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martes, 16 de septiembre de 2008

Sonría, mañana puede ser peor

Hoy he tenido el privilegio de comer con el Director de Banca Privada de una de las principales Cajas de Ahorros españolas. A pesar de su posición, nada fácil en estos momentos de vaivenes de los mercados financieros en los que los clientes están especialmente sensibles a la situación económica, me ha encantado su actitud positiva ante la tormenta que atravesamos y su optimismo para encarar el futuro.

Que las cosas están mal no cabe ninguna duda, pero si encima echamos más leña al fuego y nos regodeamos en nuestras penas, apaga y vámonos. Como decía Isaac Singer, «si continúas diciendo que las cosas van a salir mal tienes buenas probabilidades de convertirte en un profeta». Las crisis no son algo del siglo XXI, han existido a lo largo de la historia cada cierto tiempo y tienen sus ventajas. Hay que armarse de ilusión y tener presente que de cualquier situación se aprende, trabajar el doble para conseguir lo mismo y tener paciencia hasta que la situación se enderece. En algunos casos también habrá que perder ciertos privilegios y ajustarse el cinturón para por lo menos seguir navegando.

Tras acabar la comida, he decidido que hoy escribiría en este blog sobre la actitud positiva como forma de vida. Curiosamente, poco después ha caído en mis manos un ejemplar de Expansión & Empleo del pasado fin de semana, y me he topado con un artículo de Plácido Fajardo, Socio de Leaders Trust International, titulado «Nuevo curso» que trata precisamente este mismo tema y que supone un soplo de aire fresco ante tanto derrotismo. Merece la pena. Lo reproduzco:

«Permítanme que, ante la inevitable pereza del nuevo curso, les recuerde un viejo chiste, aunque ya se lo sepan. Ese hijo, como diría Chiquito de la Calzada, que se niega rotundamente a volver al cole, al que su madre intenta persuadir diciéndole, "hijo mío del alma, tienes que hacerlo por tres razones, la primera porque es tu obligación, la segunda, porque tienes 35 años, y la tercera, porque eres el director del colegio".

Comienza un mes de septiembre más bien tristón. El descanso veraniego va dejando paso a la rutina de las obligaciones, y el ocio pierde protagonismo frente al negocio. Y ¡vaya cómo viene el negocio!, dirán la mayoría de ustedes. En estos días, no hay conversación que no incida en lo mismo. Como en la crónica negra de algunos telediarios, convertidos en modernas versiones audiovisuales de El Caso, parece que toca regodearse en lo mal que están las cosas, y en lo peor que se van a poner. Se contrastan opiniones con colegas y amigos esperando una confirmación consoladora de los crudos vaticinios. Parece que el mal de muchos alivia, a pesar del refrán. O al menos descarga de responsabilidad. El caso es que terminamos entrando en una espiral contagiosa de desánimo que amarga a cualquiera que se deje. Incluso a quien no tiene tantos motivos reales para sentirse pesimista, que es lo peor.

Es cierto que los indicadores macroeconómicos son bastante malos. Hay poco dinero en circulación, ni siquiera para los bancos, que prestan ahora con cuentagotas. Cae el consumo y se destruye el empleo, lo que provoca a su vez un menor consumo, en un círculo vicioso de nefastas consecuencias. Además, suben los precios y, por tanto, los salarios, y perdemos competitividad, sobre todo frente a los arrolladores países emergentes. Ayer hablaba con un buen amigo que preside una firma de consultoría, a la que no le va tan mal, por cierto, y me decía que sólo saldremos de ésta a base de aumentar la productividad. No le falta razón. O todos trabajamos más a cambio de algo menos, o habrá más gente sin trabajo.

Claro que esos sacrificios en aras del interés social no encajan mucho en esta sociedad en la que la autonomía y el interés individual ganan por goleada. Puede que eso ocurra porque la solidaridad no sea un valor social predominante. Pero también porque la gente está desengañada de quien gestiona o administra lo que es de todos, a menudo ocupado en medidas cosméticas, efectistas y para la galería, que lo único que producen es desconfianza y escepticismo, especialmente en los más perspicaces.

La vida sigue, afortunadamente, para quienes podemos contarlo. El otoño será una estación suave en lo meteorológico, como estos últimos años, supongo que gracias al cambio climático. Es época de nuevos propósitos, de nuevos proyectos. Como en la vendimia, recogemos ahora las uvas con la ilusión de que mañana se conviertan en buen vino. Confiemos en nosotros mismos, siempre podemos hacer mucho más de lo que hacemos. Si además la Divina Providencia ayuda, pues estupendo. Pero, por favor, pongamos las cosas en su sitio y no nos dejemos arrastrar por la corriente. Si alguien le dice que no le va tan mal, no le mire como a un bicho raro y pregúntele qué está haciendo para que así sea. Seguro que encuentra algunas claves útiles y, por qué no, aplicables. Así es que, nada, déjese de protestar y vuelva al cole. Ya verá como la cosa no es para tanto. Y, además, no le dará un disgusto a su madre».

http://www.expansionyempleo.com/edicion/expansionyempleo/el_ojo_critico/placido_fajardo/es/desarrollo/1164124.html

4 comentarios:

Jose Miguel Bolivar dijo...

Me ha encantado el post, Francisco.

A veces uno se siente un bicho raro porque mantiene una actitud positiva en lugar de sumarse a la horda de agoreros.

No sé si la actitud positiva ayudará mucho, poco o nada a que salgamos antes de la crisis o como la queramos llamar, pero estoy seguro de que el pesimismo predominante no ayuda en nada y sí que influye negativamente en la situación actual.

Un abrazo,

JM

Anónimo dijo...

José Miguel,

Como siempre, muchas gracias por tus comentarios.

Desde mi punto, la actitud positiva es clave en todo: en los resultados, en el clima, en las relaciones... Es fantástico estar rodeado de gente de gente que a pesar de que todo tiembla alrededor es capaz de darle un enfoque positivas. Muchas circunstancias son exógenas y no dependen de nosotros, pero lo que sí depende de cada uno es afrontarlas con optimismo para encontrar una solución o minimizar su impacto. Lo que está claro, como dices, es que en entornos tristones, de desánimo y melancolía, el cerebro no está en el mejor estado para encontrar respuestas. Lo dice Luis Rojas Marcos: "El optimismo es rentable y su explicación sencilla. El optimista es más perseverante, lo intenta más veces y eso hace que llegue más lejos".

Me quedo con una frase de Bertrand Russell: "No existe prueba objetiva de que las fresas sean buenas o malas. Para quienes les gustan, son buenas; para quienes no les gustan, no lo son. Pero a quienes les gustan gozan de un placer que los otros no tienen". Lo mismo sucede con gente con actitud positiva y gente con actitud negativa.

Un abrazo,

Francisco Alcaide.

Pedja dijo...

Además, al igual que el pesimista arrastra hacia abajo, el optimista te empuja hacia arriba. Es una fuerza contagiosa. Cuando uno sonríe, los demás devuelven la sonrisa. ¡En eso hace tiempo que eres un buen ejemplo, Paco!, un abrazo.

Anónimo dijo...

Gracias, Pedro.

Efectivamente, los sentimientos son contagiosos lo que hace que el talento se expanda o contraiga. Cuando el entorno es estimulante, la gente crece; cuando es tóxico, la gente pasa desapercibida.

Un abrazo,

Francisco Alcaide.

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