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lunes, 29 de marzo de 2010

La homeless millonaria

Leo el siguiente reportaje de Louise Carpenter, firmado en The Times Magazine (Londres) y reproducido por XL Semanal. Lleva por título: La homeless millonaria. Como subtítulo apuntilla: La historia de Alexandra Penney, timada por Madoff. Merece la pena leerlo y entre líneas uno puede extraer muchas enseñanzas. Dejo el artículo a continuación:

Una llamada a su lujoso apartamento de Nueva York le cambió la vida: Madoff había sido detenido. Su historia podía ser la de uno más de los muchos millonarios estafados por él. Sin embargo, Alexandra Penney ha hecho lo que nadie se había atrevido: contar su vida de rica arruinada en un blog. Se ha convertido en un fenómeno social. Y es que, como ella dice, «el mundo tiene un aspecto muy distinto cuando una viaja en un tren abarrotado de la línea seis».

Recuerda muy bien el momento en que supo que Bernie Madoff había creado una pirámide de Ponzi por valor de 65.000 millones de dólares y que le había estafado los ahorros de toda una vida. Alexandra Penney se encontraba en su apartamento en la calle 52 de Nueva York, ultimando los preparativos para una cena de sociedad. La noticia le llegó por teléfono. Madoff había sido detenido. Alexandra retiró de la mesa las copas de cristal de Bacará, los jarrones de plata con fresias y las velas. De pronto se quedó paralizada. Se tomó un tranquilizante y, tambaleándose, fue a su dormitorio. Pero, en vez de echarse a dormir, entró en Google y se puso a buscar formas indoloras de morir. ¿Una vida sin dinero? Imposible. Buscando formas de suicidarse, terminó por perder el conocimiento.

La suya es una historia que ejemplifica a la perfección el materialismo y el empobrecimiento emocional de nuestra época. En esta historia, el depredador, Madoff, cazaba a sus víctimas en exclusivos clubes de la alta sociedad y apartamentos de la Quinta Avenida, donde los más acaudalados le suplicaban que aceptase invertir sus ahorros, porque de Madoff se hablaban maravillas y porque el estafador les prometía unos seguros –e imposibles—beneficios de entre el 10 y el 11 por ciento al año.

Dado el volumen del timo, podemos inferir que Penney y los demás 13.567 afectados en último término fueron víctimas de su propia obsesión por el dinero. Pero la respuesta de Alexandra a su propia tragedia, asimismo, es una muestra de la capacidad del ser humano para recuperarse de los golpes más duros.

Penney empezó a escribir un blog en Internet inmediatamente después de que Madoff fuera detenido el 11 de diciembre de 2008. Aunque ella había trabajado como editora de varias revistas, no lo hizo por iniciativa propia, sino porque Tina Brown, directora de la revista on-line The Daily Beast y vieja conocida, entendió antes que nadie lo impactante de su historia personal. Brown ofreció a Penney un pequeño estipendio. «Una suma irrisoria, pero lo que antes me gastaba en invitar a una amiga a almorzar en el restaurante Four Seasons, hoy supone un montón de dinero.» Penney aceptó.

The bag lady papers (Los papeles de una vagabunda, que así se llamaba el blog por el miedo que Alexandra tenía a acabar sus días en la calle) no tardó en dividir a la opinión pública. Para algunos –para otros estafados, sobre todo–, Penney se convirtió en una causa célebre. Para otros no era más que una pija malcriada y de la peor especie.

Me encuentro con Alexandra, que también es artista, en la galería del barrio de Hell’s Kitchen donde están expuestas sus últimas fotografías. La exposición se titula Después de Madoff y está formada por diez composiciones en las que las muñecas hinchables que Penney lleva tiempo utilizando como motivo artístico aparecen muertas de forma muy desagradable: ahogadas, ahorcadas con bufandas Hermès falsificadas, arrolladas por las ruedas de un automóvil y con los pechos apuntando al cielo... «Las imágenes de suicidios me vinieron a la mente de la noche a la mañana», dice.

Hoy, Alexandra está de buen humor porque le han dicho que el seguro posiblemente va a pagarle una indemnización. Entonces, ¿es el fin de sus problemas? «Nada de eso –responde–. Sigo estando preocupadísima todas las horas del día. La vida se ha convertido en una pesadilla. Esta mañana sufrí un ataque de ansiedad: en el escritorio tengo un montón de facturas por pagar.» La indemnización ni de lejos va a acercarse a lo que tenía –o a lo que creía tener–. Sus memorias se publican en Estados Unidos este mes y gracias al adelanto abonado por la editorial del libro ha sobrevivido este año.

