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jueves, 15 de enero de 2009

El bueno, el feo y el Madoff

Hoy aparecía en Expansión un artículo de Manuel del Pozo que merece la pena leerlo. No tiene desperdicio y lleva por título: «El bueno, el feo y el Madoff». Lo dejo a continuación:

«Engañar a Emilio Botín, a Juan Abelló, a Alicia Koplowitz, a Liliane Bettencourt, dueña de L’Oréal. Esconder 50.000 millones. Pero no sólo por eso me admira Madoff. Envidio la fascinación que desprenden los malos. Me atrae esa aureola de rebeldía que tienen los villanos. Ese míster Hyde que se esconde en cada uno de nosotros.

Es ese lado oscuro el que ha convertido a personajes como Madoff o como Jérôme Kerviel en héroes. Vivamadoff.com es una web en la que, a partir de hoy, se venderán camisetas, tazas y chapas con la imagen de este Che Guevara del siglo XXI.

Es el mismo fenómeno que vivió Kerviel, el bróker que llevó al borde del colapso al grupo Société Générale. Sus seguidores -sí, tiene miles de fans- le llaman Robin Hood y el James Bond de la SocGen, y han creado una empresa de camisetas a través de la web www.misskerviel.com. Por 18 dólares se puede conseguir una camiseta con eslóganes como I love Jérôme Kerviel o Jérôme Kerviel es un genio.

No nos hemos vuelto locos. Los malos testimonian lo que hay detrás de la mediocridad humana. ¿Cómo si no pueden tener tantos admiradores el huraño y maleducado Doctor House o el tocapelotas de Risto Mejide de Operación Triunfo? Son brillantes, porque para ser malo, malo de verdad, hay que ser muy inteligente, como demostró Hannibal Lecter en El Silencio de los Corderos.

Los villanos atraen porque dicen cosas que la mayoría no nos atrevemos a decir y se convierten en un modelo frente a nuestra cobardía. Los buenos llegamos a ser hasta tontos, porque a pesar de las putadas que nos hacen la vida y los amigos, siempre reaccionamos bien.

No nos gusta, pero somos previsibles y rutinarios. Damos las gracias por lo que tenemos, aunque no sea realmente lo que queremos. No somos capaces de imponernos para buscar lo que verdaderamente nos hace felices. Los malos, en cambio, hacen lo que sea para conseguir sus objetivos.

Lo canalla vende mucho en televisión, y de hecho se ha puesto de moda la profesión de discutidor público. Son los que tienen respuestas y opiniones instantáneas sobre todas las materias del universo, son capaces de polemizar sobre la soledad del pato viudo, lanzan un exabrupto de vez en cuando, y no tienen escrúpulos en despellejar a cualquier político, famoso o famosete que se les ponga por delante. Los Jimmy Giménez-Arnau, María Antonia Iglesias, María Patiño, Enric Sopena, Pipi Estrada, Jesús Mariñas o Alfonso Azuara están solicitadísimos en las cadenas de televisión, ávidas por ofrecer carnaza a la audiencia.

Vivimos fascinados por los villanos porque encarnan fantasías de deseos cumplidos que el resto de los mortales hemos reprimido. Encima, los malos ligan más y resultan más interesantes porque son imprevisibles, huyen de la monotonía, tienen carisma, dotes de liderazgo y nos parecen simpáticos. Una parte de nosotros les envidia porque sabemos que en el fondo de cada duro se esconde un líder potencial que convenientemente encauzado conseguiría despertar, impulsar, motivar y hasta sacar lo mejor de los que formamos parte del rebaño.

El cine ha potenciado esa fascinación por los personajes perversos y nos ha hecho amarlos. ¿Cómo no nos van a seducir Sharon Stone en Instinto Básico, Jack Nicholson en El Resplandor, Glen Close en Atracción Fatal, Al Pacino haciendo de Satanás en El abogado del diablo, Rebecca de Mornay convertida en una niñera terrorífica en La mano que mece la cuna, Lee Van Cleef como el forajido más cruel del oeste, o la más perversa de todas las malas, la genial Bette Davis? Nos hechizan los personajes del lado oscuro como Darth Vader, Dr. No, Freddy Krueger, The Joker, el Conde Drácula, Goldfinger, Octopus, Dr. Maligno, Imhotep, el Capitán Garfio o Cruella de Vil.

Sabemos que al final los malos pierden y los estafadores como Kerviel o Madoff acaban entre rejas –la verdad es que esto último ocurre pocas veces–, lo que nos permite a los buenos tener por lo menos una razón para existir. Además, en las pelis, el protagonista bueno es siempre el que al final se queda con la chica guapa. Menos mal».