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martes, 30 de diciembre de 2008

Resultados tangibles del optimismo

Después de otorgar cierto protagonismo al pesimismo en el día de ayer, es hora de volver a nuestras raíces optimistas. Hablé de «La fuerza del optimismo» y dije que dejaría aquí algunas investigaciones empíricas que demuestran los beneficios del optimismo en muchos ámbitos. Lo hago ahora.

En la empresa: en un estudio dirigido a finales de la década de los 80 por Martín E. P. Selingman, profesor de la Universidad de Pensilvania, 15.000 aspirantes a vendedores de pólizas de seguros de la empresa Metropolitan Life realizaron dos pruebas: la de aptitud para vendedores y otra de personalidad que medía el grado de optimismo y pesimismo de los candidatos. Como resultado, se contrataron a 1.200 individuos que se dividían en tres grupos. El primero, los «optimistas», formado por 500 candidatos que habían aprobado el examen de aptitud y que de acuerdo con el test de personalidad, eran moderadamente optimistas. El segundo grupo lo formaban los «pesimistas», otros 500 aspirantes que también habían pasado la prueba de aptitud pero que tenían una personalidad moderadamente pesimista. El tercer grupo, denominado los «comandos especiales», lo integraban unos 200 candidatos que habían suspendido la prueba de aptitud, pero que en el test de personalidad mostraban niveles muy altos de optimismo. Dos años después, los directivos de Metropolitan Life comprobaron la productividad de los tres grupos. Los resultados revelaron que los más productivos habían sido los «comandos especiales». Estos «superoptimistas» suspendidos en el examen de aptitud, aventajaron en venta de pólizas al grupo de los «optimistas» en un 26% y al de los pesimistas en un 27%. Al parecer, el éxito de los vendedores de talante optimista obedecía principalmente a su más alta persistencia en la labor y a su mayor resistencia a rendirse ante los rechazos de los posibles compradores. El optimista lo intenta más veces. Mientras un vendedor normal realiza doce llamadas de teléfono el optimista insiste el doble de veces.

En la salud: el «efecto placebo», es decir, el efecto de mejora o incluso cura que experimenta un enfermo después de ingerir una sustancia inocua o someterse a una intervención sin ningún valor terapéutico, es un claro ejemplo. Está demostrado que entre el 25–50% de los enfermos más comunes mejora o incluso se cura después de tomar sustancias que no tienen ningún efecto en sus enfermedades pero que ellos creen que sí. En otro estudio dirigido por Lon Schneider, de la Universidad de Carolina del Sur, entre 728 pacientes mayores de 60 años y con cuadros depresivos, a la mitad de ellos se les dio un tratamiento con pastillas de un antidepresivo probado conocido como sertralina; a la otra mitad se les suministro un placebo de aspecto similar. A las ocho semanas habían mejorado el 45% de los enfermos en el grupo de tratamiento activo y el 35% de los pacientes que ingirieron placebo.

En la longevidad: el psicólogo Christopher Peterson realizó un estudio entre más de 1.000 hombres y mujeres durante un periodo de casi 50 años. Los resultados, publicados en 1998, revelaron que los pesimistas morían prematuramente con más frecuencia que los optimistas, incluyendo accidentes y muertes violentas.

En el deporte: el deportista que cree que no va a ganar, no se esfuerza. Y ante las adversidades, los optimistas lo intentan más veces que los pesimistas lo que al final se traduce en mejores resultados. En un experimento llevado a cabo en la Universidad de Berkeley, un grupo de nadadores fue informado por sus entrenadores después de una competición de que sus marcas habían sido peores de lo que realmente fueron. Ante este revés, los nadadores considerados optimistas mejoraron su tiempo en la siguiente carrera, mientras que los pesimistas los empeoraron.

En la política: diversos estudios empíricos han contrastado la relación entre la disposición optimista o pesimista de los candidatos a presidente de Estados Unidos entre 1900 y 1984 y el resultado de las elecciones, concluyendo que el electorado prefirió en el 82% de los comicios al aspirante más optimista en sus discursos. ¿Recuerdan el mensaje de Obama? Tres palabras: «Yes, we can». La gente quiere escuchar buenas noticias. El derrotismo habla del pasado y de lo que no se debería haber hecho; la esperanza del futuro y de lo que se debe hacer.

En las adversidades: el profesor de Dinámica de las Organizaciones de la Universidad de Michigan, Karl Weick, cuenta que durante unas maniobras militares en Suiza, un joven teniente de un destacamento húngaro en los Alpes mandó a un pelotón de soldados a explorar una montaña helada. Poco tiempo después comenzó a nevar y dos días más tarde la patrulla aún no había vuelto. El teniente pensó angustiado que había enviado a sus hombres a la muerte. Al cuarto día, los soldados regresaron al campamento. El oficial, sorprendido, les preguntó qué les había ocurrido y cómo habían conseguido volver. El pelotón contestó que se habían perdido y que poco a poco su ánimo se fue consumiendo hasta que uno de ellos encontró un mapa en su bolsillo. Esto les tranquilizó. Esperaron a que la tormenta pasara y valiéndose del mapa dieron finalmente con el camino de vuelta. El oficial estudió detenidamente el mapa y comprobó que no era un mapa de los Alpes, sino de los Pirineos. Lo que les salvó la vida, evidentemente, no fue el mapa, pero la cartografía les sirvió para levantar el ánimo del grupo y encontrar finalmente –por ensayo y error– el camino de regreso. Si el pesimismo se hubiese apoderado de ellos sabiendo que el mapa no servía para nada, habrían permanecido sentados esperando el rescate.