Al escribir en el blog sumida en el pánico, Penney acaso haya sido demasiado sincera sobre su propia vida. ¡Alexandra llevaba treinta años sin usar el metro de la ciudad! Ni siquiera sabía cómo se compra el billete. «El mundo tiene un aspecto muy distinto cuando una está en un vagón abarrotado de la línea seis», escribe. Adiós a las sábanas Frette de 400 hilos, a los zapatos Louboutin y a los bolsos Hermès. Por no hablar de las 40 camisas blancas que le hacían sentirse «limpia y preparada para comerse el mundo» y ahora que ha despedido al servicio nadie va a seguir planchando. «¿Cómo voy a planchar esas camisas para seguir sintiéndome una persona civilizada?», pregunta.

No es de extrañar que muchos no se apiaden de ella. «¿Así que tus camisas blancas te preocupan? –escribe una mujer–. Pues me temo que tendrás que aprender a planchar camisas y hacerlo hasta que te duela la espalda, como casi todo el mundo. Lo mejor es que muevas el culo y te pongas a trabajar. Y deja ya de lamentarte.» Otra apunta: «Te quejas de que vas a tener que despedir a la criada y vender tu mansión. Pues vaya... ¡A mí no me das ninguna lástima!».

El aluvión de comentarios llevó a que Alexandra fuera entrevistada en varios programas de televisión, y CNN.com recibió más de dos millones de visitantes después de su aparición, el tercer mayor número de visitas en la historia de la página web.

El debate se fue ampliando. Muchas mujeres, Gloria Steinem y Shirley MacLaine entre ellas, dijeron entender su miedo a terminar en la calle.

Penney comprendió que había hecho mella en algo que en Estados Unidos es importantísimo: el papel del dinero, la clase social, las apariencias. «Hay una obsesión por el dinero, pero también hay una enorme necesidad de expresar el dolor o las propias frustraciones», observa. «Hay lo que se llama Weltschmertz, un dolor a escala universal, como el que yo misma siento por lo sucedido en Haití, y luego está el propio dolor personal. Un dolor que todos sentimos, seamos ricos o pobres. Yo no pido a los demás que se compadezcan de mí, pero yo siento dolor.»

Una de las muchas cosas que irritan a los detractores de Penney es su tono evasivo al hablar del dinero perdido y su negativa a revelar los años que tiene. Según me dice, en 1999, cuando Madoff «me aceptó», invirtió medio millón de dólares. «Pero la cosa se volvió irreal. A mí, todos los meses me enviaba unos estados de cuentas –falsos a más no poder– en los que indicaba que mi dinero se estaba multiplicando, por lo que me acostumbré a pensar que tenía mucho más de lo que era en realidad.»

Alexandra tuvo empleos de alto nivel en el mundo del periodismo –en publicaciones como Glamour o The New York Times–, pero no tardaba en dejarlos. Generalmente por su inclinación artística, en la que no le iba tan bien. Aunque, matiza, había conseguido antes algún dinero, primero en Bolsa en los años ochenta y luego tras escribir, a instancias de un amante que se lo sugirió, Cómo hacerle el amor a un hombre, un libro que se convirtió en best seller internacional y que tuvo, incluso, una segunda parte igual de exitosa.

Penney sigue negándose a decir su edad precisa, si bien da a entender que tiene sesenta y tantos años, los bastantes para considerar que se merecía un poco de seguridad tras haberse pasado la vida trabajando y haber criado a un hijo como madre soltera. «Gané el dinero con mi trabajo. Me pasé toda la vida ahorrando. Nunca le he pedido nada a nadie, y nadie me ha regalado nada. Los que me critican se olvidan de este detalle.»

Según agrega, al igual que tantos otros inversores de edad avanzada, confió su dinero a Madoff no para enriquecerse, sino porque quería gozar de seguridad en la vejez. Alexandra se hipotecó para comprar una pequeña segunda residencia en Long Island. Con las ventas de sus fotografías y las pequeñas sumas que retiraba a cuenta del dinero dejado en manos de Madoff se las arreglaba para vivir en su piso neoyorquino y pagar la hipoteca de la casita. El 22 de diciembre, después de que el dinero de Madoff se esfumara, de pronto se encontró sin ingresos, incapaz de pagar sus deudas. El mercado del arte estaba en crisis absoluta. En el banco apenas tenía algo: «Literalmente, no sabía de qué iba a comer».

