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jueves, 27 de mayo de 2010

Ejecutivos, lo que no se cuenta

La experiencia enseña que muchas veces tras las carcasa o el caparazón hay muchas cosas inimaginables. En la mayor parte de la ocasiones, la imagen que tenemos de algo o alguien, es la que se nos transmite a menudo de los medios de comunicación. Luego, la realidad es bien distinta, por este motivo, siempre me ha gustado el backstage, lo que hay entre bambalinas, la cara oculta de cualquier ámbito.

El mundo de la empresa, o de los directivos, nos fijamos fácilmente en sueldos, despachos, coches, viajes en business, hoteles de cinco estrellas, etc, pero hay una cara menos amable que no todos (o más bien pocos) conocen. Cuando imparto clase de MBA suelo repartir artículos, entrevistas o reflexiones que ayuden a hacerse una idea integral de lo que es la realidad empresarial, que, como todos los ámbitos, tienen sus luces pero también sus sombras, aunque a menudo sólo seamos conscientes de las primeras.

En el año 2003 se publicó el libro Ejecutivos: la gran mentira (Planeta, 2003), de Javier Álvarez; un libro muy recomendable. Con motivo del libro, la periodista Carmen Méndez publicó en Expansión una entrevista con el autor que recorté en su día y que entrego a menudo a los alumnos. Merece la pena leerla para hacerse una idea más precisa del mundo empresarial. Aquí va:

"Ésta no es una vendetta de un arrepentido que delata secretos desde dentro", dice Javier Álvarez, abogado, MBA por una universidad norteamericana, que desempeñó durante casi 20 años un alto cargo en una multinacional. Conoce bien las entretelas del mundo ejecutivo y ha publicado Ejecutivos: la gran mentira, una obra en la que desmitifica el papel social que desempeñan estos profesionales.

El autor dibuja una trastienda moral donde escasean las libertades –"ellos que predican ser los dueños del mundo, no son ni dueños de su propia vida"– donde se libran feroces batallas que a menudo desembocan en traiciones, y donde el miedo es "el rasgo común". Miedo a la caída, a la derrota, a una pérdida que conlleva peligros reales y otras casi fantasmales y más angustiosos.

"Un ejecutivo es, ante todo, el representante de una marca –argumenta– y eso le obliga a ser impecable en todos los aspectos de su vida. Las críticas se hacen en soledad o en ambientes muy restringuidos. La marca tiene que ser majestuosa, y el alto ejecutivo, tan perfecto como la marca".

Ese afán de perfección puede, curiosamente, anular grandes capacidades del ser humano. "Llega un momento en que se renuncia a decir lo que de verdad se piensa. Eso afecta a aficiones, gustos, comportamientos, ideologías... Las personas se convierten en sujetos modélicos, pero es un modelismo estereotipado y sin identidad". Es la llamada "intrumentalización de los individuos", que acarrea un coste personal y profesional.

Sánchez Álvarez es consciente de que vivimos en un sistema donde el esfuerzo laboral se presupone. "El problema es el coste personal en lo físico, en lo moral y en lo intelectual. El alto ejecutivo tiene unos conocimientos técnicos superiores, maneja más información, toma de decisiones, pero es un ser humano con las mismas contradicciones, debilidades y angustias que todos, o incluso más: se le exige un esfuerzo físico feroz que se suele saldar con enfermedades coronarias, estrés, fatiga, depresión y dependencia de medicamentos".

Por fuera, una vida de lujo; por dentro, angustias y conflictos; desequilibrios fruto del esfuerzo psicológico y moral, porque esa vida supone una adaptación política constante. "Creo que el alto ejecutivo no es un hombre libre: se le paga muy bien por representar un personaje las 24 horas del día, 7 días a la semana. Pero cuando estás en el piso de arriba sabes que te pueden bajar en unos minutos".

En la medida que un alto ejecutivo asciende, va acumulando miedo. Ésa es la trampa. "Cada piso que subes supone un grado mayor de enganche; más miedo a perder lo que tienes". El poder y el dinero pueden ser trampas mortales: "Hay muchos perfiles. Hay una minoría para la que el poder es una auténtica droga. Son los menos, pero los más enganchados. Para la mayoría la trampa es una combinación de dinero y vanidad. Si el consumo no lo ven los demás, no vale tanto. Hay personas a las que mandan a galeras, pero con una tarjeta más grande. Y van. Hay nombramientos que te fastidian la vida, pero se aceptan porque la vanidad pesa mucho".

