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sábado, 6 de septiembre de 2008

No temas a las críticas

Cuando uno ocupa un puesto de responsabilidad, cualquier decisión que tome será criticada, y si no toma ninguna, también, porque algo tendría que haber hecho. Gestionar las críticas –muchas veces hay que encajar golpes totalmente malintencionados– es una de las cosas que debe hacer cualquier persona que ejerza puestos de gobierno.

En cierta ocasión, Rudolph Giuliani, ex alcalde de Nueva York, decía: «Con frecuencia tomo una decisión sabiendo que seré criticado, pero con la seguridad de que saldré victorioso. Un líder debe tener la suficiente confianza para pensar que demostrará que ha sabido tomar la decisión adecuada. Aunque hay que ser humilde, se debe aceptar que, por el momento, la razón por la que eres tú y no esas personas quienes toman la decisión es que tú estas al mando y ellos no. No le haces ningún bien a nadie si, al igual que Hamlet, no eres capaz de soportar el peso de las convicciones».

Este verano, releyendo un libro de Julián García Candau, uno de los periodistas deportivos más prolíficos, explicaba una conversación que tuvo con el Presidente del Real Madrid por entonces, Santiago Bernabéu. Corría el año 1974. Bernabéu había tomado posesión de su cargo en 1943, así que llevaba más de 40 años al frente de la entidad y había ganado además de más de una docena de Ligas y varias Copas de España, las 5 primeras ediciones de la Copa de Europa (1955/56 a 1959/60) y otra en más en la temporada 1965/66, que hicieron que el Real Madrid se convirtiera en el club más laureado y respetado del mundo. A pesar de ello, el 18 de febrero 1974 –recién llegado Johan Cruyff al club culé– el equipo merengue sufrió una sonora goleada en su propio estadio de 5–0. La humillación sirvió para que algunos calificaran a ese año como el mil novecientos cero cinco y todavía hoy día ese partido se sigue recordando en tierras catalanas. La derrota escoció tanto en la hinchada blanca que el presidente blanco fue objeto de las iras de los aficionados de Chamartín. Según García Candau, «el ya viejo presidente del Real Madrid no podía comprender aquella falta de respeto. Le dolió en el alma que por una derrota se estuvieran olvidando tantas tardes de éxitos, tantos títulos alcanzados y tantos reconocimientos internacionales». Ni siquiera el laureado Bernabéu pudo contener los enfados de los aficionados merengues que se ensañaron con él.

La última polémica se ha creado esta semana en torno a la elección del Príncipe de Asturias del Deporte, que ha recaído en todo un super–campeón como Rafa Nadal (Manacor, 1986). Con tan sólo 22 años, su evolución es espectacular. Actualmente, número uno en la ATP, ha ganado en el mismo año Roland Garros, Wimbledon y los JJOO. A pesar de todo, otras voces creían que Michael Phelps, el «tiburón de Baltimore», del que hemos hablado aquí largo y tendido, era más candidato tras lograr ocho oros en los JJOO de Pekín, superando los siete metales de Mark Spitz en Munich 72.

No seré yo quien diga si se lo debería haber llevado uno u otro –como siempre, hay que elegir– sino que aunque uno sea un número uno de la categoría internacional de Rafa –admirado por todos–, va a ver siempre gente que ponga «peros» a los triunfos y las decisiones. Es normal, ley de vida. Nos ha ocurrido varias veces con Ferrán Adriá que ha sido premiado tres años consecutivos con el título de Mejor Restaurante del Mundo. Como decía Don Quijote a su escudero Sancho Panza: «Ladran, luego cabalgamos». Quien no esté dispuesto a escuchar críticas es mejor que se quede en casa o lo pasará mal. Me gusta la siguiente historia que refleja muy bien esto:

«Un labrador iba con su hijo a la feria de un pueblo cercano y llevaban un mulo viejo. Cuando pasaron por una aldea, algunos hombres comentaron lo estupido que era llevar un burro e ir andando, por lo que el labrador le dijo al hijo que se subiera encima del animal. Pasaron por su lado unas mujeres y comentaron lo desconsiderado que era el hijo por permitir que su anciano padre fuese andando mientras él iba sentado en el pollino, con lo que el hijo se bajó ocupando el padre su lugar. Otros hombres que vieron la escena comentaron lo injusto que era que fuese el padre subido al burro cuando ya había vivido su vida mientras que el hijo joven tenía que acarrear con las penurias del camino. Al final, decidieron subirse los dos encima del asno, pero unas mujeres que pasaron por allí criticaron la acción, pues el animal era demasiado viejo para tanto peso».

2 comentarios:

optimainfinito.com dijo...

Entiendo las críticas como puntos de vista y por tanto intento no tomármelas nunca como algo personal.

Desde esa "distancia de seguridad" intento analizarlas con la mayor objetividad posible, me quedo con lo que me aporta algo (es útil, interesante o me ayuda a mejorar) y el resto lo descarto y olvido rápidamente.

JM

Anónimo dijo...

Gracias por tu comentario, José Miguel.

Las críticas hechas con tacto y en sentido positivo, son maravillosas porque nos ayudan a crecer y mejorar viendo que evolucionamos.

Desde mi punto de vista, el problema está en que son pocas las críticas que se hacen con ese sentido (para la mejora del otro, por eso el coaching es fantástico) y a menudo son el resultado de motivos menos confesables.

En cualquier caso, como apuntas, cuando esto sucede hay que saber tomar distancia de los comentarios ácidos y dar a las palabras (tanto para momentos de éxito como de tropiezo) su justa importancia y quedarse con lo que es útil, interesante o nos ayuda a mejorar.

Un abrazo, y buen fin de semana.

Francisco Alcaide.

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