arriba y abajo, y dan vueltas por todos los rincones de sus organizaciones para llegar a la gente. No se quedan en los canales establecidos. Son informales. Son directos con la gente. Hacen que ser accesible se convierta en una religión para ellos». Ponen en práctica el managing by wandering around: no esperan a que la gente se acerque a ellos son ellos los que se acercan a la gente.

La mejor improvisación es la adecuadamente preparada. Ningún detalle se deja en manos del azar. Los penalties, si llegan, no son una lotería. Ésa es la excusa y el recurso de los perdedores para quitarse el muerto de encima. Como todo, hay que practicarlos y además saber como los tiran el contrario. En cualquier batalla conocer las fortalezas y debilidades del adversario ayudan a afrontar la guerra con mejores armas. Los aires de autosuficiencia juegan malas pasadas. De nuevo Sun Tzu da en el clavo: «Si te conoces a ti y a tu enemigo, ni en cien batallas saldrás derrotado. Si te conoces a ti pero no a tu enemigo, las oportunidades de ganar o perder son las mismas. Si no conoces a tu enemigo ni a ti mismo, con certezas perderás cada batalla».

Entre el 7 y 29 de junio podremos disfrutar de una nueva edición de la Eurocopa. Luis Aragonés, como máximo exponente de la selección, debe crear un entorno en el que se mezcle la exigencia con el cariño de tal modo el talento aflore porque se sienta cómodo. No es cuestión de grandes descubrimientos sino de pequeños detalles que cuestan poco y valen mucho.

Artículo publicado en Cinco Días, viernes 6 junio 2008.

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