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miércoles, 8 de octubre de 2008

Pesimismo constructivo

Mi amigo Mariano de Quadros me ha recomendado leer hoy el post que escribe el ex Presidente de la CNMV, Manuel Conthe, en su blog. Es interesante para reflexionar sobre el optimismo y el pesimismo del que aquí tanto hemos hablado. Lleva por título: «Pesimismo constructivo». Os dejo el link:

http://app2.expansion.com/blogs/web/conthe.html?opcion=1&codPost=50780

Hace algunos meses tuve la oportunidad de entrevistar a Manuel Conthe para la revista Executive Excellence. Os dejo algunas preguntas / respuestas de aquel encuentro que pienso que a lo mejor os interesan:

F. A.: Galbraith decía: “Hay dos clases de economistas: los que no tienen ni idea y los que no saben ni eso”. ¿Qué opinión tiene?

M. C.: Yo estudié tanto Derecho como Economía (aunque luego sólo llegara a licenciarme de lo primero). Después he combinado ambas disciplinas. Mi impresión es que el mundo del Derecho, sin llegar a ser un mundo de certezas –la Jurisprudencia de los Tribunales a veces produce sorpresas–, es relativamente previsible y ser puede ser un gran jurista sin ser una inteligencia privilegiada. En el mundo de la Economía –especialmente, de la macroeconomía y las finanzas–, hay pocas verdades incuestionadas y el futuro es siempre bastante imprevisible, porque depende de una mirada de factores y decisiones individuales que puede producir muchos escenarios alternativos. Además, la Economía es el mundo de los “trade offs”, en el que cualquier medida tiene ventajas e inconvenientes que deben ponderarse cuidadosamente. No es casual que el presidente Truman, irritado en una ocasión ante la complejidad y ambivalencia de los consejos económicos de sus asesores, anhelara algún “economista manco”, que no estuviera siempre diciéndole que “on the one hand… but on the other…”.

F. A.: Hoy se habla mucho del Behavioural Finance (Finanzas Conductistas). Decía Goethe: “Para la gente todas las épocas de progreso son objetivas mientras que todas las épocas de recesión son subjetivas”. Y Keynes afirmaba: “Si los inversores se convencen de que la Bolsa baja (sube) con la llegada de las golondrinas, bajará (subirá) efectivamente cuando lleguen, ya que todos se apresurarán a vender (comprar)”. ¿Las crisis económicas son, sobre todo, producto de crisis psicológicas?

M. C.: Las euforias financieras y las crisis tienen un indudable componente psicológico. Un gran economista americano, Robert Shiller, que las ha estudiado en detalle afirma que tiene poco de casual que empezaran en el siglo XVIII al mismo tiempo que la difusión de los periódicos. Lo que ocurre, efectivamente, es que hay cierta asimetría en la percepción social de las fases ascendente y descendente de tales procesos acumulativos. Así, por ejemplo, cuando la moneda de un país se aprecia de forma significativa gracias a entradas masivas de capital, el Ministro de Economía suele achacar el fenómeno a la “credibilidad” de la política económica y al atractivo del país, no a la “especulación” alcista. Cuando, por el contrario, la tendencia se invierta y se produce una grave crisis cambiaria, raro será que ese mismo Ministro la explique de resulta de la “pérdida de credibilidad”: tenderá, más bien, a atribuirla al efecto desestabilizador de perversos especuladores.

F. A.: El Premio Nobel de Economía en 2002, Daniel Kahneman, sostenía: “Con tal de evitar una pequeña pérdida estamos dispuestos a asumir un riesgo mucho mayor”. ¿El orgullo es el principal enemigo del ser humano?

M. C.: No se trata, en puridad, de orgullo, sino de “aversión a las pérdidas”. Daniel Kahneman y su ya fallecido colega Amos Tversky –ambos psicólogos– llegaron experimentalmente a la conclusión de que los humanos actuamos de forma asimétrica. Cuando se trata de ganancias, nos atenemos al dicho de “más vale pájaro en mano que ciento volamos”, somos “segurolas” y preferimos una ganancia cierta que apostar por una ganancia mayor, pero hipotética. Pero cuando se trata de evitarnos pérdidas, molestias o incomodidades, de repente no aflora la osadía y, optimistas, aceptamos con frecuencia grandes riesgos para evitarnos esas molestias. Una trágica ilustración de ese fenómeno está en los riesgos que con frecuencia asumimos al volante (para evitar la molestia de que el viaje se prolongue) o cruzando como peatones por sitios muy peligrosos (con tal de no andar unos cuantos metros más y pasar por el puente elevado o el paso de cebra).

F. A.: Bob Rubin decía: “Me gustaría tener la misma certeza en mis convicciones sobre una sola cosa que la que tiene X sobre todas”. Voltaire también afirmaba: “La duda no es un estado demasiado cómodo pero la certeza es un estado estúpido”. ¿La humildad es la cualidad más importante y al mismo tiempo la más olvidada en la economía y los mercados?

M. C.: La incertidumbre es consustancial a la Economía. La “teoría de los mercados financieros eficientes”, aunque no siempre se aplica a todos ellos, parte de un principio que me parece, en líneas generales, bastante acertado: los precios de las acciones, bonos y demás activos financieros reflejan ya, a día de hoy, todo lo que hoy ya se sabe sobre el futuro. En consecuencia, salvo que tengamos una intuición genial, desconocida por los demás operadores del mercado, será difícil que podamos vaticinar con un grado mínimo de confianza la evolución futura de los mercados. Ante ese carácter en gran medida incierto del futuro, lo esencial será que estemos alertas, dispuestos a interpretar los nuevos acontecimientos sin ideas preconcebidas que nos impidan ver lo que verdaderamente ocurre. Y que nuestra actitud y nuestro sistema económico sea flexible, capaz de adaptarse a los eventuales cambios. Para ello será esencial que dejemos que los precios actúan como eficaces señales que guíen las decisiones individuales (así, por ejemplo, que si el petróleo se encarece no mantengamos artificialmente bajo el precio de la electricidad, como ocurre actualmente en España en razón del llamado “déficit de tarifa”). En el mercado de trabajo, debemos aspirar a la “flexi–seguridad” y a la “empleabilidad” de todos los ciudadanos: no ofrecerle a nadie la seguridad de ningún puesto de trabajo concreto, pero sí la formación y los medios para que sepan localizar y adaptarse a todas las nuevas demandas de trabajo que produzcan los imprevisibles avatares de una economía de mercado.

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