En los 80, una especie de tiburones con corbata Hermés y traje Zegna nadaban por muchos despachos. En los 90 se pasó a un modelo menos agresivo, y de ahí, a la alabanza de la inteligencia emocional y otras virtudes. Sánchez no cree demasiado en ese cambio. "El marketing y la publicidad son las armas más delicadas y peligrosas. Había que construir y comunicar otros modelos. Hemos pasado, por ejemplo, del tipo duro de las colonias al hombre sensible con un bebé en brazos. Son construcciones. La fiereza del sistema es hoy mucho mayor que en los 80, porque la competitividad en cualquier sector ha aumentado. Para sobrevivir hay que morder más y luchar más. Pero la comunicación es más amable. La gente quiere ver eso y quiere creer eso, pero ésa no es la realidad. Nos quedamos sólo con lo que es correcto por fuera". Y los maestros de la corrección están en Estados Unidos: "Cortan cabezas pero con mucho estilo, preguntando qué tal está Sally, el niño y el perro".

"No soy un resentido", afirma Javier Sánchez. "Lo que quería contar es que hay una frontera que no se debería traspasar y que se hace con mucha frecuencia: la renuncia a uno mismo. Estamos yendo demasiado lejos. Hay miedo a ser diferente. Se nos quiere uniformizar el comportamiento y el alma. El precio por subir del primer al segundo piso es esa uniformización, y cuanto más te suban, más te obligarán". El coste son el estrés, la fatiga, una vida presonal en general muy pobre, que pagan, sobre todo, sus hijos. "No es posible que haya tantas personas a las que les guste trabajar 16 horas al día. Es una enfermedad, un vicio".

Al final, el libro apuesta por más libertad e independencia: "Haría falta un sentido solidario de los ejecutivos. Vamos a empezar a decir: irnos todos a los 7 de la tarde, no poner reuniones eternas a las 9 de la noche". Y Javier Álvarez también tiene palabras para las escuelas de negocio que "están contribuyendo a crear hombres individualistas, exacerbados en su propio interés, pese a lo mucho que se habla de equipos. Se forman élites como máquinas de guerra, con un concepto único de eficacia y productividad".

En medio de este panorama, se abre la puerta al optimismo: "Creo y apuesto por un modelo distinto de ejecutivo. La empresa es un medio apasionante, donde el hombre debe proyectar sus conocimientos, trabajar dentro de unos límites debidos y aventurarse en el fascinante riesgo de la decisión. No debemos dejar aplastar por un sistema que siempre resultará más frío, más cruel, más implacable y codicioso que nosotros".

6 comentarios:

Fernando López Fernández dijo...

Hola Francisco:

Yo creo que hay de todo, pero si es cierto que cuanto mayor es el "poder" más es la esclavitud. Otra más de las paradojas del ser humano.

Un abrazo

MaS dijo...

MUY BUEN ARTÍCULO, FAH!!!! sobre todo para recordar que no es oro todo lo que reluce, y que en demasiadas ocasiones sólo vemos lo que queremos ver, y caemos en la crítica fácil del ejecutivo!
un saludo,
M.

Jaime Cuesta dijo...

Pienso en estas cosas muchos días cuando me pongo el traje y ajusto la corbata. Nadie regala duros a pesetas y todo trabajo y sueldo es proporcional a las obligaciones físicas, síquicas y morales.

Allá cada uno con lo que compensa y lo que no y con las renuncias éticas y morales que realice por el camino.

FAH dijo...

@fernando lópez fernández. gracias. sí, efectivamente, hay de todo, pero también muchas más cosas de las que a primera vista parecen. El coaching permite acceder a la intimidad de los directivos y en la soledad del refugio, muchos se derrumban. abrazo.

@MaS. gracias. desde luego, no es oro todo lo que reluce, ni siquiera plata, y a veces ni bronce... Abrazo.

@jaime cuesta. gracias. hay q hacerlo todos los días, preguntarse si uno está en el camino correcto... y no es fácil el autoanálisis. abrazo.

Fernando dijo...

Paco, me leí aquel artículo cuando me lo hicist llegar. Tengo que decirte que me gustó mucho y que creo que refleja una realidad que se da. Sin embargo, hay una cosa que a mi me gustaría decir desde el campo de batalla. El ejecutivo es tan libre como cualquier otro trabajador y tiene que ser lo suficientemente responsable para saber que su jornada laboral termina a una hora concreta y que a partir de ahí su tiempo es para él y su familia. Lo que hay que tener es personalidad y valores para trabajar y para vivir.

Un fuerte abrazo

FAH dijo...

@fernando. gracias, desde luego la libertad individual siempre existe para decir si uno seguir un camino o no, aunque no todos los caminos tienen el mismo peaje. Hay puestos donde las exigencias en tiempo y responsabilidad son mayores y habitualmente van en el precio. abrazo.

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