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lunes, 8 de junio de 2009

John Paul DeJoria: de indigente a multimillonario

El otro día en una revista leí una entrevista a John Paul DeJoria. El titular de la entrevista decía: John Paul DeJoria: De indigente a multimillonario. Junto al titular la entradilla decía: “La apasionante vida de un sin techo que hoy vive en una de las más fabulosas mansiones de Malibú”. Más adelante se destacaba: “Hijo de emigrantes, nació en un suburbio de Los Ángeles, se arruinó en dos ocasiones y después se cumplió en él el sueño americano”.

Con independencia del glamour de esta historia, en la entrevista John Paul DeJoria decía cosas que me han parecido muy interesantes. Apunto algunas:

1. Refiriéndose a su infancia dice: “Éramos pobres, pero como no nos comparábamos con nadie, no lo notábamos y nos sentíamos felices”. Aquí en muchas ocasiones hemos hablado de esto precisamente. En el post “No mires a los lados” escribíamos: “Uno de los grandes secretos de la existencia consiste en no mirar demasiado a los lados, porque cuando lo hacemos tendemos a comparar, y cuando comparamos, caemos en el grave error de poner el zoom más en lo que nos falta que en lo que tenemos, y eso nos produce una gran frustración”; un tema del que también hablaba el bloguero Pedja en su post “Belgravia y las vidas que pude haber tenido”.

2. También explicaba John Paul DeJoria: “Un día –tendría unos cinco años– mi madre nos llevó en tranvía al centro comercial de la ciudad. Era un viaje fantástico para nosotros, porque se acercaban las Navidades y encendían las luces de los grandes almacenes, decoraban las calles... y el espectáculo era extraordinario. Mientras contemplábamos aquellos escaparates llenos de cosas que nunca tendríamos, mi madre llamó nuestra atención. «¿Veis esas personas que están ahí?», dijo a un grupo del Ejército de Salvación. «Ahora quiero que os deis la mano y juntos depositéis esta moneda de diez céntimos en ese cubo». Pero –protestamos nosotros, que ya sabíamos el valor del dinero– es demasiado. Y ella respondió: «Sí, pero ellos lo necesitan más que nosotros». Fue mi primera lección en la vida: compartir. No importa lo que consigas, no importa lo lejos que hayas llegado en la vida: si no compartes eres un fracasado”.

Desde luego es una gran lección. Como afirma un proverbio sueco: “Una alegría compartida se transforma en doble alegría; una pena compartida en media pena”. Dar es, paradójicamente, una de las formas más inteligentes de recibir. Por otro lado, el dolor tiene una gran virtud, bien digerido te hace más humano y te permite con mayor facilidad ponerte en el lugar del otro. Haber pasado por las dificultades que otros atraviesan facilita enormemente la práctica de la empatía.

3. En otro momento de la entrevista señalaba: “Mi mejor escuela de fue vender enciclopedias puerta a puerta durante tres años. Toc, toc. Llamabas. Te abrían. De alguna manera conseguías entrar en el salón de su casa y hacer que la persona te escuchara. Luego le convencías para que se gastara –a plazos– trescientos dólares, que lo que costaba entonces todo el set. A mí se me daba bien. ¿Por qué? Porque creía en lo que vendía y eso es infalible. Siempre he aplicado a todo lo que hago el secreto de los triunfadores. ¿Qué diferencia a un triunfador de otro que no lo es? Que el triunfador hace muchas cosas que el otro no quiere hacer. Por ejemplo, si me cerraban la puerta en las narices diez veces, seguía, con el mismo entusiasmo, llamando a la puerta número once”.

Qué importancia es tener fe en uno mismo, la autoestima, la forma en la cual nos vemos a nosotros mismos. Al final lo que ocurre “externamente” no es más que un reflejo de nuestra realidad “interior”. Lo que pensamos (bueno y malo) acaba sucediendo porque en el universo funciona el principio de la sincronicidad, un término acuñado por Carl Jung que se refiere a la unión de los acontecimientos interiores y exteriores de un modo que no se puede explicar pero que tiene sentido.

Otras muchas cosas interesantes dice Dejoria: “Vivir con casi nada, pero con dignidad, no es tan difícil”; o “Trata a los demás como te gustaría que te trataran a ti”, es mi lema; o “He hecho de todo: limpiar locales, vender enciclopedias puerta a puerta, servir gasolina... Tener tantos empleos te permite saber lo que no te gusta”.

Más información:



“John Paul DeJoria: de vagabundo a millonario”.
                                                                                                                                                                  

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