domingo, 25 de enero de 2009

El dilema del peatón

En cierta ocasión, le preguntaba a Alfredo Ruiz Plaza, Vicepresidente Regional para Europa de Hertz, qué era lo más difícil de ocupar un puesto de alta responsabilidad a nivel internacional. Esto me contestaba: «Una de las cosas más complicadas es entender que las culturas y las formas de hacer negocios son diferentes en cada país. Esto lleva un cierto tiempo y hay que adaptarse».

Las diferencias culturales determinan nuestras relaciones, tanto en el ámbito más personal como en el profesional. Tengo buenos amigos británicos y a menudo charlamos sobre esas diferencias culturales que existen entre el mundo anglosajón y el latino. Evidentemente, ambas culturas tienen sus cosas buenas y otras menos agradables, por tanto, de lo que se trata es de empaparse de lo mejor de los demás e intentar minimizar lo menos bueno de nosotros.

Uno de los rasgos característicos de las culturas latinas es su cercanía en el trato. Esto, tiene una parte buena que se manifiesta en que las relaciones son más intensas, cálidas y acogen mejor a otros, y tiene una parte menos buena, que en el ámbito laboral se manifiesta muchas veces en una tendencia hacia favoritismos, amiguismos y tratos de favor.

Las culturas anglosajonas, por el contrario, son más frías y distantes, pero se caracterizan al mismo tiempo por una mayor inclinación hacia el «deber ser», por tener un mejor sentido de la justicia y la transparencia o por tener más clara la importancia de la meritocracia con independencia de afinidades y factores personales.

Existen diferentes estudios que intentan poner de manifiesto estas diferencias culturales. Uno de los más conocidos es el de Fons Trompenaars, antiguo Director de RRHH a nivel internacional de Shell, que plasmó en su excelente libro: Riding the Waves of Culture: Understanding Diversity in Global Business.

Fons Trompenaars encontró que existen siete dimensiones en las cuales las culturas difieren. Una de las dimensiones se refiere a cómo nos relacionamos las personas, si es en función de lo que «debería ser» o en función de la afinidad que tenemos con las otras personas. Fons Trompenaars explica estas diferencias con una serie de dilemas y uno de ellos es el «Dilema del Peatón».

La cuestión es la siguiente. Imagine que va en coche con un amigo que conduce el automóvil. La velocidad máxima es de 60 km/hora, pero su amigo va mucho más rápido y atropella a un peatón. La pregunta que le hace a gente de distintas culturas es: «Estás delante del juez: ¿Ayudarías a tu amigo, si o no?».

En las culturas anglosajonas, el 90% dice: «Ni hablar, yo digo la verdad que es lo que corresponde». En las culturas latinas dicen: «Por supuesto que ayudo a mi amigo». Cuando la gente ve esta respuesta, el anglosajón, dice: «Eres un corrupto, ¿cómo vas a mentir?». En cambio, el latino dice: «¿Y tú cómo no vas a ayudar a tu amigo? Eres un inmoral; tu amigo ha podido tener las mejores intenciones y ha sido un accidente».

Las diferencias entre culturas son más evidentes cuando la pregunta se hace más enrevesada, por ejemplo qué haría en el caso de que el peatón fuese atropellado. Las respuestas son las siguientes. El anglosajón dice: «Por supuesto, si el peatón murió, con más razón tengo que decir la verdad»; y el latino contesta: «Por supuesto, si el peatón murió, con más razón tengo que ayudar a mi amigo para que no vaya a la cárcel».

La pregunta final es: «La que iba conduciendo era su mujer, ¿la ayudaría, sí o no?». La mayor parte de la gente dice finalmente que sí, excepto cuando Fons Trompenaars señala, en broma, que el británico dice: «Ah era mi mujer, 400 km/h su señoría».

La explicación a esta diferentes forma de proceder, dice Claudio Fernández–Aráoz, al que citamos el otro día y autor del libro Rodéate de los mejorese, en que en las culturas anglosajonas, quizás por motivos de su formación protestante, se basa más en la norma, en el «deber ser»; y las culturas latinas nos basamos más en el amor, en la relación, en las consecuencias potenciales de esas personas.

En cualquier caso, lo importante es saber que si vamos a interactuar con personas de culturas diferentes, bien en el plano personal o profesional, es muy importante conocer su lenguaje particular porque de ahí puede depender el éxito o fracaso en la relación.