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domingo, 6 de diciembre de 2009

Madurar profesionalmente... como el buen vino

Ayer hice una recomendación de un vino, PradoRey Reserva 2004, y me ha venido a la cabeza el libro de José María Ortiz, miembro del Top Ten Management Spain, titulado "Madurar profesionalmente... como el buen vino" del que hice un análisis en mi libro "Who´s Who en el Management Español". Aquí lo dejo:

Lo primero que llama la atención de este libro nada más cogerlo entre las manos, es el subtítulo que le acompaña: como el buen vino. Ya en el prólogo, José Ignacio Goirigolzarri, ex Consejero Delegado del BBVA, apunta algunas ideas sobre lo que se va a encontrar el lector: “El mundo del vino y el mundo del desarrollo de las personas en la empresa: dos realidades tan distintas y, paradójicamente, al mismo tiempo, tan asimilables (…). En un fascinante juego de comparaciones y metáforas, el autor establece paralelismos entre la cata de vinos y la selección de personal; entre el clima de las vides y el clima laboral, entre los consejos del sumiller y los consejos del compañero más veterano y avezado, entre la serenidad del roble y el reconocimiento a una trayectoria profesional”.

Ortiz utiliza en esta ocasión se saca de la chistera la enología para extraer enseñanzas de management y donde la carrera profesional está en el centro de sus reflexiones. La tradición mediterránea por los buenos caldos y su presencia diaria en la carta del menú de cualquier restaurante, invitan a leer este texto. Junto a la estética de la metáfora y la técnica literaria, Ortiz deja un poso grande con sus disquisiciones, que no son fruto de la intuición sino de una profundidad intelectual resultante de un sólido bagaje académico y una amplia actividad literaria. A lo largo de la obra, Ortiz se adentra por los vericuetos más íntimos de la filosofía con un lenguaje accesible y claro que facilitan su comprensión dejando en el paladar, como la vid generosa, un buen sabor de boca.

En el mundo del vino todo importa: color, olor, sabor, temperatura, calidad de la vid, clima, copa en la que se sirve, comida con la que se acompañe, compañía con la que uno lo disfruta, acontecimiento que se celebra… Cualquier detalle tiene su importancia y no debe pasar desapercibido. En la gestión de recursos humanos sucede algo parecido: la cultura de la empresa, el clima que se respira en la organización, las prácticas retributivas, el cuidado de la formación, las técnicas de recruiting, los canales de comunicación existentes o el trato del directivo a sus subordinados, todas ellas tienen su importancia en el éxito organizativo.

Ortiz, hábil con la pluma en su mano, recurre de nuevo al vino para afirmar como el management es la suma de lo que uno es y lo que quiere llegar a alcanzar, del “ser” (materia prima) más el “querer” (empeño personal). El clásico debate de si el líder nace o se hace, tiene un punto intermedio en la filosofía de José María: “En ambos casos, en la mejora del vino y en el desarrollo de las personas, los procesos de perfeccionamiento tienen algo de arte y algo de ciencia, y tanto el arte como la ciencia toman como punto de partida unos elementos naturales que le vienen dados. Pero el hecho de que la naturaleza aporte determinados elementos y factores, y que las personas tengamos una serie de características más o menos estables, no conduce a detenernos en un determinismo desalentador, ni a detenernos en un derrotismo descorazonador. Porque los buenos vinos, como las personas, se mejoran cuando realmente alguien lo quiere”.

Una vez más se pone de manifiesto la necesidad de evitar anclarse en las circunstancias y poner las aspiraciones en lo que uno quiere conseguir. Junto a los factores “hereditarios” los factores “adquiridos” también tienen un peso notable en el desarrollo de la persona con la voluntad como estandarte. La voluntad es esa “llave maestra” que permite abrir cualquier candado; la voluntad rubrica pensamientos y los convierte en obras de arte. Es vitamina. Fuente de energía incontenible que traspasa barreras y desafía límites. Varita mágica que convierte sueños en realidades. Pócima milagrosa que ignora distracciones a corto plazo para obtener recompensas más adelante. Artilugio capaz de asaltar retos impensables.

