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jueves, 4 de septiembre de 2008

Lucha de contradicciones

Para Enrique Rojas «la felicidad es como un puzzle en el que siempre falta alguna pieza» o «como una manta que nos tapa pero que siempre deja alguna parte al descubierto». El pensador Javier Fernández Aguado ha escrito el libro «La felicidad posible» (ver post 27/04/08) –el título lo dice todo– en el que aboga por la búsqueda de un nivel de satisfacción «razonable» siendo conscientes de nuestras capacidades, límites, carencias y circunstancias del mundo. Suscribo con ellos todo lo apuntado. En los últimos días de verano, pensando sobre este tema, me han surgido algunas estrofas resultantes de la mera observación de la realidad y que reflejan cómo muchas veces somos pura contradicción. Aquí las dejo.

Cuando tengo dinero, no dispongo de tiempo para disfrutarlo.
Cuando las horas me sobran, no me llega la paga para saborearlas.

Cuando la soledad me acompaña, añoro tener gente alrededor.
Cuando el bullicio es inseparable, reclamo un refugio donde respirar tranquilo.

Cuando viajo mucho, lo que más me satisface es regresar a casa.
Cuando apenas tengo movilidad, el cuerpo me pide conocer mundo.

Cuando soy empleado, envidio a los que no tienen jefes.
Cuando camino según mis creencias, la idea de un salario fijo me retumba continuamente.

Cuando el reto es constante, la ansiedad me para los pies.
Cuando la seguridad es máxima, la vida me resulta insípida.

Cuando se preocupan por mí, pido más espacio.
Cuando nadie me llama, solicito más atención.

Cuando las reglas y normas prevalecen, exigo más libertad.
Cuando la libertad es incondicional, la ausencia de coordenadas me agobia.

Cuando las personas se comportan de manera grosera, demando mayor educación.
Cuando la gente es amable, sospecho que algo quieren de mí.

Cuando los demás me ignoran, pido más participación.
Cuando me permiten que intervenga, espero a que otros lleven la iniciativa.

Cuando los demás me critican, exigo que no se me juzgue.
Cuando soy yo el que se ensaña con otros, argumento que cualquiera opinión es válida.

Cuando los demás se atreven a seguir su propio camino, les tacho de locos.
Cuando soy yo el que transito por senderos inexplorados, me enfado porque no se me respeta.

Cuando alguien toma decisiones impopulares, me escudo en las mayorías para señalarles.
Cuando las mayorías no me interesan, digo que la gente que marca diferencias no sigue al rebaño.


.... (así podríamos contiuar ad infinitum).

Moraleja: debemos intentar buscar un equilibrio razonable en todos los órdenes, algo que casi nunca resulta sencillo. Las necesidades humanas son múltiples, distintas en cada persona y buscamos optimizarlas todas. Parte de la clave está en no ser demasiado exigente, tener claro que no se puede tener todo, y conocerse bien para explotar lo mejor de nosotros mismos.