Ahora encarga pizza por teléfono e insiste en que quiere la oferta de dos por una. Vende las joyas que tanto ama y saca los bolsos Kelly de Hermès a subasta en eBay. Todos los días se levanta a las 4.46 y se pregunta cómo va a salir adelante. «El lujo que más echo de menos es la tranquilidad que me proporcionaban mis ahorros –dice–. Ésa es la clave.»

Si bien en el libro se refiere a Madoff como MF, abreviatura de la palabra inglés motherfucker (cuyo sentido estaría próximo al del `hijoputa´ español), Penney insiste en que se ha visto obligada a pasar página y olvidarse del personaje odiado. «Nunca llegué a conocerlo personalmente. Tan sólo hablé con él una vez. Para mí, Madoff es una entidad abstracta. No puedo permitirme el lujo de odiarlo; he de concentrar mis energías en trabajar. Por lo demás, Madoff me causa menos indignación que la Securities Exchange Commission, el organismo regulador estadounidense que no hizo su trabajo, y que la mujer de Madoff.» Éste es un comentario recurrente entre los esquilmados. Ruth Madoff retiró millones de dólares durante las semanas previas al 11 de diciembre. ¿Adónde fue a parar ese dinero? La señora Madoff niega haber estado al corriente de la monumental estafa, pero ¿cómo podía ignorarla?

Los héroes del libro de Penney son algunos amigos personales. Una amiga que le paga las mechas de peluquería cuando está hundida; Dennis, su actual amante, de 62 años, «mitad golfo, mitad artista y pobre como una rata» y el doctor J, su psiquiatra. Once años antes de perder todo el dinero, Penney sufrió una crisis, provocada por una relación fracasada, pero que hundía sus raíces en una serie de problemas emocionales. En el curso de los tres años de tratamiento, Alexandra encontró trabajo como editora de Self. «Por primera vez en la vida, me sentí como una persona rica... Tenía un coche con chófer, joyas, orquídeas, dinero para montar grandes fiestas. Pero siempre tuve claro que el dinero no me iba a durar toda la vida.»

Según afirma, dejó el empleo porque trabajar en Condé Nast era «como andar todo el día con unas esposas de platino en las muñecas», a pesar de que ya entonces tenía miedo a terminar en la calle. Fue entonces cuando Penney volvió a telefonear al doctor J, quien se había jubilado ya. El psicólogo le dijo que lo que ella necesitaba no era un tratamiento, sino sentirse segura económicamente. Lo que necesitaba era la ayuda de un hombre llamado Bernie Madoff, quien cuidaría de invertir su dinero.

¿El psicólogo fue quien le recomendó a Madoff? ¿Y no le guarda rencor? «¿Rencor? –repite ella–. Pero si el doctor J es un hombre maravilloso. Tiene 97 años y también ha perdido todos sus ahorros. Él lo que quería era ayudarme. Le dijo a Madoff que yo era su sobrina para que aceptara mi dinero. ¡Jamás en la vida se me ocurriría culparlo!»

Él fue quien la ayudó a superar sus problemas. Hija de una madre tan rica como neurótica y de un abogado licenciado en Harvard, vivió una niñez privilegiada, pero llena de privaciones emocionales. Cuando tenía seis años, su madre fue ingresada en un hospital psiquiátrico y se fue a vivir con su abuela. Sus padres pasaban años sin contactar con ella. Cuando decidió casarse con un diseñador, se negaron a asistir a la boda. El matrimonio duró pocos años. Su madre murió hace dos años y su padre hace ocho. «Cuando mis padres murieron, no vertí una sola lágrima. Cuando me divorcié no lo pasé bien, pero no fue tan duro. Lo peor que me ha pasado en la vida ha sido perder todo mi dinero –asegura–. Pero ahora sé que me puede pasar cualquier cosa y tendré la fuerza necesaria para salir adelante. Soy mucho más fuerte de lo que pensaba, he descubierto que tengo unos amigos maravillosos y un hijo que me quiere y me ayuda. Eran cosas que antes suponía, pero de las que ahora estoy segura del todo.»

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