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sábado, 11 de octubre de 2008

Nihil novum sub sole

Decía Aristófanes que «en las adversidades sale a la luz la virtud», ya que en esos momentos de contradicciones es cuando se puede apreciar con claridad el grano y la paja.

Con la Bolsa siempre sucede lo mismo. Lo único que cambian son los actores. Cada cierto tiempo se repiten los mismos episodios y se cometen los mismos errores. Nihil novum sub sole: Nada nuevo bajo el sol. Ayer viernes, el Ibex–35 registró la mayor caída de su historia en una sesión, un 9,14%. En la semana perdió un 21% y en lo que va de año, el indicador del mercado contínuo ha reducido su valor un 40%.

A finales 2002 escribí en el diario Cinco Días un artículo titulado: «¿Qué le pasa a la Bolsa?» Fue durante el pinchazo de la burbuja tecnológica. Las palabras allí escritas son plenamente aplicables a la situación que vivimos hoy día. Reproduzco el artículo:

«A la Bolsa no le ocurre nada. El mercado de acciones se conoce como renta variable, precisamente por eso, porque es variable, y de igual modo que va para arriba, va para abajo. Decía Goethe, que para la gente, todas las épocas de progreso son objetivas mientras que, todas las épocas decadentes son siempre subjetivas. Así es. Se ve con la mayor naturalidad del mundo que la Bolsa suba año tras año sin tomarse un respiro batiendo máximos cada dos por tres, y, sin embargo, cuando se da la vuelta y cae otro tanto, todo el mundo se mira extrañado. El mercado tiene mucho de andaluz, lo exagera todo, y si va más allá de donde debería en épocas alcistas, en periodos bajistas no iba a ser menos. Con un peligro añadido en este caso, lo que cuesta ganar en años, se pierde en dos días.

Una de las cosas que se aprende cuando uno lleva cierto tiempo siguiendo el mercado e invirtiendo su propio dinero –ya que de otro modo no es posible–, es que la sabiduría en Bolsa está directamente relacionada con el nivel de pérdidas que uno haya ido acumulando a lo largo de los años; lo que se pierde en dinero, se gana en sapiencia. La pedagogía de las pérdidas bursátiles no se aprenden en ningún máster en finanzas, ni siquiera en la Wharton School de Pennsylvania.

Lo que hace falta saber para invertir en Bolsa –me comentaba un analista con más de 25 años de experiencia en los mercados– es muy poco, pero cuesta mucho aprenderlo. Con los años –continuaba– uno llega a la conclusión que, los grandes principios de la vida –ésos que todos conocemos pero que pocos practican– son también plenamente válidos en el caso de los mercados financieros. ¿Que cuáles son esos principios? Sentido común, humildad, disciplina, paciencia, serenidad, mucha prudencia... y poco más.

1. Sentido común: para no dejarse arrastrar por las histerias colectivas, tanto compradoras como vendedoras. «Ubi multitudo, ubi malum» (Donde está la multitud está el mal). «Los ignorantes, por ser muchos, no dejan de ser ignorantes», decía el padre Benito Jeronimo Feijóo. Lo que está ocurriendo no es algo nuevo. Cualquiera con un poco de memoria recuerda episodios similares. Ni es la primera vez, ni será la última.

2. Humildad: para no creerse que uno sabe mucho. Al éxito siempre se le encuentra justificación. Si gana dinero, pensará que sabe mucho, aunque no tenga ni puñetera idea. En Bolsa, unos saben más que otros, pero todos, en general, muy poquito. Tampoco se fíe demasiado de los expertos. Galbraith solía decir: «Hay dos clases de economistas, los que no tenemos ni idea, y los que no saben ni eso».

3. Disciplina: una de las asignaturas más difíciles de aprobar es la de aprender a vender con pérdidas. Fíjese niveles máximos de pérdida que está dispuesto a asumir, tanto si invierte a corto como a largo plazo, y una vez que se alcancen, no sea cabezota y venda. Es mejor perder que perder más. Lo mismo con las ganancias, alcanzada una rentabilidad razonable liquide sus posiciones parcialmente y suba los stops de venta. Si la subida es en vertical, venda todo, olvídese de ese valor y no lo mire más.

4. Paciencia: para saber esperar. Una cosa es invertir, y otra muy distinta, especular. Lo que diferencia un concepto de otro es principalmente el factor tiempo. Invertir es rentabilizar el ahorro a medio y largo plazo; especular es pretender que una cantidad de dinero se convierta en mucho en poco tiempo. Invertir y ganar no es complicado; especular y acertar, sí. Recuerde aquello que afirmaba Mark Twain: «Hay dos momentos en la vida de un hombre en que no debería especular: cuando no se lo puede permitir, y cuando puede permitírselo».

5. Prudencia: la precaución rara vez se equivoca. En Bolsa, toda prudencia que se tome es poca. La Bolsa, en cierto modo, recuerda a la ciudad de la City: aunque salga el sol uno nunca las tiene todas consigo. A la mínima empieza a chispear y cuando uno se quiere dar cuenta ya está diluviando. Las crisis llegan sin avisar.

6. Serenidad: para no perder los nervios. No hay que precipitarse al comprar (a veces lo mejor es no estar en mercado) ni al vender (algunos disparan primero y apuntan después). Las prisas juegan malas pasadas».

Mañana volveré a hablar sobre la Bolsa. Basta decir que siempre que llueve, escampa. Lo mismo que todo lo que sube, baja, también todo lo que baja, sube.

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