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miércoles, 1 de octubre de 2008

Sonreír no pasa de moda

Escucho de pasada en una anuncio de televisión: «Sonreír no pasa de moda». Interesante eslogan que comparto y en el que me quiero detener.

Ayer asistí a uno de los desayunos que regularmente organiza CEDE (Confederación Española de Directivos y Ejecutivos) para sus asociados. En esta ocasión el directivo invitado a pronunciar la charla a los asistentes fue Francisco Belil, Consejero Delegado de Siemens, S. A. y CEO de la Región Suroeste de Europa del Grupo que engloba responabilidades sobre Albania, Andorra, Bélgica, Chipre, España, Francia, Grecia, Italia, Liechtenstein, Luxemburgo, Macedonia, Malta, Portugal y Suiza.

La charla de Francisco Belil versó sobre muchas cosas: compromiso, talento, conciliación, creatividad e innovación... todos temas del management de gran actualidad e interés. No obstante, sólo me voy a detener en una pequeña anécdota que contó en los cinco primeros minutos de intervención.

Belil explicó cómo cuando fue destinado como expatriado a Pittsburgh (USA) a trabajar, una noche de regreso a casa, paró a tomar algo en un restaurante. Sorprendido por el exquisito trato y amabilidad del personal, preguntó al encargado:

¿Qué hace Vd. para contratar estos camareros y que atiendan con tanta amabilidad y servicio?

La respuesta del encargado fue contundente:

Yo no contrato camareros... contrato gente que sonría y luego les enseño a hacer las mesas.

Ya hemos hablado sobre esta cuestión (ver artículo El poder de una sonrisa, en Executive Excellence). La sonrisa no cuesta nada pero vale mucho. Todos lo sabemos y no se precisa de ningún estudio empírico que así lo corrobore. Basta el sentido común.

Cuando acabó el acto de CEDE tuve la ocasión de charlar un rato con Belil y contarle que en la película El hijo de la novia (2001) de Juan José Campanella –le dedicamos un post el 10/10/07– su anécdota queda muy bien reflejada.

En una de las escenas, cuando el protagonista, Rafael (Ricardo Darín), se está pensando seriamente vender el restaurante familiar a la multinacional Marchiolli Internazionale, su padre, Nico Belvedere (Héctor Alterio), dice lo siguiente en relación a cómo gestionaban el local él y su mujer (Norma Aleandro):

– Este restaurante lo empecé con Norma. Yo cocinaba y ella atendía, era una cuestión de dos. Me acuerdo que siempre discutíamos por qué venía la gente. Ella decía que por la cocina y yo decía que por su atención. Es que Norma era una cosa... Ella sí que era la especialidad de la casa. Con esa sonrisa que tenía, ¡qué cartel luminoso! Imagínate, entraba la gente y se encontraba con esa pintura. Y ahí aparecía la Norma verdadera, más alegre, más luminosa. Y claro el cliente pasaba y creía que había entrado en el paraíso. Entonces ella pedía que la siguieran que les iba a llevar a la mejor mesa, y todos se lo creían, porque si ella te llevaba era la mejor mesa. Te hacía sentir como si fueses el único. Nos reíamos porque cada vez que iba a la cocina, todos, mujeres, niños, hombres... se quedaban embobados mirándola. No sabían si seguían en la Tierra, si era un fantasma... Tenían miedo que no volviera... Y ahí los volvía a sorprender (minutos 39–43).

Dejo la el vídeo de la escena de la película –aunque algo triste– en la que habla Nico con su hijo.

                                                                                                                                                                  

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2 comentarios:

Danzarina dijo...

Simplemente exquisita: la selección de la pequeña historia y de la escena (con un monstruo de la pantalla). Yo diría "Sonreir no pasa de moda, pero que sea una sonrisa llana, sincera y que nazca del interior" :-)

FAH dijo...

@danzarina. muchas gracias. me alegro que te haya gustado ;) Desde luego, todo lo que no lleva el sello de la autenticidad está condenado al fracaso. Sonrisa sincera, desde el fondo... eso se nota... estafar a la personalidad no da resultado. salu2.

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