Otro de los aspectos más interesantes de este libro es el que tiene que ver con la evaluación sincera –con uno mismo y con los demás– que busca el desarrollo de la persona. Guste o no, somos examinados de continuo en nuestras organizaciones, tanto a nivel “vertical” como “horizontal”. En cada etapa del proceso de elaboración completo del vino sucede lo mismo y concluye cuando éste se desliza por el paladar de quien lo disfruta. Ésa es la prueba de fuego: “Nuestra cultura mediterránea permite utilizar, para hablar del desarrollo profesional, esta metáfora tan llena de sabiduría: la cata del vino. Porque catar un vino no es otra cosa que hacer memoria histórica: su lugar de origen, la variedad de sus uvas, su proceso de elaboración, su crecimiento, envejecimiento… emitiendo un juicio acerca de en qué circunstancias se le puede sacar el mejor partido. La personalidad de nuestros vinos: sus variedades, condiciones externas, elaboración, conservación, etiquetado y consumo, puede servirnos para ilustrar (…) el desarrollo de personas en nuestras empresas. Un desarrollo que tiene también sus condicionantes internos y externos, que requiere un tiempo, al que no siempre se le saca su mejor partido en el momento adecuado, y que incluso se ve beneficiado o perjudicado por las etiquetas”.

Sólo el desarrollo de las personas conduce al desarrollo de las organizaciones; o como afirma un dicho inglés, what helps people, helps business. Todo proceso de crecimiento está necesitado primeramente de un análisis de “fortalezas” y “debilidades” sustentado en manifestaciones observables, que en el caso del vino, son las visuales, olfativas y gustativas. Tres sentidos, tres informaciones complementarias.

Las etapas de desarrollo son modificables con el tiempo, pero lo que no cabe es dar marcha atrás para variar lo ya conseguido. Eso es inamovible, como la uva que ha sufrido unas condiciones meteorológicas adversas. Podrán ponerse remedios para su mejora, pero sin ignorar esa realidad, el carácter que previamente ha ido configurado a la persona o al vino.

El libro de Ortiz está construido en base a tres grandes ideas a partir de las cuales se van desgranando otras muchas. El punto de arranque es la siguiente cuestión: ¿qué tienen en común las personas que han demostrado tener mayor proyección profesional? Ortiz apunta una trilogía: saber, querer y poder.

En primer lugar, las personas con proyección tienen “mente abierta”, o lo que es lo mismo, aprenden continuamente, lo que les conduce a un nivel intelectual y cultural rico que les facilita tener una visión de conjunto. También son capaces de desaprender. No se aferran a comportamientos pasados y dejan de lado aquellas ideas inútiles que se han ido depositando en el cerebro y que no hacen más que estorbar.

En segundo término, las personas con proyección tienen “ambiciones”, y en su afán de alcanzar retos, ponen su mirada más en las “virtudes” que en los “defectos” de los demás, rechazan la mediocridad, se comparan con los mejores, toman decisiones autónomamente, asientan sus logros y saben buscar apoyo. La automotivación les caracteriza y constituye el motor de su progreso. En su ADN se detallan las siguientes particularidades: a) no se limitan a cumplir; b) superan las expectativas; c) se ofrecen para retos difíciles; d) asumen riesgos; e) tratan de diferenciarse; f) acaban las cosas que emprenden; g) saben esperar; h) asumen y aprovechan los imprevistos; i) piden consejo; y j) forman equipo.

Buena parte de la proyección de una persona estriba en el “querer” –en este punto insiste mucho José María–; pero no un “querer” pusilánime, tímido, aplatanado y sin contundencia, sino un “querer” arrollador e incondicional dispuesto a comerse el mundo. El futuro nos mueve; las expectativas tiran de nosotros; los sueños nos arrastran hacia el horizonte deseado.

En tercer lugar, la proyección profesional se manifiesta en “ser una persona capaz”. Siendo más explícitos: “Las personas capaces buscan ser un referente en algo, son optimistas, resisten mejor el estrés, y comparten con los demás sus recursos”. Especialmente relevante es el tema del optimismo y la actitud positiva con la que se enfrenta la vida. Quien carece de optimismo no puede afrontar ninguna aventura. Lo contrario, el pesimismo, es un aniquilador de las potencialidades de la persona y, consecuentemente, de las organizaciones. Me atrevería a decir que a lo largo de la historia ningún adelanto ha venido de la mano de un pesimista; porque el pesimista adopta una actitud defensiva ante la vida y sólo se mueve por entornos conocidos por los que ya ha pisado por anterioridad. Se limita a escanear comportamientos aprendidos ex ante. Se levanta, va al trabajo, cumple y regresa a casa. Así un día tras otro. La incertidumbre, lo nuevo, lo diferente, le dan alergia; sin embargo, ahí es donde tienen lugar los grandes descubrimientos; de alguien que asumió el riesgo de probar algo distinto. Nadie ha inventado nada haciendo lo mismo que realizó tiempo atrás.

