Próximo 28 de junio a las 19.30 horas, presentación en Córdoba de ‘Aprendiendo de los mejores’ (Alienta, 11ª edición) en el Colegio Oficial de Arquitectos. Más información en el siguiente link

martes, 27 de enero de 2009

Otro ejemplo de cinismo

La incorporación de la mujer al mercado de trabajo así como al resto de los ámbitos sociales es una realidad desde hace tiempo que viene confirmada por muchos datos. Por ejemplo, de los 350 diputados de la Cámara Alta, el 36% corresponden a mujeres cuando en 1982 tan sólo el 4,5% de los escaños estaban ocupados por diputadas. En 1982 tan sólo el 4,35% eran senadoras y en la actualidad es del 25%.

Además, de las carteras ministeriales –16 en total– la mitad están en manos de mujeres y la número dos del gobierno es también una mujer. Por otro lado, una Comunidad Autónoma de la importancia económica de Madrid, que aporta casi el 20% al PIB de España y tiene la renta per cápita más alta del país, está capitaneada por Esperanza Aguirre.

En 1981, la tasa de actividad femenina en nuestro país era del 22,4% mientras que veinte años más tarde se había elevado hasta el 43,7%. En países del norte de Europa como Dinamarca y Suecia, la cifra alcanza el 71%. Y en la universidad española, 66 de cada 100 matriculados y 59 de cada 100 personas que obtienen una licenciatura, son mujeres (y en algunos estudios como Psicología y Medicina los datos son muy superiores). Además, 6 de cada 10 estudiantes de los programas Sócrates–Erasmus son también del género femenino.

Se puede decir que en gran parte se han superado las barreras «visibles» que dificultaban la integración activa de la mujer en el mercado laboral y hoy día hombre y mujer compiten en una teórica igualdad de condiciones. A pesar de ello, y como señala Nuria Chinchilla –una de las principales expertas en este tema–, existen un conjunto de barreras «invisibles» («glass ceiling» o techo de cristal) que hacen que esa realidad no sea del todo plena. Digamos que existe una igualdad «de iure» (de derecho o formal) pero no «de facto» (en la práctica) y siguen habiendo discriminaciones y sesgos psicológicos –consciente o inconscientes– que tienen su repercusión en la empresa, en la política y en otras muchas esferas.

Diversas investigaciones y estudios que así lo demuestran. El otro día, Claudio Fernández–Aráoz, nos contaba uno muy conocido relativo a la selección de músicos para instrumentos de viento de la Orquesta Filarmónica. Hace unos años, el recruiting de candidatos era el siguiente. Había un conjunto de evaluadores que se ponía enfrente de los candidatos y éstos tocaban los instrumentos demostrando su habilidad. Alguien sospechó que podía existir la posibilidad de que los evaluadores, de manera consciente o inconsciente, estaban discriminando a algún músico por razón de género (hombre vs. mujer). Como es evidente, al músico es necesario escucharlo, no mirarlo, por tanto, se sugirió poner un telón entre el jurado y los músicos, de manera que los evaluadores oyeran pero no vieran. Tras esta decisión, el porcentaje de mujeres seleccionadas para grandes instrumentos de viento creció de manera exponencial. Antes, el jurado estaba escuchando con los ojos en lugar de escuchar con los odios. Inconscientemente –a veces también conscientemente– se asumía que probablemente una mujer tenía menos potencia y fuerza para tocar los grandes instrumentos de viento, cuando en realidad tocaban igual de bien.

No obstante, a pesar de las mejoras experimentadas, posteriormente se decidió poner no sólo un telón que separaba a evaluadores y candidatos sino también una alfombra, porque algunos miembros del jurado oían los tacones y seguían discriminando. Una vez bajado el telón y puesta la alfombra, el porcentaje de mujeres volvió a incrementarse.

Todos sabemos que por mucho que se nos llene la boca de igualdad de género –lo mismo sucede con el colectivo de los inmigrantes, los discapacitados y otros (el cinismo es enorme)– los prejuicios y las discriminaciones –consciente o inconscientemente, como hemos señalado– siguen existiendo.

Siempre he dicho que lo importante es el talento, con independencia de si lleva pantalón o falda. Por tanto, ni exaltación de cuotas –muy de moda en los últimos tiempos– ni discriminaciones absurdas –muy arraigadas en el pasado–. Lo revelante son los resultados.

En otra ocasión hablaré de la importancia belleza –existen estudios e investigaciones que así lo demuestran– como factor determinante para conseguir un trabajo (se entiende para aquellos puestos en los que el físico no es importante).