El sábado 10 de junio (12 a 14 horas) estaré en la caseta 266 (Deusto/Planeta) de la Feria del Libro de Madrid firmando ejemplares de #AprendiendoDeLosMejores y #TuFuturoEsHoy

lunes, 12 de enero de 2009

Quien sabe mucho, escucha; quien sabe poco, habla

Es una de mis paradojas favoritas. Se la escuché al profesor Santiago Álvarez de Mon y es una verdad –paradójica– como un templo que he ido confirmando a lo largo de los años: «Quien sabe mucho, escucha; quien sabe poco, habla; quien sabe mucho, pregunta; quien sabe poco, sentencia».

La experiencia demuestra que la sabiduría vuelve a las personas más prudentes. A medida que una persona sabe más –el ancho de banda es mayor– es más consciente de que sabe tan poco que antes de emitir cualquier juicio de opinión se lo piensa varias veces. Sócrates, gran maestro, nos dio pistas hace más de 2.000 años: «Sólo sé que no sé nada». Por eso, era el más sabio de todos. El ateniense explicaba: «Decidí que aunque aquel hombre parecía sabio a los ojos de muchos, y por encima de todo a sí mismo, en realidad no lo era. Traté de demostrarle que se consideraba sabio pero que en realidad no lo era. Mientras le dejaba, reflexioné para mis adentros: He aquí un hombre menos sabio que yo. Con toda probabilidad ninguno de los dos sabe nada que merezca la pena saberse; pero él cree que sabe, cuando no es así, mientras que yo, dado que de hecho no sé nada, al menos soy consciente de que no sé nada. Aparentemente, por tanto, yo soy más sabio que él en sólo este ínfimo detalle: que, cuando no sé algo, tampoco creo que lo sé».

El mediocre pontifica sobre lo humano y lo divino con gran seguridad. Le da igual el tema del que se hable, él tiene la solución y la respuesta a todos los males: sabe cómo salir de la crisis económica, cómo atajar la delincuencia, la fórmula para reducir los accidentes de tráfico, las claves de la política exterior del gobierno o qué jugadores debe poner el entrenador del Real Madrid para ganar la Liga. Al escucharles –la primera vez– uno piensa: «Esta persona debe ser un erudito». Luego, poco después, uno se da cuenta que es todo lo contrario.

¿Cómo se resuelve esta cuestión? Con humildad, con mucha humildad. Conviene recordar las palabras de Charles Chaplin: «La vida da tiempo nada más que para ser amateur». La vida tiene tantos matices, tantos ángulos, tantos colores... que deberíamos preocuparnos de escuchar más y hablar menos. Todos los sabios son grandes escuchadores, gente que cuestiona sus propias convicciones, y que casi siempre tiene dudas. Lo decía Voltaire: «La duda no es un estado demasiado cómodo, pero la certeza es un estado estúpido».