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sábado, 10 de enero de 2009

Todos los «más» tienen sus «menos»

Sí, así es. Lo escribía Maquiavelo (1469–1527) en «El Príncipe»: «Así pues, en todos los asuntos humanos uno se da cuenta, si los examina de cerca, que es imposible eliminar una inconveniencia sin que surja otra… Aquí, en todas las discusiones, uno debería considerar qué alternativa conlleva menos inconveniencias y debería adoptar ésta puesto que es la mejor opción».

Conversando semanas atrás con algunos amigos expatriados estas Navidades he vuelto a reconfirmar que todos los «más» tienes sus «menos». El que disfruta de su vida en el extranjero, echa de menos el sol y la comida de España; el que está casado añora la época de soltería; el que gana buen sueldo no soporta a su jefe; y el que tiene un jefe estupendo no tiene una nómina muy generosa... Sucede también con nuestras virtudes (y defectos). La vida, en general, tiende a repartir: el que es guapo, no es simpático; el que es simpático, no es trabajador; el que es trabajador, no es divertido...

En resumen, que la «perfección no existe» –lo decía José Miguel Bolívar en los comentarios del último post: «la perfección es el más bajo de los estándares porque es inalcanzable»– y, por tanto, es un ejemplo de madurez emocional aspirar a un nivel de satisfacción razonable (ver post «La felicidad posible», 27/04/08) sin caer en expectativas desmedidas que nos apartan del camino de la felicidad.

Uno de los errores más frecuentes que cometemos las personas es que muchas veces vamos en búsqueda de lo que no existe –la perfección absoluta– y como no existe, no lo encontramos; y como no lo encontramos, nos frustramos y estamos permanentemente insatisfechos. El problema del ser humano es que es paradójico y contradictorio, busca lo que no tiene descuidando lo que tiene. Shakespeare lo decía así: «Sufrimos demasiado por lo poco que nos falta y gozamos poco de lo mucho que tenemos».

En otro post anterior (ver «Lucha de contradicciones», 04/09/08) escribía algunas contradicciones que he ido encontrando a lo largo de los años y que se dan con cierta frecuencia. Las reproduzco ahora de nuevo (para quien no las leyó o no las recuerde) y añado otras más:

«Cuando tengo dinero, no dispongo de tiempo para disfrutarlo.
Cuando las horas me sobran, no me llega la paga para saborearlas.

Cuando la soledad me acompaña, añoro tener gente alrededor.
Cuando el bullicio es inseparable, reclamo un refugio donde respirar tranquilo.

Cuando viajo mucho, lo que más me satisface es regresar a casa.
Cuando apenas tengo movilidad, el cuerpo me pide conocer mundo.

Cuando soy empleado, envidio a los que no tienen jefes.
Cuando camino según mis creencias, la idea de un salario fijo me retumba continuamente.

Cuando el reto es constante, la ansiedad me para los pies.
Cuando la seguridad es máxima, la vida me resulta insípida.

Cuando se preocupan por mí, pido más espacio.
Cuando nadie me llama, solicito más atención.

Cuando las reglas y normas prevalecen, exijo más libertad.
Cuando la libertad es incondicional, la ausencia de coordenadas me agobia.

Cuando las personas se comportan de manera grosera, demando mayor educación.
Cuando la gente es amable, sospecho que algo quieren de mí.

Cuando los demás me ignoran, pido más participación.
Cuando me permiten que intervenga, espero a que otros lleven la iniciativa.

Cuando los demás me critican, exijo que no se me juzgue.
Cuando soy yo el que se ensaña con otros, argumento que cualquiera opinión es válida.

Cuando los demás se atreven a seguir su propio camino, les tacho de locos.
Cuando soy yo el que transito por senderos inexplorados, me enfado porque no se me respeta.

Cuando alguien toma decisiones impopulares, me escudo en las mayorías para señalarles.
Cuando las mayorías no me interesan, digo que la gente que marca diferencias no sigue al rebaño

Cuando soy cercano, percibo que intentan aprovecharse.
Cuando mantengo la distancia, las relaciones no cuajan.

Cuando las reglas prevalecen, me tachan de dictador.
Cuando la libertad es una filosofía, me tachan de débil.

Cuando soy reflexivo, pierdo efectividad.
Cuando soy pragmático, la calidad se resiente.

Cuando la razón me domina, no disfruto de las cosas.
Cuando el corazón es el protagonista, me siento descolocado.

Cuando la seriedad me embarga, la vida pierde emoción.
Cuando el humor es constante, el rigor queda en entredicho.

Cuando el futuro me domina, pierdo el presente.
Cuando el presente es lo único, no hay futuro».

3 comentarios:

GDS dijo...

Es como cita siempre en el contexto de la palabra EQUILIBRIO. Esta situación no deja de ser particular a ello. Para que exista cierta armonía todos los más tienen sus menos y viceversa.

Y es casi totalmente cierto:
El problema del ser humano es que es paradójico y contradictorio, busca lo que no tiene descuidando lo que tiene.

En la dialéctica de Hegel, tambien se cita: "El acto mismo del conocimiento es la introducción de la contradicción. El principio del tercero excluido, algo o es A o no es A, es la proposición que quiere rechazar la contradicción y al hacerlo incurre precisamente en contradicción: A debe ser +A ó -A, con lo cual ya queda introducido el tercer término, A que no es ni + ni - y por lo mismo es +A y -A. Una cosa es ella misma y no es ella, porque en realidad toda cosa cambia y se transforma ella misma en otra cosa. Esto significa la superación de la lógica formal y el establecimiento de la lógica dialéctica.

Todas las cosas son contradictorias en sí mismas y ello es profundo y plenamente esencial.

Saludos.

FAH dijo...

Efectivamente, ahí está la clave (aquí escribimos un post sobre eso, 06/01/08).

Gracias por las palabras de la dialéctica de Hegel que seguro que utilizaré en futuros artículos, posts o sesiones.

un saludo,

Carolus dijo...

No debería leer esto... Es retorcidamente maquiavélico. Entre, mire y ya me contará:
http://www.personal.able.es/cm.perez/Extracto_de_EL_ARTE_DE_LA_VENTAJA.pdf

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