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viernes, 9 de enero de 2009

Año de nieves, año de bienes

Nevada de campeonato en toda España con frío, mucho frío. Todos los informativos de los distintos medios de comunicación han dedicado un amplio espacio a esta noticia: «Impresionante nevada en Madrid» (El Mundo), «Cientos de vehículos, atrapados nueve horas en la autopista por la nieve» (ABC), «La nieve colapsa Madrid y cierra Barajas durante cinco horas» (La Razón), «Rubalcaba insiste en que no se utilice el coche» (El País).

Dice el dicho que «año de nieves, año de bienes», así que sabiendo que lo peor de la crisis estaba previsto para 2009, habrá que agradecerle a la nieve su visita, ¿no? Estoy seguro que a Murphy no le convencería. Él solía decir: «Si lavas el coche, lloverá; lavar el coche para que llueva no suele dar resultado».

¿Por qué le dedico hoy un mail a esta cuestión?

Muy sencillo. España es la octava economía del mundo. Estamos entre el 5% de países más ricos y desarrollados y, sin embargo, un poco más de nieve de lo esperado y Madrid, la capital, colapsada.

El aeropuerto de Barajas ha estado cerrado 5 horas (la primera vez que lo hace por mal tiempo), y cuando escribo estas líneas sólo se permite el despegue. Por otra parte, las carreteras, sobre todo, las de circunvalación, acumulaban retenciones mayúsculas. Más de 2 horas para avanzar 500 metros.

Unos y otros se echan la culpa. Los ciudadanos a los políticos por no prever; los políticos a los meteorólogos por no ajustar sus predicciones (decían alerta 1 y luego ha sido 0, la máxima)... y, al final, la case sin barrer, y muchos ciudadanos desesperados.

¿Por qué cuento todo esto?

Por una razón. La vida nunca nos deja de sorprender. Creemos que sabemos y podemos con todo, y de vez en cuando la naturaleza nos para los pies. En cierta ocasión me decía Santiago Álvarez de Mon: «La vida lo que enseña sobre todo es humildad. No somos nadie».

Las cosas no son perfectas, por este motivo, hay que aprender a gestionar el cambio y gestionar imperfecciones (la absoluta pulcritud hemos repetido «n» veces no existe).

¿Y qué significa gestionar el cambio y las imperfecciones? Entre otras cosas:

1. Ser muy flexible: circunstancias extraordinarias requieren medidas extraordinarias a las que hay que saber adaptarse. El inflexible, al sacarle de su rutina habitual, se encuentra desorientado y acaba estallando dominado por una especie de locura transitoria.

2. Ser muy paciente: las circunstancias anormales –y que por tanto no son el día a día a las que se está acostumbrado– se resuelven de manera mucho más lenta, lo que implica ser paciente hasta que todo vuelve a funcionar con normalidad. Evitar que los nervios nos traicionen denota madurez emocional.

3. La importancia de la empatía: cuando hay un problema siempre hay gente que la arma. Muchas veces hay que tener en cuenta que los empleados que tenemos enfrente, seguramente, están sufriendo más que nosotros al ser la cara visible de una situación nada cómoda. Además, afrontar con serenidad una situación crítica facilita que quienes tienen que resolverla lo hagan de manera más rápida y eficaz. Si les metemos más presión, el cerebro se bloquea y todo tardará más en que resuelva oportunamente.

4. Relativizar: ¿Qué no llegas a tiempo al trabajo? ¿Qué no podrás asistir a la reunión? ¿Qué te será imposible acudir a una cena? El mundo no se acaba, no te des tanta importancia. Se buscarán alternativas. El planeta Tierra llevaba mucho tiempo girando alrededor del Sol cuando aterrizamos en él y probablemente lo seguirá haciendo cuando le digamos adiós. No lo olvides.