En general, el hombre pesimista es un amargado, y lo más desalentador, amarga la vida a los demás. Es un aguafiestas. En vez de encontrar una solución a cada problema, se afana en buscar un problema a cada solución. Si no descubren amenazas ni peligros a lo que les rodea, se sienten frustrados. Hasta que no encuentran un “pero” no quedan hartos. Además, no les basta con encontrar inconvenientes a sus cuestiones, sino que se obsesionan con encontrarlos en los temas de los demás, porque si hay algo que no soportan es estar rodeados de gente con actitud positiva. No asimilan que haya otros que se atrevan a descubrir nuevos mundos. La envidia, en cierto modo, es un rasgo que caracteriza al pesimista. Como ellos se ven incapaces de alcanzar expectativas, les molesta que otros así lo hagan. Los pesimistas permanecen constantemente en refugio seguro, lo que hace que sus metas no pasen del aprobado, porque todo proyecto, mucho más aún si es “grande”, está sembrado de obstáculos. Algunos son previsibles, otros muchos se van descubriendo por el camino. El pesimista, al descubrir estas piedras, prefiere quedarse apartado para no tropezar.

La persona con actitud positiva, en cambio, sabe que el desafío que ha elegido –loable casi siempre– no será un camino de rosas, pero su forma de afrontar la vida, le asegura que esos inconvenientes no le inmovilizarán sino que los irá sorteando de la mejor manera posible hasta llegar al puerto deseado. Además, los estudios empíricos han demostrado que la persona optimista no sólo vive más –es más longevo– sino que vive mejor –es más feliz–.

También el “valor de la experiencia” –como sabiduría y no como mera acumulación de años–, es resaltado por Ortiz como una “ventaja competitiva” insustituible en el desarrollo de las personas. Cuanto más viejo, más pellejo, sentencia el dicho. La experiencia permite ver la jugada antes de que ocurra. Pocos factores hay que resulten tan útiles a la hora de tomar decisiones y ejecutarlas con precisión. La experiencia lo es casi todo en todo: “Algunos directivos afirman que prefieren contratar personas con potencial a personas con experiencia. Como si la experiencia anulase las posibilidades de mejora, cuando en realidad es el único terreno donde ha podido comprobarse la proyección. Es más, probablemente sería más que sensato que una de las condiciones para acceder a determinados puestos directivos fuera haber pasado por alguna experiencia particularmente negativa, ya que en esos momentos es cuando demostramos la auténtica madurez”. Una camiseta sudada de experiencia es el más útil compañero en la dirección de equipos.

Mucho se viene hablando también en los últimos tiempos a cerca de la conciliación de la vida profesional y laboral. José María Ortiz nos ofrece una visión diferente del tema en la que ambos ámbitos se desdibujan y en la que uno no debe ser el enemigo del otro sino aliados necesarios: “El trabajo no puede ser una fuente de créditos para consumir fuera de él, considerando que es entonces cuando realmente vivimos. La vida profesional es, sin duda, vida personal, porque toda vida es personal (…); la mayoría de las experiencias satisfactorias se producen en el trabajo: retos en los que ponemos el alma, situaciones en las que nos sentimos tan inmersos que se nos pasa volando. Y poner el alma significa pasar del desear al querer, de la atracción de un producto externo a la satisfacción por la mejora interna”. En el equilibrio, como casi siempre, está la virtud.

3 comentarios:

marisa dijo...

Francisco, muy interesante el post. No puedo estar más de acuerdo con lo que dice el autor en cuanto los factores necesarios para el éxito: saber, querer y poder. Definitivamente si uno de ellos falla, los otros dos pierden fuerza y son desaprovechados, hasta el punto que es como si no existieran.

Genial también la comparación entre el efecto que una persona pesimista y una optimista pueden ejercer en cualquier entorno. Comparto la idea de que una persona optimista vive más y es más felíz y no solo eso, sino que le hace la vida más agradable a los que están a su alrededor

Saludos!

Lorenzo dijo...

No conozco mucho de vinos pero creo que me he tomado una copa del mejor vino del mundo.Gracias, por precisar y dar a entender: la voluntad, el conocimiento, el saber, el poder, el optimismo y el pesimismo.Cabe resaltar la excelente calidad humana que están detrás del viñero, o de la organización empresarial.Reitero mi agradecimiento y felicito por la calidad del blog y el presente post.Un abrazo desde Huamachuco-Perú

FAH dijo...

@marisa. gracias x pasar y participar. así es Desempeño = saber + querer + poder... la última a menudo se olvida porque no basta sólo saber y querer, te tienen que dejar. Desde luego lo que dices de optimistas y pesimistas es muy cierto. En cierta ocasión un directivo me decía: "A los optimistas se les debería pagar más". Además es uno de los 5 criterios de selección para entrar en la NASA. salu2.

@lorenzo. gracias x comentar y por tus palabras. Un saludo hacia Perú.

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