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sábado, 22 de noviembre de 2008

Blink o el poder de la intuición (I)

Leo en el libro «La comunicación eficaz», de Lair Ribeiro: «El conocimiento humano empleó más de un millón de años en llegar a la fase agrícola, millares de años en alcanzar la época industrial, algunos siglos en llegar a la era electrónica, y pocas décadas en alcanzar la biotecnología. En la actualidad, el conocimiento se duplica cada cuatro años. Dentro de poco tiempo, se duplicará cada veinte meses. Las formas tradicionales del saber, del aprendizaje, de la administración, etc. se han vuelto obsoletas. El ejecutivo de hoy, por ejemplo, ya no puede estar al corriente de todo lo que ocurre en su área de actividad, porque han aun empleando todo su tiempo, nunca sería suficiente. La opción es entonces abrir más el canal de la intuición, el hemisferio derecho del cerebro, y de esta manera expandir la conciencia hacia nuevas dimensiones de la inteligencia, más sútiles y poderosas. Esta expansión de los poderes de la mente constituirá una conquista notale del ser humano en las próximas décadas».

Hace varios años, el periodista del «New Yorker» Malcom Gladwell publicó el libro «Blink» traducido al castellano como «Inteligencia Intuitiva». El término «Blink» en inglés significa «parpadeo» y con ello quiere hacerse ver la importancia de la intuición como mecanismo a la hora de tomar decisiones y saber qué es lo que está ocurriendo en cada situación.

La intuición es ese pálpito interior que surge de repente y que a menudo no le prestamos atención porque no tiene una base racional o científica mediante la cual nuestros esquemas mentales puedan dar una explicación a los fenómenos. Sin embargo, la intuición es una película anticipada de los acontecimientos que nos dice con precisión qué ocurre y qué debemos hacer.

También es importante precisar que, con frecuencia, lo que denominados intuición no es intuición. La intuición no es esa corazonada vaga y alocada y sin ningún sentido que toma el camino de la solución rápida. La intuición es fruto de una larga experiencia que nos indica el sendero más oportuno para abordar con éxito el futuro. La intuición goza de mayor credibilidad en la medida que es mayor la experiencia y más tiros se han pegado.

Malcom Gladwell en el libro citado escribe: «A medida que ganamos experiencia en un terreno tendemos a depender más de estas rápidas decisiones subconscientes»; aunque puntualiza: «No quiero que se tome como una cómoda justificación para evitarse el razonar. Ahí es importante rastrear los orígenes de cada prejuicio y decidir en qué aprovecha uno más las ventajas del juicio instintivo, dictado por la íntima experiencia, y en cuáles las de un razonamiento ponderado». El problema de la devaluación de la intuición estriba, según Gladwell, en «la incapacidad de poder explicar razonamientos no típicamente conscientes. Y hoy todo juicio requiere ser explicado»; y mucho más en las empresas, diríamos.

Por tanto, la intuición no es una decisión carente de fundamento sino que tiene un poso intelectual riguroso cuyas armas son el estudio y la práctica. No es algo innato al alcance de unos pocos privilegiados sino experiencia intensa acumulada. Hay intuiciones «buenas» e intuiciones «malas»; intuiciones «sabias» e intuiciones «engañosas». Las primeras, aquellas que anticipan resultados sin equivocarse, son siempre el resultado de un trabajo previo. Las segundas, son el recurso del perezoso para no dedicar tiempo y esfuerzo a encontrar la decisión más acertada a su devenir.

La importancia de las intuiciones «buenas» es notable, ya que con frecuencia los directivos tienen que tomar decisiones sin contar con todos los datos encima de la mesa. En definitiva, la intuición bien entendida es atajo inteligente.