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lunes, 6 de octubre de 2008

Respétame y no me juzgues, por favor

Cuentan que dos matrimonios estaban tomando café. Las dos señoras se apartan un poco de sus maridos y después de comentar lo caro que está todo, lo buena persona que es el novio de la niña y otros temas sin importancia, una le dice a la otra:

Verdaderamente puede decirse que tú y tu marido formáis una pareja ideal. Tenéis los mismos gustos, las mismas aficiones, la misma filosofía de vida...

La otra, ni corta ni perezosa, responde:

Es verdad, pero me ha costado más de veinte años que se acomodara tan perfectamente a los míos.

En alguna ocasión hemos citado a Chesterton: «No liberes al camello de su joroba podrías estar liberándolo de ser camello». El respeto a la individualidad de la otra persona –única e irrepetible– es una de los pocas cosas innegociables en esta vida. Intentar esculpir y amoldar a otra persona según nuestra forma de ver el mundo representa una de las mayores faltas de respeto a la dignidad humana. Permitir que cada individuo sea quien es –con sus virtudes y defectos– es una de las cosas que más se echa en falta en esta sociedad.

Hay mucha gente anulada por el miedo al qué dirán. El resto –amigos, familia, compañeros...– ha ido constriñendo la propia personalidad para empujarle hacia el estándar social y así poco a poco el ser humano inigualable ha ido desapareciendo. Lo hemos dicho muchas veces: «Muchos hombres viven en una silenciosa desesperación» (David Thoreau).

La vida admite ser contemplada desde muchos ángulos, pero en ocasiones parece que sólo existiese una. Nos da la impresión de que existen muchas vidas estándares. Demasiada gente igual haciendo lo mismo y siguiendo los mismos paradigmas sociales por miedo a ser señalados.

¿Estudio Vd. la carrera universitaria que quiso o no tuvo el coraje de enfrentarse a sus progenitores? ¿Ha comprado la casa que a Vd. le gusta o la que pensaba que agradaría a sus allegados? ¿Sale con la chic@ que ama o con la que cree que será aceptada en su círculo social? ¿Trabaja en aquello que realmente le satisface o en lo que socialmente tiene más pompa? Como dice Wayne W. Dyer: «La necesidad de aprobación de los demás equivale a decir: Lo que tú piensas de mí es más importante que la opinión que tengo de mí mismo».

Aquí hemos citado en distintas ocasiones la película El club de los poetas muertos (1989), de Peter Weir. Lo volvemos a hacer pero con una escena diferente.