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sábado, 16 de agosto de 2008

El tiburón de Baltimore (II)

El «Rey de los Juegos» ya ha conseguido su séptimo metal al imponerse en los 100 m mariposa en 50,58 segundos –sólo una centésima menos que el serbio Milorad Cavic– igualando de este modo las siete medallas de oro de Mark Spitz.

«Estoy como en un mundo de ensueño. A veces debo pellizcarme para asegurarme de que es real. Estoy feliz de estar en el mundo real», ha dicho Phelps. Su compatriota Spitz también tuvo palabras de elogio para el joven de Baltimore: «La palabra que me viene a la mente es épica. Lo que hizo esta noche fue épico. Phelps representa un tipo de fuente de inspiración para los jóvenes de todo el mundo».

De esta nueva victoria me gustaría comentar un solo aspecto: la importancia de los sueños.

Después del éxito cosechado, el nadador estadounidense tuvo palabras de agradecimiento para su entrenador Bob Bowman por la confianza depositada en él desde joven: «Bob me decía que soñara en grande, que cualquier cosa puede ocurrir. Esto realmente demuestra que no importa en qué ponga uno su imaginación, puede concretarlo. No importa cuán grande sea el sueño, todo es posible».

Algunos piensan que dedicar tiempo a soñar es improductivo, pero todos los grandes triunfadores son grandes soñadores. Dejan que sus pensamientos se recreen anticipadamente con la coronación de lo desean. Nadie consigue objetivos valiosos soñando metas enclenques. Son personas que tienen permanentemente ese objetivo en la cabeza. El tándem sueño y persona son inseparables y van de la mano a todos los sitios. El sueño está presente en cualquier «momento» –día, tarde, noche...– y en cualquier «lugar» –en un semáforo en rojo, en la ducha, viendo una película...– sacudiendo la cabeza del individuo recordándole hacia dónde camina.

Luther King siempre lo tuvo claro: «I have a dream». Tener sueños bien definidos ayuda a materializarlos, porque entonces es mucho fácil identificar los pasos a seguir para convertirlos en realidades. En Walt Disney proclaman: «Si eres capaz de soñar algo, eres capaz de hacerlo realidad».

Por desgracia, en muchas ocasiones, los soñadores son vistos como ilusos; gente con los pies desprendidos de la tierra que viven en su mundo. Por eso, el soñador –que es un visionario– es casi siempre un incomprendido. En los esquemas mentales de la mayoría de la gente no cabe su osadía, lo que obliga a nadar casi siempre a contra corriente. Thomas Mann en «El mercader de Venecia» dice: «Casi todas las cosas grandes que existen son grandes porque se han creado contra algo, a pesar de algo, a pesar de dolores y tribulaciones, de pobreza y abandono, a pesar de la debilidad corporal, del vicio, de la pasión».

Luego, sin embargo, cuando los sueños son tangibles y los aplausos recaen sobre aquellos soñadores al que muchos llamaban ilusos, todo el mundo es capaz de explicar el porqué del éxito. Lo decía J. I. García: «Faltan soñadores, no intérpretes de sueños».