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martes, 19 de agosto de 2008

Quien no se sorprende es porque no quiere

Sinceramente, me sorpende la gente que no sorprende. La vida nos ofrece a diario cantidad de estampas para despertar emociones y deleitarnos de las más variadas formas. Las posibilidades son infinitas: una película de cine, un viaje, una buena comida, una conversación interesante, un libro, una obra de teatro, un concierto, un espectáculo del Circo del Sol... nos brindan la posibilidad de abrir los ojos de emoción y sentir algo especial.

El ilusionismo es una de las artes que más permite sorprender a los demás. Se llama así porque su finalidad es generar ilusiones, tanto en los pequeños como en los más grandes (que en algunos casos son los más sorprendidos), y su carácter de «imposible» es lo que más impacta en el público.

En mi caso, empecé a practicar ilusionismo con unos 13 años. Conocí a un mago, el Presidente de la SEI (Sociedad Española de Ilusionismo), y así fue poco a poco como me fui introduciendo en un mundo en el que los que más sufren son los amigos y la familia ya que son ellos con los que uno siempre está ensayando los juegos.

El ilusionismo, para el que lo practica –hoy día ya no le dedico nada de tiempo, sólo lo sigo en directo o televisión–, desarrolla la creatividad, fomenta la capacidad de comunicación, enseña a hablar en público, impulsa la disciplina –es agotador hasta que se domina la mayor parte de los juegos–, empuja hacia el trabajo bien hecho –el público siempre está alerta para pillar el juego– y habitua a gestionar el fracaso –cuando uno empieza generalmente el respetable descubre los juegos y causa una gran decepción–.

En España hemos tenido grandes magos como Juan Tamariz, Pepe Carroll o, entre la cantera más joven, a Jaime Blas o el Mago Migue. A nivel internacional, David Copperfield es uno de los artistas contemporáneos más reconocidos con sus espectáculos de grandes ilusiones.

Hace algunos días pude ver a algunos de los concursantes del programa «America´s got talent». Uno de los participantes era Kevin James que hizo un juego fantástico. Merece la pena disfrutarlo. Lo dejó a continuación.

Sorprender y ver la cara de asombro del sorprendido es una de las cosas que más satisfacción producen. A sorprender, como a casi todo, también se aprende. Sólo hay que generar hábitos y los hábitos se construyen a base de la repetición de hábitos. Fíjese como objetivo cada semana sorprender a dos o tres personas (su mujer, su amigo, su madre, su compañero, un cliente...) y verá como al cabo de no mucho tiempo se ha habituado a generar ideas inesperadas. Muchas veces no es cuestión de grandes cosas sino de pequeños detalles que despiertan una gran emoción en la otra persona al no esperarlos. Sus interlocutores se lo agradecerán. Sorpresa y seducción –el líder debe ser un gran seductor– van de la mano.

* Un último apunte. Hoy mismo marcho unos días de vacaciones. Estaré de vuelta a España a principios de septiembre. Finlandia y las Repúblicas Bálticas (Estonia, Letonia y Lituania) son mis destinos. Hasta entonces, un abrazo a todos.