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domingo, 18 de enero de 2009

Daría todo lo que sé por la mitad de lo que ignoro

Hace algunos días publiqué un post titulado «Quien sabe mucho, escucha; quien sabe poco, habla» (ver 12/01/09).

Allí, en los comentarios, una bloguera –Leyla, de Colombia– tuvo el detalle de dejar una frase de René Descartes (1596–1650) que me gustó mucho: «Daría todo lo que sé por la mitad de lo que ignoro». Buena reflexión que debería ser frase de cabecera de todos nosotros.

Leyla tiene un blog cuyo título lo dice todo –«Lo que le diga es mentira»– y cuya frase de bienvenida es: «El sabio debe aprender a aceptar la sabiduría de cualquier persona, incluso de un niño o ¿acaso la pequeña lámpara de noche no alumbra cosas que el sol no puede ver?».

Lo hemos repetido muchas veces aquí: la humildad socrática es básica para pisar cada día con más firmeza y conseguir resultados. Cervantes afirmaba: «La humildad es basa y fundamento de todas las virtudes». Y es que cuando uno es humilde es al mismo tiempo más prudente, más escuchador, más conciliador, más realista, más planificador...

La gente más espléndida que he conocido intelectualmente es gente que reconoce sus límites. El científico John Maddox decía: «Cada descubrimiento científico, al mejorar nuestros conocimientos actuales, también agranda las fronteras de nuestra ignorancia». Así de simple.

Muchas aventuras empresariales (y no empresariales) se van al traste con frecuencia como consecuencia de un cierto complejo de superioridad. Los entornos cada vez son más complejos y cambiantes lo que obliga a estar reinventándose de manera permanente. En muchas ocasiones lo que ayer era válido hoy no lo es tanto y mañana puede estar algo obsoleto: «La única ventaja competitiva sostenible es la capacidad de aprender más rápido que la competencia» (Arie de Geus).