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martes, 1 de julio de 2008

La selección nos une en tiempos de crisis

En breve aparecerá un libro que lleva por título «Fútbol: Fenómeno de Fenómenos», una publicación resultado de varios años de investigación en la que se analiza el impacto del balompié como fenómeno político, económico, social, cultural, solidario y educativo. Y es que no hay fenómeno en el mundo comparable a la capacidad de movilización del fútbol.

El triunfo de la selección española nos ha brindado una ocasión inigualable de ver como el balompié es, como decía Jean Giraudoux, «no el rey de los deportes sino el rey de los juegos». Ni crisis, ni desaceleración, ni inflación, ni nada, todo ha quedado aparcado en un segundo plano por los partidos y la victoria de la roja. Los goles del equipo nacional han inyectado de optimismo a un país ensombrecido por la débil situación económica y le han dado un nuevo vigor impensable varias semanas atrás.

Pero, ¿qué factores explican el poder del fútbol como fenómeno colectivo?

El poder de la ilusión. Fue una poetisa rusa la que afirmaba que «lo peor de la vida no es no cumplir nuestros sueños sino no tener sueños que cumplir». La ilusión es el motor de la vida. El hombre es un ser proyectivo, necesita de ilusiones y vive empapado de futuro; el mañana es el que nos moviliza y tira de nosotros para adelante. Por eso, se ha dicho que «gran parte de la pasión futbolística depende de esperar cosas que no suceden necesariamente». El fútbol mantiene a la gente expectante como a un niño la llegada de los reyes magos. Cada partido despierta la esperanza de los seguidores por salir ganadores –lo que nos hace estar vivos y alegres–, cosa que, en el caso de ocurrir, alimenta aún con más fuerza la espera del siguiente encuentro.

Desatascador de tensiones. Séneca decía que «empezar a vivir es empezar a sufrir». La vida no es fácil y para unos menos que para otros. Por este motivo, todos necesitamos de vez en cuando evadirnos del asfixiante día a día y refugiarnos en un mundo donde los problemas quedan anestesiados. El fútbol lo hace posible. Javier Marías describió a este deporte como «la recuperación semanal de la infancia», un mundo sin preocupaciones en el que al menos durante noventa minutos todo es secundario. El escritor argentino Osvaldo Soriano también se refirió al aspecto infantil del balón, «nada más que una fantasía, dibujitos animados para mayores».

La necesidad del grupo. Aristóteles afirmaba que «el hombre es un ser social por naturaleza»; necesita de los demás, y en algunas culturas –como las latinas y mediterráneas– esta necesidad es aún más fuerte. En el fútbol, el sentimiento de grupo se manifiesta de manera muy acusada ya que permite concentrar a multitud de personas que comparten una ideología común sin fisuras: la victoria de su equipo. A la hora de defender los colores de la selección no existen diferencias de ningún tipo; todos somos aceptados dentro del mismo club como uno más independientemente de nuestro estatus, clase social, procedencia o tendencia política, lo que nos hace sentirnos cómodos.

El fútbol no es ciencia; donde la verdad es conocida por anticipado, lo que convierte a este deporte en un plato muy apetecible porque todo es opinable. En el balompié, cualquier aspecto está sometido al escrutinio de la crítica: la disposición táctica del entrenador, los fichajes, la gestión empresarial, el juego, las alineaciones... Cualquier persona opina, participa y entiende. Todos somos entrenadores y presidentes; y además creemos saber más que el resto; y más aún, los demás no tienen ni idea. Nuestro Premio Nobel de Literatura, Camilo José Cela, decía: «Varios cientos de miles de españoles, a lo mejor millares de miles, aplican sus energías de los lunes, los martes y los miércoles a glosar los lances del partido de fútbol que ya pasó, y sus arrestos de los jueves, los viernes y los sábados a predecir los aconteceres del partido de fútbol que está al caer. Los domingos descansan y van al fútbol: a sufrir o a solazarse».

La alternativa a la religión. «Para ciertos grupos de la sociedad el deporte se ha convertido en una actividad quasi–religiosa y que, hasta cierto punto, ha venido a llenar el vacío dejado en la vida social por el declive de la religión». Son palabras de un sociólogo. En tiempos de desorientación, el ser humano busca coordenadas que le sirvan de referencia; algo a lo que aferrarse que le dé fuerzas. Para muchos, el fútbol se ha convertido en la religión del siglo XXI. Andrew Poolman así lo explica: «Más allá de la cancha el fútbol adquiere características cuasimísticas y se transforma en la pasión y en una especie de religión del mundo. En este culto llamado fútbol, los estadios son templos y la pelota es el objeto sagrado. Los arcos son los cielos y el túnel de entrada es el infierno. Los árbitros son los diablos que vienen del infierno. Los jugadores son las deidades mientras los entrenadores son los dioses supremos».

Fue un periodista alemán el que sentenció: «El mundo es redondo porque Dios es hincha del fútbol». Probablemente sea cierto, de otro no se explica que once hombres vestidos de corto despierten tanta pasión. El mexicano David Villoro, en su último libro, «Dios es redondo», escribe: «En el principio Dios iba a la escuela y se ponía a jugar al fútbol con sus amigos hasta que llegaba la hora de irse a sus salones. Aunque Dios sabe muchas cosas, quiere aprender más y hacer cosas nuevas. Un día Dios dijo: hoy trabajé mucho y es hora de ir de recreo. Dios y sus amigos se pusieron a jugar al fútbol y Dios chutó tan duro la pelota que cayó en un rosal y se ponchó. Al explotar la pelota, se creó el universo y todas las cosas que conocemos».

* Artículo publicado por Francisco Alcaide en Cinco Días, martes 1 julio 2008.

http://www.cincodias.com/articulo/opinion/seleccion/nos/une/tiempos/crisis/cdsopiE00/20080701cdscdiopi_2/Tes/