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martes, 5 de agosto de 2008

Expectativas y capacidades

En otro post anterior («La paradoja del bronce», 04/04/08) señalábamos como el nivel de satisfacción de las personas no se puede medir según un parámetro «absoluto» sino «relativo»; esto es, no depende tanto de lo que se consigue como de lo que logremos en función de las expectativas que nos hayamos fijado.

Habitualmente, uno de los factores que mayor insatisfacción causa en los seres humanos es el definir unas expectativas por encima de lo razonable que cuando no se alcanzan producen una gran frustación en quién soñó metas demasiado elevadas.

Una de las mayores muestras de sabiduría de una persona consiste en ser consciente de sus limitaciones, porque sólo entonces puede definir objetivos acordes a sus posibilidades.

La satisfacción procede de un cierto equilibrio entre sueños –lo que anhelamos– y capacidades –lo que podemos–. Por tanto, los objetivos que nos marquemos deben ser difíciles pero asequibles; es decir, ni tan fáciles que cuando los logremos no les demos ninguna importancia, ni tan complicados que nos resulten imposible alcanzarlos.

Me parece muy oportuno reproducir las palabras de Douglas Mallock:

«Si no puedes ser pino en la cima de la colina,
sé hierba en el valle, pero sé la hierba mejor junto
al torrente.
Sé arbusto si no puedes ser árbol.
Si no puedes ser camino real, sé atajo.
Si no puedes ser sol, sé estrella.
No vencerás por el volumen, sino por ser el mejor
de lo que seas».

Conocerse bien –fundamental para tener claros nuestros puntos fuertes y débiles–, aceptarse –no siempre uno es lo que desearía ser– y actuar en consecuencia sabiendo hasta dónde uno puede llegar, son tres pasos clave para una vida más satisfecha.

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