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lunes, 16 de febrero de 2009

¿Es el hombre un lobo para el hombre?

Hace unos días Alfons Cornella, Presidente de Infonomía me decía: «Hay personas que dicen que estamos en la prehistoria, porque la historia empezará cuando los grandes conflictos de la humanidad estén resueltos. Tenemos muchas guerras, hambre, pobreza... Por tanto, la historia no ha comenzado; lo hará cuando saquemos partido de nuestras capacidades intelectuales para progresar. La historia es el progreso humano».

Traigo a este post estas palabras porque el tema central de todos los medios de comunicación en los últimos días es el asesinato de la sevillana de 17 años, María del Castillo. Su ex novio y otros chicos de edades parecidas se han confesado asesinos o cómplices de la chica. Gente normal y corriente que en situaciones límites –que es cuando sale lo mejor y lo peor del ser humano– son capaces de comportamientos como el que comentamos.

Antonio Damasio, Neurobiólogo y Premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica, afirmaba en una entrevista hace algún tiempo: «En nuestro cerebro hay una muy buena naturaleza y una tendencia hacia lo malo. Somos capaces de comportamientos amables y muy humanos, pero también de otros violentos y antisociales. La violencia existe en todos nosotros. Todo depende del entorno y la educación: el potencial de hacer el bien o el mal está en cualquier ser humano y en función de las condiciones del entorno puede aflorar el bien o el mal. Es responsabilidad de la sociedad esforzarse al máximo para que una faceta (la buena) supere a la otra (la mala)».

En bastantes ocasiones he preguntado a muchas personas esta misma pregunta: «¿El hombre es bueno por naturaleza (Rousseau) o el hombre es un lobo para el hombre (Hobbes)?». En la mayoría de las ocasiones, la respuesta es ambigua. Somos las dos cosas y que salga una u otra tendencia depende de lo que se alimente. Desde mi punto de vista la educación juega un papel determinante. Es la piedra de toque que inclina la balanza en un sentido u otro.

En cierta ocasión, el profesor del IESE, Santiago Álvarez de Mon, me decía: «Somos paradójicos. No he visto ser más cruel y más solidario. Analizas el siglo XX y asusta. Los dos ismos, comunismo y fascismo, fueron realmente siniestros. Pero igualmente hay testimonios acogedores. El mismo club humano acoge a Hitler y Teresa de Calculta, a Ghandi y a Stalin. Echo la mirada a mi interior y veo sombras, pero miro de nuevo y veo luces. Tengo que hacer las paces con esa naturaleza humana, conocerme, aceptarme y recorrer todos los rincones de nuestro ser, incluso los más oscuros, porque pegados a ellos está también la luz. Todo día normal te ofrece escenas entrañables y otras miserables y ruines. Nuestra naturaleza es dual. Llevamos cosido dentro un ángel y un cerdo. A veces nos comportamos de manera violenta y otras como seres sublimes. Esto nos lleva a la Educación. ¿Qué es lo que hace que emane y se manifieste la parte más espiritual y noble de una persona? Una educación tejida de valores que merezcan la pena. ¿Qué es lo que permite que salga la parte más animal? ¿Dónde libran los totalitarismos sus batallas? En las aulas, donde te adocenan, empobrecen y adoctrinan».

No tengo claro si el hombre, como ser humano, evoluciona, retrocede o sigue igual que hace miles de años. Que científicamente, tecnológicamente y socialmente evolucionamos no cabe duda; desde el punto de vista individual del ser humano, sin embargo, no sé la respuesta con certeza. También se me escapa si en términos de coste–beneficio (los adelantos menos los peligros de los adelantos) es positivo, cero o negativo. Ahí queda el debate.