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jueves, 11 de diciembre de 2008

Conflictos y adversidad, aliados del liderazgo

Hace un par de días estuve releyendo una entrevista que le hice hace algún tiempo a Juan Mateo, Presidente de Training Lab, para la revista Executive Excellence.

En su día, Juan Mateo publicó junto a Juan Manuel Lillo el libro «Liderar en tiempos díficiles» (McGraw–Hill, 2003). Allí decían: «Nos encontramos con que los jóvenes de hoy tienen dos incapacidades. La incapacidad para mantener el esfuerzo y la incapacidad para aplazar la recompensa. No hay voluntad para esperar a que el premio llegue a largo plazo. Todo es muy inmediato. Vivimos tiempos en los que no se admite que la recompensa esté empadronada en el futuro, sino que se exige que lo esté en el presente continuo. Esperar es un verbo que ha sido arrojado por los desgalgaderos del olvido. Vivimos promiscuamente con lo súbito. Así es harto espinoso lograr nada que puede echar raíces. Lo repetiremos de nuevo. Sin la participación del tiempo y el esfuerzo no se pueden coronar cimas muy altas».

A raíz de estas palabras, le preguntaba a Juan: «¿Cuáles son los motivos explicativos de esta situación? ¿Implica un juicio de valor negativo?».

Ésta fue su contestación: «Creo que tenemos unas generaciones que nunca hubiésemos soñado que estuviesen en las condiciones en las que están, tan bien preparadas y formadas, pero hemos cometido errores que a ellos les van a costar muy caros. No porque ellos sean incapaces, sino porque los adultos no les hemos sabido educar con sentido. Los culpables somos nosotros, los mayores. No les hemos sabido transmitir valores como el sacrificio, el compromiso, la entrega... Nosotros fuimos una generación que vivimos en una época dominada, por un lado, por unos padres que habían vivido una guerra; y por otro, por la Revolución de Mayo del 68. Eran tiempos difíciles en los que hubo que “buscarse la vida”. Hoy día hemos pasado al extremo contrario. Es un péndulo que no hemos sabido equilibrar. Les hemos dado mucho a cambio de nada. No están acostumbrados a sufrir. Son gente que vive en una especie de burbuja. Eso les ha venido muy bien, porque la capacidad para ser felices es muy grande, pero creo que no están preparados para afrontar la adversidad, el fracaso y el error... El día que la vida les azote, y antes o después la vida acaba pasando factura a todo el mundo, no van a estar preparados para reaccionar. No sé si hemos creado generaciones de depresivos, pues cuando se enfrenten a la durísima realidad a lo mejor no pueden o no saben».

Y añadía: «Hace algún tiempo leí un estudio internacional sobre liderazgo con personalidades de referencia. Casi todos suelen ser personas que en su juventud (a partir de los 14 años) han tenido problemas muy graves de los que han tenido que salir adelante con mucho sacrificio. Desde jóvenes han tenido un entrenamiento terrible con la adversidad de tal forma que al llegar a la vida adulta ningún problema les descoloca. Los jóvenes de hoy son gente abierta, tolerante, con un espíritu constructivo, que domina la tecnología y los idiomas, pero cuando pongan los pies en la realidad pura y dura, ¿van a ser capaces de tolerar la adversidad? Además, son gente que la insatisfacción les viene muy rápido, porque como también han cubierto sus necesidades muy rápido, el deseo insatisfecho lo soportan muy mal».

Resalto esta conversación porque desde mi punto de vista el liderazgo está muy asociado a la gestión de conflictos y adversidades. Quien no ha pasado por situaciones complicadas con anterioridad es difícil que pueda ejercer el liderazgo con eficacia. Quien ha navegado por aguas bravas –aunque todos los temporales son distintos– es capaz de mantener la serenidad y no perder la calma, relativizar la situación, no huir despavorido cuando todo tiembla, inyectar optimismo, mantener la fortaleza emocional, resistir estoicamente, etc. La vida fácil puede ser cómoda, pero a costa en muchos casos de evolucionar y crecer, porque los momentos fuertes de aprendizaje están altamente relacionados con la gestión de adversidades (ver post «La magia del conflicto», 16/10/07).

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Hola Paco,
Sólo darte las GRACIAS por este artículo, (se lo llevo a mi madre, en un día como hoy, se sentirá reconfortada, siempre nos ha hablado de la adversidad como una compañera de viaje habitual, con la que se puede y se debe lidiar...) y gracias también porque ya tengo libro para leer este fin de semana.
Un abrazo,
Popy

FAH dijo...

Gracias a ti Popy, por seguir este blog y, sobre todo, por participar. Hace tiempo escribí un artículo titulado "La madre: cuna de líderes"; es lo que yo llamo "sabiduría callada"... muchas madres podrían dar conferencias por todo el mundo pero como no tienen título de universidad americana y no van con corbata, pasan desapercibidas... pero sus enseñanzas muchas veces son más útiles que las de muchos gurús.

Un abrazo.

Jose Miguel Bolivar dijo...

Siento no poder coincidir con el punto de vista de Juan Mateo. Me parece al simplista. Puede que lo que dice sea cierto pero también es cierto que se ha roto el paradigma. Antes tenía sentido mantener el esfuerzo y esperar a que llegara el premio porque si se hacían las cosas bien, el premio llegaba antes o después.
Ahora no es necesariamente así. La esperanza de vida y el ritmo de cambio social y tecnológico son otros. Lo de esforzarte hoy puede seguir conduciendo a una recompensa a largo plazo... o no.
Un gran post en cualquier caso.

JM

FAH dijo...

Pienso como tú José Miguel que los paradigmas son diferentes y ello implicar gestionar según otros patrones menos rígidos, más flexibles y orientados a la persona. No obstante, creo que es importante detenerse en las palabras que dice Juan Mateo: "Hoy día hemos pasado al extremo contrario. Es un péndulo que no hemos sabido equilibrar".

Ni tanto ni tan calvo. Me da la impresión que hay que buscar un equilibrio, porque cualquier reto implica dificultades, obstáculos en los que es necesaria mucha capacidad de trabajo y resistencia emocional.

Se me olvidó recomendar un libro interesante, se llama "Desde la adversidad", de Santiago Álvarez de Mon.

Un abrazo,

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