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jueves, 7 de mayo de 2009

Lo malo de ganar

Lo malo de ganar una y otra vez es que el público se acostumbra al triunfo y acaba convirtiéndose en rutina... y la rutina lo mata todo. Dicho de otro modo, cuando el éxito se democratiza y se transforma en costumbre, la posibilidad de sorprender –la esencia de la emoción– es cada vez más difícil y ello aumenta la presión. Si además a esto le añadimos que en España tendemos a minusvalorar los logros de los demás por muy grandes que sean –la suerte o los enchufes son los argumentos habituales para esconder nuestra envidia– entonces la cosa se complica aún más.

¿Por qué digo esto?

Porque el pasado domingo después de la victoria de Rafael Nadal en el Masters 1000 de Roma declaraba para “La Stampa” que estaba “desilusionado” ya que cada vez que gana un torneo “para la gente es algo normal, cuando para mí es un sueño, como la primer vez que venzo. Son los otros lo que me creen imbatible”.

¿Consecuencia de esto?

La presión crece y crece y crece... y gestionar esa presión no resulta nada fácil porque el público quiere renovar los éxitos con otros más elevados. Una de las cosas que hacen especialmente la gestión de equipos en las organizaciones es que los seres humanos somos seres permanentemente insatisfechos, nunca estamos del todo contentos y siempre estamos pendientes de lo poco que nos falta más que de lo mucho que tenemos. Insaciables.

Está bien seguir escalando pero sin perder de vista donde estamos y todo lo conseguido. Ánimo Rafael, porque cuando empieces a fallar y perder torneos, todos los que te jalean comenzarán a decir que “ya no eres lo que eras”, “que te has acomodado”, etc., etc..